El Papa Francisco en América Latina – El Imparcial

Columna de opinión de Alejandro San Francisco en El Imparcial de España sobre visita del Papa Francisco a Latinoamérica. 

Durante algunos días, en una tradición que hizo escuela con Juan Pablo II, el Papa Francisco estuvo de visita en Colombia. El significado simbólico es evidente: el primer Sumo Pontífice de la Iglesia Católica de origen latinoamericano visitó su continente, estuvo entre los suyos, si bien el ejercicio de su función es de dimensión universal.

Hace casi medio siglo -en agosto de 1968- correspondió al Papa Pablo VI visitar lo que más tarde se conocería como “el continente de la esperanza”. América Latina vivía entonces una época revolucionaria, marcada especialmente por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la consolidación de la dictadura de Fidel Castro y la expansión de la dinámica de transformaciones estructurales en todo el continente, a lo que se sumaba el surgimiento de movimientos guerrilleros y críticas sistemáticas a los regímenes políticos vigentes.

La visita papal no resultó fácil, y rápidamente -como suele ocurrir- se levantaron algunos grupos protestando contra el viaje pastoral. Algunos se oponían, puntualmente, a lo que podría parecer una legitimación del régimen vigente en Colombia; otros tantos rechazaban la posición sostenida por el Santo Padre en temas como la sexualidad y la natalidad, expresadas el 25 de julio de 1968 en su encíclica Humanae Vitae.

En el caso del Papa Francisco, la situación internacional y de la Iglesia Católica es muy distinta en la actualidad. No cabe duda que ha llegado en un momento especial de la historia de Colombia, que hace esfuerzos por lograr la paz -anhelo unánime pero que presenta diferencias en las formas-, en un contexto de reorganización política y de un futuro que aparece incierto: “Resulta indispensable también asumir la verdad… La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Juntas son esenciales para construir la paz”, fue uno de sus mensajes sobre el tema”.

No dejó de mencionar, como era de esperarse, a la vecina Venezuela, el país más azotado de la región, por la miseria, la violencia, por el régimen de Maduro, el riesgo de la dictadura o incluso la guerra civil, los cientos de muertos por razones políticas o criminales. Abogando por una salida pacífica, el Papa señaló: “Hago un llamamiento para que se rechace todo tipo de violencia en la vida política y se encuentre una solución a la grave crisis que se está viviendo y afecta a todos, especialmente a los más pobres y desfavorecidos”.

Observar estos aspectos de la visita papal constituye un deber, es parte de la realidad, son mensajes presentes en las exposiciones públicas del Santo Padre, que la prensa ha recogido y difundido con especial interés. Esto se debe, en parte, a que el Papa -cualquiera que sea- representa una voz muy importante en el mundo contemporáneo, que excede los límites del mundo católico y cuyos mensajes que quedan circunscritos a aspectos doctrinales o dogmáticos. Por otra parte, muchos ateos o personas que pertenecen a otras religiones escuchan su voz con interés, e incluso se suman a sus posiciones, mientras otros los escuchan y critican la voz papal. En todos los casos queda en evidencia la trascendencia histórica del líder de la Iglesia Católica.

Sin embargo, detrás de esto hay un problema que conviene tener en cuenta, y que advirtió con lucidez el historiador Mario Góngora en su artículo “La descomposición de la conciencia histórica del catolicismo”, referido a lo que consideraba el desvanecimiento progresivo de la “conciencia católica”. El texto, publicado en revista Dilemas (Santiago de Chile, 1973), se concentraba en distintos aspectos que influían en generar esta decadencia de “lo católico” en el mundo contemporáneo: el historicismo en mal sentido; la distorsión de la escatología -incluido el activismo, la fe en las fuerzas humanas y la propensión a la política-; el sincretrismo, que lleva a la política eclesiástica a concentrarse cada vez más en fines temporales, como el desarrollo o la paz, entre otros.

Las cosas, desde entonces, han cambiado mucho en el mundo, en América Latina y en la Iglesia Católica. Pero no parecen haberse modificado demasiado a la hora de esperar una visita papal, un mensaje específico o un llamado puntual. Quizá por lo mismo sea necesario realizar una segunda mirada y ver aquellos aspectos que no aparecen a primera vista, pero que son constitutivos del mensaje profundo y permanente del Papa Francisco y de la Iglesia: recordar a los sacerdotes que son “pastores” y no “políticos”, además de animarlos a ser servidores y no servirse de su condición; recordar que la Iglesia es “zarandeada” por el Espíritu para que sepa dejar sin miedo sus comodidades y apegos; la invitación a perdonar a quienes nos han herido; la necesidad de mirar a los pobres a los ojos; conservar la esperanza a través de las personas buenas; la importancia de conocer a Jesús vivo y descubrir la propia vocación.

Queda bien reflejado en uno de los mensajes más potentes y menos destacados del Papa Francisco en Colombia: “Hay que permanecer en Cristo para vivir en la alegría: Permanecer para vivir en alegría. Si permanecemos en Él, su alegría estará con nosotros. No seremos discípulos tristes y apóstoles amargados. Lean el final de Evangelii Nuntiandi, nos aconseja esto. Al contrario, reflejaremos y portaremos la alegría verdadera, el gozo pleno que nadie nos podrá quitar, difundiremos la esperanza de vida nueva que Cristo nos ha traído. Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando transparentamos la alegría del encuentro con Él”.