La guerra contra Colón – La Tercera

Columna de opinión de Álvaro Iriarte en La Tercera sobre el aniversario del descubrimiento de América. 

Desde hace algún tiempo, la conmemoración del descubrimiento del Nuevo Mundo por parte de Cristóbal Colón ha perdido el carácter de hazaña que solía tener. Por el contrario, hoy parece ser un episodio de la historia universal que para algunos debería ser borrado de la memoria de la humanidad.

Colón y los europeos que vinieron después de él han sido demonizados como ambiciosos, villanos y megalómanos, que solo trajeron a América enfermedades, esclavitud, desastre ecológico y muerte a una tierra que antes era pacífica, una suerte de paraíso terrenal.

Concebir a Colón y a los hombres de Europa que se asentaron en el Nuevo Mundo lisa y llanamente como monstruos, o levantarlos como modelos de virtud, es de una simpleza grosera que no resiste análisis crítico. Lo mismo ocurre al presentar a los pueblos que habitaban este continente como gente pacífica cuya armonía fue repentinamente destruida por la llegada de los españoles. La verdad es que el largo proceso de encuentro entre los nativos del Viejo y el Nuevo Mundo tuvo, como todo proceso humano, luces y sombras. Así como existieron exploradores que dejaron Europa motivados principalmente por el deseo de hacer fortuna, también existieron aquellos impulsados por el fervor de expandir la fe católica. Donde encontramos hombres crueles con los nativos, también podemos ver a quienes respetaron su dignidad intrínseca como seres humanos. Por otro lado, los europeos encontraron comunidades nativas pacíficas, así como también poblaciones belicosas y que incluso practicaban sacrificios humanos.

Lamentablemente en los últimos 50 años el autodenominado mundo progresista ha declarado la guerra a la figura de Cristóbal Colón y lo que representa: esto es, el encuentro de dos mundos y el surgimiento de uno auténticamente nuevo. Esto se ha traducido en una verdadera exaltación e idealización de los nativos, como modelos para el habitante de América, desconociendo todo lo bueno y positivo que nos legó la presencia hispana, negando el valor a su indudable aporte.

En momentos en que parece estar de moda renegar de la cultura occidental, no debe llamar la atención el apresurado juicio de algunos al calificar la civilización construida tras el descubrimiento de Colón como destructiva y egoísta, la suma de todos los males, insinuando que habría sido mejor que la civilización europea no hubiera llegado a las indias occidentales. Es verdaderamente paradójico, toda vez que, si pueden emitir este tipo de juicios y realizar un sinnúmero de manifestaciones y protestas, es precisamente porque Colón y quienes le siguieron incorporaron a América a la cultura occidental. Fue esta tradición la que trajo consigo las nociones de pensamiento crítico, racionalismo científico, respeto a la dignidad de las personas, sus derechos y libertades; lo cual ciertamente no borra los errores que se hayan cometido.

Es un error abordar la historia como una secuencia unidimensional, en la que se juzgan las personas y acontecimientos estrictamente siguiendo los criterios y percepciones contemporáneas. Esto transforma el pasado en una suerte de reduccionismo que divide a los personajes de la historia entre “héroes” y “villanos”, en una simplificación que impide comprender la trayectoria humana. Por el contrario, debemos considerar que la historia es una sucesión de procesos, acontecimientos y personalidades, que interactúan de diversas maneras, dando forma a una realidad multidimensional y compleja. En el fondo, el problema es, como en otros temas, que la generalización y el reduccionismo están condenados a equivocarse, y que todo intento por comprender el pasado requiere explicaciones más sólidas y complejas.

 

Fuente: La Tercera.