La difícil situación de Perú – El Imparcial

Si miramos con atención la historia de Perú en este último cuarto de siglo, ciertamente veremos que está marcada a fuego por la figura de Alberto Fujimori. Se trata de uno de aquellos líderes que son capaces de marcar a un país y a una generación (o más) como en su momento lo logró Juan Domingo Perón en Argentina y ciertamente Hugo Chávez en Venezuela. Como en esos casos, el régimen personal obró fuera del régimen constitucional, tuvo logros en algunos aspectos relevantes (lucha contra el terrorismo) y ejerció el poder con dureza y arbitrariedad. Por lo mismo, resulta un personaje que desata pasiones, admiración repetida en sus hijos y odios acumulados que no se borran con el paso del tiempo.

En la última elección peruana, cuando se enfrentaron en segunda vuelta Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori, muchos pensaron que se trataba de dos derechas que se disputaban el poder en Perú. Sin embargo, el fenómeno es mucho más complejo, y si podemos situar a PPK dentro del contexto de la derecha latinoamericana, no ocurre lo mismo en el caso de los Fujimori, sobre quienes legítimamente debemos preguntarnos qué representan y a qué tradición política responden. La respuesta no es unívoca, y más bien podrían ubicarse dentro de los populismos latinoamericanos que aparecen de tanto en tanto en la región y que, por lo mismo cuentan con partidarios y detractores que cruzan ampliamente el todo el espectro social y político.

El tema ha vuelto a ponerse en el tapete con ocasión de un complejo doble proceso que vivió Perú estos últimos días del 2017. El primer problema fue el intento de declarar la “vacancia por incapacidad moral” del presidente Pedro Pablo Kuczynski, debido a sus eventuales vínculos con la trama Odebrecht. Finalmente, contra lo que se esperó en un momento, PPK logró salir del problema, para lo cual contó con el decisivo voto favorable de Kenji Fujimori. Esto rápidamente desató críticas y especulaciones, considerando que la mayoría fujimorista había apoyado la acusación contra el mandatario.

Ad portas de la Navidad, el gobernante concedió el indulto humanitario a Alberto Fujimori, en lo que el propio PPK consideró “la decisión más difícil de mi vida”, tras lo cual explicó: “Se trata de la salud y las posibilidades de vida de un ex presidente del Perú, que habiendo cometido excesos y errores graves, fue sentenciado y ha cumplido ya 12 años de condena”. El presidente peruano sostuvo que “todo indulto es, por esencia, controversial. Hay un grupo importante de peruanos que se opone al mismo. Mi decisión es especialmente compleja y difícil, pero es mi decisión. No debo ser yo solo el presidente de los que votaron por mí, debo serlo de todos los peruanos”. Entre sus argumentos agrego que quienes nos sentimos demócratas no debemos permitir que Alberto Fujimori muera en prisión, porque la justicia no es venganza”, por cuanto “se trata de la salud y las posibilidades de vida de un expresidente del Perú que habiendo cometido excesos y errores gravísimos fue sentenciado y ha cumplido ya doce años de condena”. Esto debía considerarse en el contexto del deterioro de la salud de Fujimori, de quien PPK hizo una interesante evaluación política: “A todos nos es evidente que su Gobierno, que heredó al inicio de la década de los años noventa un país sumido en una crisis violenta caótica, incurrió en transgresiones significativas a la ley, al respeto por la democracia y los Derechos Humanos. Pero también creo que su Gobierno contribuyó al progreso nacional”. Sobre su resolución, el gobernante concluyó: “Suscribo este mensaje como testimonio de mi decisión, una de consciencia, la cual someto respetuosamente al tribunal de la historia”.

El tema es de la mayor importancia, y probablemente no fue previsto durante las elecciones, en que la polarización llevó a enfrentarse a Kuzcynski y Keiko Fujimori en duros términos. Sin embargo, la situación de debilidad del Presidente de Perú, unida al reclamo permanente de un indulto para Alberto Fujimori, determinaron una salida que ha causado gran revuelo, ante lo que se considera una negociación bajo cuerda, en que dos actores relevantes -PPK y Kenji- buscaron beneficios inmediatos para lograr un beneficio personal, a costa de las instituciones peruanas. Ciertamente la situación ha dañado la democracia y la convivencia política peruana, y ha dejado al Presidente en una situación muy debilitada, que obligará a mirar con atención la evolución del país, considerando que se trata de un gobierno que no sólo tiene una clara minoría parlamentaria, sino que también tiene un respaldo popular que apenas se empina en el 20%, según las encuestas.

Por lo mismo, quizá el mayor problema de Perú para los próximos meses y años, será enfrentar situaciones institucionales y políticas graves, derivadas de situaciones que hace un tiempo no estaban en la agenda gubernativa del país. El caso Odebrecht primero, y ahora el indulto a Alberto Fujimori, cambian el escenario y pasan a ser ejes decisivos del debate y del futuro político de Perú. Y, lo que es más grave, comienzan a afectar a una nación pujante, cuya economía mostraba claros signos de recuperación y crecimiento, con un enorme potencial de desarrollo, que hacía abrigar esperanzas de progreso social para su población.

Todo esto nos trae una enseñanza de vuelta, que conviene no dejar de lado ni en los análisis ni el ejercicio del poder: la importancia de la articulación del proceso político con el desarrollo económico. Muchas veces se olvida lo primero, en una precaria ilusión tecnocrática, que hace abrigar esperanzas que se van desvaneciendo si la institucionalidad no es sólida o si la política presenta problemas que no se zanjan de una manera adecuada.

El Frente Amplio de Perú ya ha especulado sobre una nueva acusación de vacancia contra el presidente Kuzcynski, mientras seguiremos escuchando si se trató de un indulto político o humanitario, así como habrá otros coletazos de una semana que, adicionalmente, ha afectado a la economía, que empieza a corregir a la baja las expectativas de crecimiento para el 2018. Sin duda, se trata de un problema que no está resuelto, y que necesitará fórmulas más creativas que las utilizadas hasta ahora para salir del entuerto.