Democracia, consensos y polarización – El Líbero

Columna de nuestro director de formación, Alejandro San Francisco en El Líbero, sobre democracia.

El mundo vive momentos complejos, y en materia política hay signos de una creciente confusión e incertidumbre.

Se esperaba que los primeros 100 días de Donald Trump -el nuevo y polémico Presidente de los Estados Unidos- iban a ser muy movidos, pero cada semana que pasa el gobernante  nos sorprende con una declaración o una decisión  que rápidamente genera respuestas, movilizaciones y denuncias. No cabe duda que el líder norteamericano se proyecta como un gobernante decidido, con posturas claras aunque sean políticamente incorrectas, con escasos matices y a quien parece no importar que aumenten sus detractores. Trump ha logrado politizar no solo a algunas empresas norteamericanas, a artistas y deportistas, sino que además ha tenido un evidente impacto internacional. Hay una polarización muy clara en torno a su figura, situación que sin lugar a dudas acompañará al polémico gobernante durante todo su mandato en la Casa Blanca.

Pero el problema no es exclusivo de los Estados Unidos. En Venezuela, como se aprecia casi cotidianamente, abundan las divisiones; de la crisis política se ha pasado a la descomposición institucional, y una solución de fuerza se empieza a advertir en el horizonte. En los últimos meses se han visto disputas entre los poderes del Estado, lo que lleva a los chavistas a aferrarse a sus espacios de poder y a procurar no entregar más prerrogativas a la oposición. La respuesta del Presidente Nicolás Maduro hace unos días fue notable: avisó que al cumplirse 25 años del alzamiento militar de Hugo Chávez, su heredero proclama que, ahora, “la Revolución va”. Extraña forma de enfrentar la realidad, la oposición mayoritaria de la población y el evidente desgaste del régimen. En cualquier caso, es preciso recordar que en Venezuela no existe una democracia normal, sino que algo parecido a una dictadura, con una exagerada vocación por el poder y un sustrato castrista indudable.

España es un país que no ha estado ajeno a este ambiente de polarización que define el modo de ser de algunos sistemas políticos en la actualidad. Desde hace unos años a esta parte algunos dirigentes han denunciado “la crispación” que se ha volcado sobre los actores políticos, lo que ha generado un clima enrarecido y, en ocasiones, manifiesta peligros para la convivencia democrática. En parte la situación actual tiene una base en el desprestigio de la política y las críticas -viscerales o merecidas- contra los partidos y líderes del sistema; sin embargo, también tienen su origen en el surgimiento de Podemos, un partido original y crítico tanto del Partido Socialista Obrero Español como del Partido Popular, a los que denomina indistintamente como “la casta”, fórmula insultante que de alguna forma agrieta las bases de la convivencia democrática. Sin perjuicio de ello, resulta claro que estos nuevos grupos tienen un gran respaldo popular y su acción está motivada por un cansancio -que hoy cuenta con expresión electoral- frente a la forma de hacer política. En cualquier caso, el resultado también se expresa en una polarización muy distante al espíritu que regía en España hace cuatro décadas, en el proceso de transición a la democracia.

A nivel internacional, la polarización política no solo se manifiesta entre gobernantes y opositores, partidos de una línea o de otra, sino que tiene otras manifestaciones incluso más duras. Por ejemplo, la que se da entre nacionales y extranjeros (contra los inmigrantes), que forma parte de un lenguaje político que parecía erradicado, pero que vuelve a renacer con fuerza en Estados Unidos o en Holanda, en Francia o en Austria, como símbolos de un racismo y xenofobia de imprevisibles -aunque temibles- consecuencias. Todo esto manifiesta o anuncia divisiones sociales y nacionales a las que es necesario poner atención.

Frente al crecimiento de la polarización política, cobra relevancia la pregunta que formuló Raymond Aron: “¿Cuál es la intensidad de las disputas que resulta compatible con la existencia del régimen democrático?” (en Introducción a la filosofía política: Democracia y revolución, Barcelona, Página Indómita, 2015). Aunque el intelectual francés se refiere a otros aspectos que facilitan la descomposición de una democracia, es necesario considerar la polarización política, incluso el odio que muchas veces surge en la sociedad, como factores relevantes a la hora de analizar el desarrollo institucional de una sociedad. Si bien no estamos frente a lo que José Ortega y Gasset denominaba “los estratos de la discordia”, que se expresa cuando una sociedad “deja en absoluto de serlo” o se parte en dos, sí resulta conveniente mirar el tema en perspectiva, y estar atentos para evitar que la situación se agrave (ver Del Imperio Romano, en Obras Completas, Tomo VI).

La pregunta podría formularse de otra manera. ¿Cuánto consenso es necesario para que la democracia funcione? O en otras palabras, ¿la democracia misma no implica acaso una disputa por el poder, una confrontación de ideas, partidos y líderes? Parte importante del tema es de naturaleza histórica. Muchos países, España y Chile entre ellos, experimentaron crisis de sus respectivas democracias, que terminaron mediante una guerra civil o un golpe de Estado, después de una grave polarización política y un clima de odiosidad pocas veces visto. Para el caso chileno, hace unas semanas Patricio Fernández se refería en The Clinic al tema en su editorial “El odio a Bachelet”, tema que corresponde mirar con atención, en la conciencia que ese análisis podría aplicarse también a otras figuras de la política local.

Después de sus respectivas experiencias dictatoriales, Chile y España desarrollaron sus transiciones democráticas, donde la búsqueda de acuerdos parecía ser el objetivo fundamental, descartando los excesos o maximalismos que pudieran propiciar la división. De esta manera -la experiencia vale para otros procesos similares- se consolidaron muchos regímenes civiles, pero al costo de promover una democracia representativa con una participación más limitada. En otras sociedades, como Inglaterra, e incluso España o Francia -todas a fines del siglo XX-, la adopción de un sistema de libertad económica terminó por mover a los socialismos de esos países a un verdadero consenso en torno a las sociedades liberal democráticas, no sólo en el plano político, sino sobre todo económico.

Por lo mismo, como sugieren o reclaman nuevos actores públicos y sus referentes intelectuales, se volvería necesario valorar el conflicto como elemento constitutivo de los regímenes democráticos. De ahí que autores como Chantal Mouffe pongan “un énfasis especial en las consecuencias negativas de considerar el ideal de democracia como la realización de un ‘consenso racional’”, destacando que si se borran las fronteras entre la izquierda y la derecha, “lejos de constituir un avance en una dirección democrática, es una forma de comprometer el futuro de la democracia” (en su libro La paradoja democrática, Barcelona, Gedisa, 2016). El tema, ciertamente, es mucho más complejo, pero la autora de los estudios sobre populismo, que realizó en conjunto con Ernesto Laclau, bien merece una revisión más detenida.

Lo importante, me parece, es comprender el momento histórico que vivimos. Es una época post ideológica, pero donde todavía hay diferencias nítidas entre los sectores políticos -las tradicionales derechas e izquierdas-, al interior de un país o en el concierto internacional, y donde se aprecian con nitidez los avances de la polarización política y la erosión del centro. Esto requiere una observación inteligente, pero también la necesaria previsión para evitar las consecuencias más funestas de esta realidad.

Fuente: El Líbero.