Los niños de Chile – El Mercurio

Columna de nuestro director de investigación Alejandro San Francisco sobre la situación del SENAME, publicada en el Mercurio

En los últimos diez años han muerto 185 niños en las casas del Servicio Nacional de Menores, Sename. Además, hace unos días se fugó un grupo de menores de edad en uno de sus centros. El tema se ha puesto en la palestra.

Estas malas noticias provocaron preocupación y molestia, pero ya cayeron en el olvido. Ahora el “problema mayor” estaría en el cambio de autoridad institucional, en sus méritos o falta de ellos y en otras cuestiones que no se acercan al corazón del grave problema del país en esta materia. Las recriminaciones mutuas no mejoran la vida de ningún niño, que es lo realmente importante.

Con los niños de Chile pasa una cosa curiosa. Se les reconoce como el futuro, todos los miran con cariño y están asociados a la Navidad, al Día del Niño, a la enseñanza, a la campaña de la Teletón y a Coaniquem, entre otras obras importantes. Pero resultan literalmente marginales en temas de políticas públicas, no concentran una atención debida entre las autoridades y no logran convertirse en prioridad nacional. Parte de la explicación puede ser histórica.

En el siglo XX los niños estuvieron asociados a dramáticas condiciones de vida -o sobrevivencia- y marginalidad, como recogió de manera gráfica la literatura nacional. Pablo Neruda, en un elocuente poema de 1960 titulado “Escrito en el año 2000”, se imaginaba cómo sería Chile al finalizar el siglo XX, y en uno de los versos se refería a “las pobres esperanzas de mi pueblo”, siendo la primera “los niños en la escuela con zapatos”. En la misma línea se inscriben los famosos “piececitos de niño azulosos de frío”, de Gabriela Mistral. Además, están algunas de las páginas duras de Baldomero Lillo en “Sub Terra”, donde aparecen niños “que no tuvieron nunca otra escuela que la mina”; o la niñez interrumpida que describe Manuel Rojas en “Hijo de ladrón”: “si tu gente es pobre o no tienes familia, más te valiera, infeliz, no haber nacido y harías bien, si tienes padres, en escupirles la cara”. Manifestaciones de un Chile pobre y donde los niños pasaban hambre y morían tempranamente, no se educaban y estaban desnutridos.

A esto se sumaba otra condición que se venía perpetuando desde el siglo XIX si bien tendió a disminuir a mediados del siglo XX: el trabajo infantil. Como ilustra Jorge Rojas Flores en su “Historia de la infancia en Chile Republicano 1810-2010” (Ocho Libros, 2010), esto se podía deber a la pobreza o la muerte del padre, y se expresaba en diversas áreas como el campo y las labores domésticas, la minería y las ventas de periódicos. La situación se modificaría con la extensión de la enseñanza y ciertos cambios culturales para la protección efectiva de los niños.

En otro ámbito, el doctor Fernando Monckeberg describe en su autobiografía “Contra viento y marea” (El Mercurio-Aguilar, 2011) su llegada a La Legua en 1952: “No había calles ni agua potable, menos alcantarillados. Y eso no era todo. Se veían muchísimos niños tristes, semidesnudos y sin zapatos, conviviendo con perros flacos, basurales y una gran cantidad de moscas”. El tema no terminaba ahí, pues la realidad mostraba que Chile podía transformarse en “un país sin destino”: gran cantidad de los niños sufrían desnutrición y con secuelas de por vida; un porcentaje inmenso de quienes morían eran niños. Felizmente, hoy eso es parte del pasado, fruto de un esfuerzo tremendo del mundo académico, médico, del Estado y los privados, de instituciones internacionales, y personas que consagraron su existencia a mejorar su calidad de vida.

Sin embargo, el crecimiento económico y la superación de la pobreza en las últimas décadas no han terminado con los problemas. Entre otras cosas porque si bien la miseria ha disminuido notablemente, todavía hay un millón de niños -casi un 25% de los menores- viviendo en condiciones de pobreza. Muchos de ellos no van al colegio, otros tantos están abandonados y sin familia. En modo alguno representan una prioridad en las políticas públicas ni tienen la centralidad que debieran, considerando que en la niñez se decide gran parte del desarrollo potencial de las personas.

A cada época sus problemas y a cada país sus desafíos. Chile tiene todavía muchos y vale la pena concentrarse en ellos con determinación. Para esto es esencial dejar de hablar de stock y estadísticas, y pasar a pensar en niños, personas y futuro.