Agosto del 67: la toma de la UC que revolucionó a Chile

El Mercurio realizó una nota sobre el nuevo libro de nuestro Director de Formación, Alejandro San Francisco. 

Algo iba a pasar. La tarde del 10 de agosto de 1967 estaba reunido el Consejo de la FEUC, la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica. Con amplio apoyo estudiantil, la directiva encabezada por el estudiante de Medicina Miguel Ángel Solar, de la Democracia Cristiana Universitaria, pedía cambios en la UC: modernización de la enseñanza y la investigación, democratización de la administración, nuevos estatutos, eliminación de las cartas de recomendación para ingresar, apertura a la sociedad y, en vista de todo eso, la salida del rector Alfredo Silva Santiago -el sacerdote que estaba desde 1953 en el cargo- y su reemplazo por un académico de experiencia.

La FEUC había llegado hasta el Vaticano con sus peticiones, y había conseguido el compromiso del arzobispo de Santiago, el cardenal Raúl Silva Henríquez, de que se nombraría a un nuevo prorrector para iniciar las transformaciones.

Esa tarde de agosto todavía no se concretaba la promesa, y el Consejo de la FEUC estaba reunido para decidir qué hacer.

Pasado el mediodía, un grupo de estudiantes había ido a comprar cadenas, candados, alambre y madera. El líder de la oposición al cambio y del recién fundado Movimiento Gremialista, Jaime Guzmán, estaba ahí. Era el presidente del centro de estudiantes de Derecho, y se dio cuenta de que había un aire diferente, que había un cambio de escenario: “allí se estaba gestando algo que trascendía con mucho a la Universidad Católica”.

Miguel Ángel Solar llamó a la huelga, su idea fue aprobada por sesenta y tres votos contra nueve. Y devino en la toma de la Casa Central: “El proceso se ha iniciado, ya es irreversible. Los acontecimientos se precipitan. 25 personas divididas en cuatro grupos actúan en forma simultánea sobre la casa central. Las llaves de la portería han desaparecido. ¿Quién las ha escondido? No hay tiempo para hacerse preguntas, se violan las puertas del economato y se obtienen así los manojos de llaves de toda la universidad. Gruesas cadenas y candados clausuran todas las puertas, otras son tapiadas con madera…”.

El testimonio está en el número de agosto de 1967 de Ariete, la revista de la FEUC. Lo recoge el historiador Alejandro San Francisco -profesor de las universidades Católica y San Sebastián, y director de formación del Instituto Res Publica- en su nuevo libro: “Juventud, rebeldía y revolución. La FEUC, el reformismo y la toma de la Universidad Católica de Chile” (Centro de Estudios Bicentenario), que será presentado el próximo 10 de agosto.

La crónica de Ariete concluye así: “‘La UC está TOMADA EN 5 MINUTOS’. La operación ha salido perfecta”. Es el 11 de agosto de 1967.

Ocho días después, el 19 de agosto, la FEUC llegó a un acuerdo con el cardenal Raúl Silva Henríquez, quien había recibido “amplios poderes” del Vaticano para resolver el conflicto y reformar los estatutos de la universidad. Además, el entonces arzobispo de Santiago acordó con los estudiantes el nombre del nuevo prorrector: Fernando Castillo Velasco, quien prontamente se convertiría en rector ante la renuncia de Alfredo Silva Santiago.

La FEUC y Solar habían triunfado. Se iniciaba la Reforma universitaria.

Revolución cristiana

“La Universidad Católica vivía un proceso de dos caras”, responde Alejandro San Francisco al preguntarle por la situación de la UC en ese tiempo. “Bajo el rectorado de monseñor Alfredo Silva Santiago existió una visible modernización y progreso de la casa de estudios, con nuevas disciplinas (sociología, psicología, periodismo), aumento de profesores y alumnos, también más prestigio. Por otra parte, había una crítica creciente sobre la estructura y administración institucional, su apertura hacia el país o bien su permanencia ajena a los problemas y el movimiento histórico de Chile. En esta crítica la FEUC desempeñó un papel fundamental”.

-¿Nos dice algo de la Iglesia chilena la toma de la UC?

“La Iglesia Católica vivió momentos de cambios a nivel internacional y dentro de Chile. Esto no solo a nivel de liderazgos, como el del cardenal Raúl Silva Henríquez, sino también a nivel de ideas. En ‘El deber social y político de la hora presente’ (1962), los obispos hicieron un llamado a apoyar cambios estructurales, además respaldaron y desarrollaron su propia reforma agraria. En 1962, la revista Mensaje anunció la hora de la revolución en América Latina, precisando que no había que oponerse a ella, sino que debía ser cristianizada. En los hechos, Silva Henríquez estimaba que la UC era ‘una diócesis dentro de la diócesis’ y que eso debía cambiar. Agosto de 1967 fue el momento para resolver el asunto en la línea querida por el arzobispo de Santiago”.

-Según su libro, Silva Henríquez y Bernardo Leighton, ministro del Interior de Frei, sabían que se haría la toma. ¿Tenía su beneplácito?

“Así se desprende de las fuentes. Ariete enfatiza tras la toma que una de las virtudes del presidente de la FEUC ‘fue confiar y considerar siempre como el mejor aliado al Cardenal’. El propio Miguel Ángel Solar recuerda que, tras la toma del 11 de agosto, el ministro del Interior puso al Grupo Móvil fuera de la UC, para hacer imposible la retoma. En sus palabras, fue una toma ‘apoyada por Carabineros’, gracias a la disposición de Leighton”.

-El propio Presidente Frei Montalva intervino. Le pidió a Silva Henríquez que solucionara el asunto antes del 21 de agosto. ¿Por qué se involucró?

“Hay algunos elementos importantes. Primero, que temían una escalada violentista o revolucionaria en el país, si no se resolvía pronto la situación de la UC; segundo, porque desde el gobierno o la Democracia Cristiana querían ‘conducir’ el proceso, como lo habían anunciado dirigentes estudiantiles del partido; tercero, porque había un interés de que el resultado del conflicto no fuera contrario a sus intereses gobiernistas. Incluso, en algún momento, intentó que el nuevo rector fuera cercano al gobierno”.

Entre los hitos de la toma, y tal vez la imagen más recordada del proceso, estuvo el conflicto entre los estudiantes reformistas y “El Mercurio”, que incluyó un debate televisado entre Miguel Ángel Solar y el entonces director del diario, René Silva Espejo.

-¿Tenía asidero la tesis del diario de una “infiltración” comunista?

“La FEUC estimó que ‘El Mercurio’ había sido el principal opositor a la toma, y de hecho los estudios de Armand Mattelart muestran una gran cantidad de editoriales y textos referidos al proceso que se vivía en la Universidad Católica. La mayor molestia estudiantil, a juicio de Miguel Ángel Solar, era que la tesis de la infiltración comunista desconocía la realidad, no reconocía el origen y fin del movimiento, insinuaba la manipulación externa de carácter comunista. En lo personal, he llegado a la convicción de que se trataba de un grupo políticamente comprometido, cristiano en su formación y convicciones, no comunista, que se iría izquierdizando especialmente desde 1968, como quedaría de manifiesto en la Federación de Estudiantes de ese año y luego con la formación del MAPU. Es un proceso de una complejidad enorme, y me parece que en Chile muchas veces ‘el mito comunista’ oscurece la comprensión de los fenómenos sociales complejos en diferentes momentos históricos.

-Cita a Tony Judt, quien dice que los sesenta acabaron mal en todas partes. Así como mayo del 68 en Francia terminó con el triunfo de De Gaulle, a menor escala, la toma de la casa central de la UC terminó, poco más de un año después, con los gremialistas ganando la FEUC. ¿Qué explica ese vuelco en la Universidad Católica?

“El gremialismo requiere un estudio aparte, pero no cabe duda de que la figura de Jaime Guzmán es determinante. Haber sido candidato a la FEUC pocos meses después de la toma era un camino seguro a la derrota (de hecho perdió), pero permitió aglutinar fuerzas y construir desde la adversidad. El propio Guzmán señalaba que en situaciones como estas, es clave levantar una alternativa con mística, que enfrente a la utopía revolucionaria. La división de los estudiantes reformistas y quedarse con poco proyecto después de su victoria de 1967 son otros factores que influyen en el cambio de dirigencia estudiantil en la UC”.

-¿Se puede establecer un paralelo entre lo que pasó en la UC y mayo del 68, o hay una gran diferencia ideológica?

“No solo hay diferencias ideológicas, sino que tienen raíces y resultados distintos. Son manifestaciones de fenómenos locales, nacionales, en un contexto revolucionario y de cambios a nivel mundial, con la juventud como nuevo protagonista histórico. Fenómenos como la Revolución Cubana, la marcha de la Patria Joven, Mayo francés, las protestas universitarias en Estados Unidos o la toma de la UC, entre otros, se inscriben dentro de esta lógica”.

-¿Cuáles son los mayores mitos en torno a la toma de la UC?

“Son muchos, pero creo que se pueden destacar tres. El primero es que la Universidad Católica estaba en una crisis total. La verdad es que su progreso y calidad eran visibles, aunque su estructura y autoridades aparecían estando contra el ciclo histórico. El segundo mito es del manejo comunista de la toma y el proceso de reforma: en la década de 1960 confluyeron muchos grupos de diversos orígenes que propiciaban reformas o incluso la revolución, por lo cual circunscribir el problema al comunismo conduce necesariamente a no comprender el problema. El tercer mito tiene nombre y apellido: es Miguel Ángel Solar. Muchos auguraron un futuro político brillante para el líder de la toma, pero él se enamoró del sur y vive allá desde hace casi cincuenta años, exceptuado su exilio. Ese mismo ‘retiro’ desde el corazón del poder que es Santiago, sin duda, contribuye a alimentar el mito sobre los años 60”.

CONMEMORACIÓN EN LA UC
El 11 de agosto, a las 11 horas, en la Casa Central de la UC, se realizará el seminario “1967-2017: A 50 años de la Reforma Universitaria”. Participarán Ignacio Sánchez, rector de la UC; Patricio Bernedo, decano de Historia; Juan de Dios Vial C., rector emérito; Juan Ochagavía, decano de Teología; y tres protagonistas de la época: Rafael Echeverría, José Joaquín Brunner y Hernán Larraín.

Fuente: El Mercurio