La dinámica del populismo en América Latina – El Imparcial

El pasado domingo 4 de febrero, Ecuador vivió un momento clave de su historia política reciente, cuando el referéndum convocado por el presidente Lenín Moreno aprobó la consulta que impide la reelección indefinida de autoridades. En la práctica, como ha recogido la prensa ecuatoriana e internacional, esto es un duro golpe contra el ex presidente Rafael Correa, que abrigaba ilusiones de volver a ocupar el gobierno de ese país. Por otro lado, la consulta impedía volver a ocupar cargos a quienes fueran implicados en casos de corrupción.

El problema de fondo, del cual el Socialismo del siglo XXI ha sido un paradigma, se presenta con la perpetuación en el poder, que ha sido característica de algunos de sus gobernantes más emblemáticos, como Hugo Chávez y ahora Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, la dupla Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina, Daniel Ortega en Nicaragua, y ciertamente el propio Correa en Ecuador. Si el 2017, finalmente, el entonces gobernante declinó postular a la reelección, fue por el temor a ser derrotado en las elecciones presidenciales, contra un creciente Guillermo Lasso. Por lo mismo, fue Lenín Moreno quien asumió la candidatura presidencial de la izquierda, derrotando estrechamente a su contendor, el mencionado Lasso.

Sin embargo, el triunfo del candidato de Correa no significó la victoria del propio ex gobernante, quien lideró la llamada Revolución Ciudadana. Correa decidió no competir porque desde el 2015 había experimentado una constante baja en las encuestas, derivadas principalmente de los problemas económicos del país. Durante la década anterior, Ecuador se había beneficiado de los precios del petróleo, que le permitían gozar de una gran cantidad de recursos para llevar adelante un régimen económico populista, con poca inversión y gran expansión del gasto.

Durante esos años muchos pensaron que el electorado ecuatoriano había hecho un giro a la izquierda, que en la práctica mantendría en el poder al gobierno de Correa, o a uno parecido, durante mucho tiempo. Sin embargo, como bien apunta Santiago Basabe-Serrano en su interesante artículo “El fin de la hegemonía de Rafael Correa y los espejismos del giro a la izquierda en Ecuador”, existía una relación directa entre los precios del petróleo y el liderazgo y popularidad de Correa. El 2015 comenzó una declinación en el valor del crudo, y rápidamente eso se trasladó a un descenso en el apoyo al gobernante que había disfrutado de petróleo caro y muchos votos durante casi una década. Por lo mismo, concluye Basabe-Serrano, de manera contrafáctica, “si los precios internacionales del petróleo no hubiesen descendido, el modelo económico del presidente Correa se mantendría en buenas condiciones y su candidatura a la reelección en 2017 sería un hecho dado” (artículo publicado en el libro de Claudio Arqueros y Álvaro Iriarte, editores, Chile y América Latina. Crisis de las izquierdas del siglo XXI, Santiago, Instituto Res Publica/Universidad del Desarrollo, 2017). Lamentablemente para Correa, los precios bajaron y también su candidatura. Para mayores males, ahora el referéndum ecuatoriano le impide presentarse nuevamente a la Primera Magistratura.

La dinámica del régimen bolivariano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro es exactamente igual. La popularidad inicial, asociada al clientelismo y a los altos precios del petróleo, han derivado en los últimos años en una dictadura, una aguda crisis institucional y también en una constante pérdida de popularidad del gobierno. Éste, en el ánimo de perpetuarse, disolvió la Asamblea Nacional, mantiene intervenidos los poderes del Estado y ejerce un férreo control sobre las Fuerzas Armadas. Adicionalmente, y pese a las advertencias de la comunidad internacional, Maduro ha decidido convocar a unas elecciones anticipadas para elegir gobierno en Venezuela, las que no dan garantías de legitimidad y se dan en un contexto en que los principales adversarios políticos del gobernante están imposibilitados de competir por distintas persecuciones judiciales y políticas.

La alternancia en el poder es una sana expresión de la democracia, en cualquier lugar del mundo. Es probable que en América Latina lo sea aún más, precisamente porque la perpetuación en el poder ha sido uno de los mecanismos de destrucción de las instituciones, utilizados por distintos gobiernos desde la década de 1990 en adelante. Ecuador, al resolver como lo ha hecho en su referéndum, en la práctica se separa de esa tendencia y procura abrir un camino distinto de competencia política. Lenín Moreno, por su parte, debe estar consciente de las dificultades económicas que enfrenta su país, y por lo mismo se ha abierto a conversaciones con opositores y con otros grupos sociales, que permitan ir dejando atrás la situación desmedrada que afecta al país.

Un editorial de El País ha resumido con claridad el tema: “Latinoamérica ha asistido en los últimos años a preocupantes y repetidos intentos por parte de gobernantes populistas de romper las reglas y —apelando a la supuesta voluntad popular— no abandonar el poder” (3 de febrero de 2018). Con los resultados del domingo, Ecuador ha decidido un camino distinto. Como suele ocurrir en estos temas, la historia no está terminada, y Rafael Correa seguirá siendo influyente, más todavía considerando que obtuvo más del 30% de los votos en las preguntas que lo afectaban. Por otra parte, el Socialismo del siglo XXI está herido, pero no muerto, como ha probado la larga agonía del régimen chavista. Finalmente, los regímenes populistas de la región son una fórmula que cada cierto tiempo reaparece, logra un respaldo popular relevante y vuelve a dar vida a una creación criolla que ha tenido fórmulas repetidas y creativas durante el siglo XX.

 

Fuente: El Imparcial.