El Watergate chileno – La Tercera

Columna de opinión de nuestro Director de Investigación, Álvaro Iriarte en La Tercera. 

Cada que vez que la opinión pública conoce un caso de corrupción, rápidamente la prensa nacional agrega el sufijo “gate”, haciendo alusión a uno de los escándalos políticos de mayor impacto en la historia del siglo XX. Así hemos conocido el MOPgatePentagate, y recientemente el Pacogate, entre otros.

Esta práctica tiene su inspiración en el escándalo de la administración del republicano Richard Nixon, conocido como Watergate. Por instrucción del presidente, el gobierno de Estados Unidos intervino ilegalmente las líneas telefónicas del Partido Demócrata y de miles de ciudadanos en busca de información. Cuando se hizo público, Richard Nixon negó en reiteradas ocasiones tener conocimiento, situación que con el paso del tiempo y tras la investigación del Congreso demostró ser falsa, forzando la renuncia del mandatario en 1974, ante un inminente juicio político en su contra. Nixon había ganado la relección en 1972 con el 60% de los sufragios válidamente emitidos y con una de las mayores victorias en Colegio Electoral en la historia de Estados Unidos. En menos de 2 años se convirtió en el presidente menos popular y en el único en renunciar al cargo.

Los efectos de este escándalo fueron un verdadero punto de inflexión en la vida política de Estados Unidos: la pérdida total de credibilidad de Nixon, incluso en materias que nada tenían que ver con el escándalo; una crisis de confianza en las instituciones democráticas, en especial en el gobierno; cambios de gabinete y renuncias de autoridades; proliferación de las teorías conspirativas; una sociedad que parecía desmoronarse. En materia electoral, el Partido Republicano sufrió una derrota lapidaria en las urnas: en las elecciones al Congreso de 1974 obtuvo uno de sus peores resultados y en 1976 perdió la Casa Blanca.

En Chile, ninguno de los escándalos que han sido catalogados como “gate” han tenido un efecto tan profundo y de largo impacto como el Watergate. Curiosamente, el escándalo al que la prensa nacional no apodó como tal, el llamado “Caso Caval”, tiene efectos mucho más cercanos al gran escándalo de Nixon, con las respectivas salvedades culturales, de tiempo y lugar.

La presidenta Michelle Bachelet llegó a su segundo periodo en una elección donde obtuvo más del 60% de los votos válidamente emitidos (sin perjuicio de la baja participación), una de las victorias más amplias en la historia electoral chilena. Uno de sus atributos mejor evaluados era la credibilidad, que se mantuvo precisamente hasta que estalló el escándalo de tráfico de influencias de su hijo y nuera para negocios inmobiliarios. El mal manejo político y comunicacional de la crisis fue un golpe del que la Presidenta no logró recuperarse. Hoy sus declaraciones sobre cómo supo del asunto forman parte de la cultura popular: “Me enteré por la prensa”.

Ambos escándalos son una verdadera fractura del orden político, toda vez que los involucrados pierden sus principales atributos de cara a la ciudadanía: la credibilidad y la honestidad. Esto se traduce al menos en dos efectos. En primer lugar, la discusión pública queda empantanada en el escándalo, y el Ejecutivo pierde la conducción de la agenda política. El impacto negativo se extiende a todo el quehacer del gobierno y su administración, pues la opinión pública simplemente deja de creer en él. Este contexto permite que grupos radicalizados y antisistema canalicen en cierto modo la ira de la población hacia las autoridades. En materia electoral, los escándalos dañan el capital político de los presidentes, y la ciudadanía traduce su decepción o ira votando por la oposición en los primeros comicios en que puede: en el caso de Nixon, por los demócratas en las elecciones de medio término de 1974 y en el caso de Bachelet, por la centroderecha agrupada en Chile Vamos en las elecciones municipales de 2016.

Solo queda por ver cuál será el resultado de las elecciones de este 19 de noviembre, pues está en juego no solo quien llegará a La Moneda, sino que también la correlación de fuerzas en el nuevo Congreso. Es probable que la centroizquierda -la antigua y exitosa Concertación ahora dividida en diversos grupos y partidos- sufra su peor derrota electoral desde 1989 a la fecha.

Finalmente, Chile tiene su propio Watergate, aunque algunos no lo supieron identificar.