En recuerdo de Tzvetan Todorov (+7 de febrero de 2017)- El Imparcial

Columna de nuestro director de formación, Alejandro San Francisco en El Imparcial sobre el filósofo e historiador, Tzvetan Todorov .

Con la rapidez que vuelan las noticias en estos tiempos, nos llega la información del fallecimiento de Tzvetan Todorov (Sofía, 1939). Murió en París, en la Francia que lo acogió desde 1963, cuando se alejó de esa Bulgaria comunista en la que realizó sus primeros estudios y sufrió sus primeros desencantos. Se trata de uno de los intelectuales más relevantes de las últimas décadas no solo en Europa, sino también en otros lugares del mundo. Como buen polemista, se puede estar de acuerdo o bien discrepar de sus posturas, pero termina siendo un referente obligado y que nos permite pensar más y mejor sobre el mundo actual.

Como suelen decir quienes se aproximan a su figura y su obra, Todorov era un intelectual polifacético: historiador y ensayista, filósofo y politólogo, literato y sociólogo. En definitiva, un humanista y un intelectual público de relevancia, que frecuentó los temas propios de su historia personal y también aquellos que le correspondió observar en su vida académica en Francia. Entre los primeros destacan su interés por el totalitarismo, que conoció de primera mano con el dominio comunista en Bulgaria, así como a través de personajes que estudió y describió en uno de sus últimos libros: Insumisos (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016), que comentamos en abril de 2016 en las páginas de El Imparcial, así como también La experiencia totalitaria (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2010). En el segundo caso podemos mencionar, entre otros, sus obras Los enemigos de la democracia (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012) y El miedo a los bárbaros (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009), todos con gran difusión y siempre materia interesante para la lectura crítica y la polémica intelectual.

En su libro Insumisos, Todorov procuraba mostrar a figuras que habían tenido la capacidad de articular de manera vital la moral y la política. Entre ellos había figuras disímiles, que se habían desarrollado en circunstancias variadas, pero con la común experiencia de haber luchado contra la adversidad en regímenes opresivos. Así aparecen los escritores Boris Pasternak y Alexandr Solzhenitsyn, o los rebeldes Germaine Tillion en Francia, y Nelson Mandela en Sudáfrica. Todos ellos tienen, en buena medida, ciertas características que Todorov hizo propias y admiró en otras personas.

Quizá por esa misma experiencia, y por las evoluciones y regresiones en Europa, mantenía un escepticismo frente al eventual progreso moral de la humanidad. Así lo explicó en una entrevista que le hizo Daniel Gascón en Letras Libres (junio de 2015): “Ahora hay más igualdad que en el pasado: hay una apertura, una aceptación de todos los seres humanos. No todo el tiempo y no en todo, pero sí más que antes. En cambio, no veo que haya progreso moral, no veo que nos hayamos vuelto menos egoístas, por decirlo de manera sencilla. Siempre ha habido gente generosa y de espíritu noble, en la antigüedad y entre nosotros. La maduración moral no se hereda ni se contagia. No basta con frecuentar a gente muy generosa y humana para serlo; es un trayecto personal, que uno sigue más o menos y nunca al cien por ciento”.

En otro plano, se interesó mucho por el tema de la historia y la memoria, destacando que esta última tenía “una potencia” que la primera no alcanzaba, según expresó en esa misma entrevista. Sin embargo, era claro en precisar que la memoria podía usarse bien o mal: “No me sumo a la idea de que hay un deber de memoria. No puede haberlo, porque en sí la memoria no es buena”. Lo malo sería el abuso de la memoria, que explicó en su viaje a Chile el 2012, en entrevista en Artes y Letras (de El Mercurio, de Chile): “La memoria en sí misma, la evocación del pasado, no es ni buena ni mala, todo depende del propósito que perseguimos con esa evocación. Cuando la memoria se aprovecha para la venganza, la autopromoción, la obtención de privilegios, se puede hablar de abuso. Cuando se logra poner al servicio de la verdad y la justicia, el abuso desaparece”.

Uno de los temas que le preocupó era el de las democracias europeas, que percibía enfrentaban algunos peligros y amenazas que había que conocer: entre ellas destacaba el populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo, cuyas consecuencias podrían expresarse en forma de guerras, xenofobia o la primacía del mercado en todo orden de cosas. Con todo, procuraba aclarar, “vivir en una democracia sigue siendo preferible a la sumisión de un Estado totalitario, una dictadura militar o un régimen feudal oscurantista” (en Los enemigos íntimos de la democracia).

Al recibir el Premio Príncipe de Asturias el 2008, Todorov realizó una reflexión sobre un tema que ya había escrito tiempo antes: las migraciones y la forma cómo las sociedades miran a quien viene de fuera, muchas veces con temor, cuando no odiosidad y distancia. Por lo mismo, en tiempos en que el tema vuelve a estar más vigente y cuando resurgen sentimientos violentos o despreciativos hacia los inmigrantes, vale la pena volver a leer sus palabras al respecto:

“Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos. Pero nosotros, que hoy recibimos este gran honor, tenemos la responsabilidad de dar un paso hacia un poco más de civilización”.

El Acta del jurado que otorgó el premio al pensador búlgaro expresó que Todorov representaba “el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de la libertad, igualdad, integración y justicia”.

 

Fuente: El Imparcial.