De vuelta con el racismo – El Imparcial

Hace algún tiempo vi una película que me pareció excelente: Mississippi en llamas (1988). Era dura y dolorosa, y aunque se trata de una obra cinematográfica, ciertamente tenía su origen en la realidad de un sector de Estados Unidos, en pleno siglo XX, donde coexistía un racismo abusador y matonesco con una estructura judicial y policial al servicio de esa injusticia. Ambientada en 1964, muestra la acción personal y organizada de miembros del Ku Klux Klan, cuyas acciones delictuales permanecen ocultas entre la organización del silencio y las convicciones supremacistas de sus miembros.

En esa misma década Martin Luther King desarrolló una campaña extraordinaria de lucha por los derechos civiles y políticos de la gente de raza negra en los Estados Unidos, que coronó magistralmente en su famoso discurso “I have a dream”. En esa ocasión señaló que a pesar de la firma de la libertad de los esclavos en el siglo XIX, el fin del cautiverio no había sido el fin de las injusticias: “cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra”. Esa verdadera pieza oratoria fue coronada con una ovación y millones de sueños, y la vida del líder terminó con su asesinato, el que no pudo borrar su memoria ni su lucha que, de muchas maneras, continúa vigente en el mundo.

El racismo, en muchos lugares, se niega a morir. Aparece y reaparece, en forma abierta o solapada, de la manera más rústica y obscena hasta la más tenue y envuelta en explicaciones más o menos reales, inteligentes, incluso seductoras. Por lo mismo, es un tema que conviene considerar cada cierto tiempo, y al cual hay que volver fijando ciertos estándares de convivencia social y también ciertos criterios básicos para enfrentar nuestra relación con las demás personas y grupos: después de todo, según cómo miramos a los demás y cómo nos comportamos con ellos, y como las sociedades organizadas lo hacen, marca una buena aproximación hacia niveles más altos de civilización o bien el regreso a diferentes formas de barbarie.

El tema del racismo, lamentablemente, no está sepultado, y ni siquiera los casos más extremos -como el de Hitler y el nacionalsocialismo en el siglo XX- han logrado terminar con las expresiones de odio racial. Un estudio de la Universidad de Harvard, realizado entre el 2002 y el 2015, muestra los niveles de racismo en los distintos países de Europa, y los clasifica entre aquellos que tienen más prejuicios raciales y aquellos que tienen menos. Se realiza un Test de Asociación Implícita, que podría no reflejar los comportamientos, y muestra a la República Checa con el mayor nivel de racismo, posición seguida por otros países de Europa oriental. Los países occidentales con mayores prejuicios serían Italia y Portugal, seguidos por España. En otros países los movimientos xenófobos han vuelto a tener fuerza, incluso electoral, con señalas provocadoras y beligerantes, en parte basadas en el problema de la inmigración y en parte en los propios prejuicios.

Precisamente a finales de febrero, en estos días, en otro plano, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia pidió a España crear de manera urgente un organismo “fuerte e independiente” que promueva la igualdad y la lucha contra el racismo y la intolerancia. Ciertamente es muy discutible crear más burocracia para algo así, porque incluso se plantea la posibilidad de fusionar órganos que trabajen estos temas, por lo que es necesario considerar el tema de fondo: el informe señala la falta de medidas para la integración de los migrantes y la segregación que sufren los niños gitanos. Aunque España está lejos del discurso racista de otras sociedades, e incluso penaliza los actos racistas y xenófobos que se cometen por las redes sociales, el organismo internacional sugiere estar atentos al abandono escolar, la pobreza, la segregación y los guetos que forman parte de la vida de grupos sociales de inmigrantes o de gitanos.

Como en muchos otros temas, la integración social y la formación cultural son bases fundamentales para una sociedad más amable y comprensiva, más abierta y generosa y, por lo mismo, menos racista e intolerante. Nadie nace con estos conocimientos, por lo cual se requiere una transmisión sensata y permanente de valores y virtudes, de conocimiento histórico y hábitos cívicos, que hagan de la vida en sociedad una experiencia valiosa para todos y no de sufrimiento para algunos por razones de su raza u origen nacional. Después de todo, como sabemos, la Humanidad ha experimentado grandes avances en muchos órdenes de cosas, y después de varios siglos hay, en los hechos, una coexistencia bastante extendida de diferentes culturas en las más diversas sociedades del mundo. Y, en general, con buenos resultados y con buena aceptación.

Sin embargo, no hay que relajarse ni bajar los brazos. El racismo es un mal que se niega a desaparecer: es una enfermedad que desaparece o se esconde, logra erradicarse en algunos lugares, pero rápidamente aparece en otros, se sumerge en una generación y emerge en la subsiguiente, se reinventa y encuentra nuevos argumentos y justificaciones. Por lo mismo, es mejor no perderse: el racismo es inaceptable, el racismo avergüenza a la sociedad que lo permite y a quienes lo promueven con argumentos vulgares o aparentemente más sofisticados, y por lo mismo debe ser combatido desde sus raíces hasta sus manifestaciones públicas, habitualmente tristes e inaceptables.

 

Fuente: El Imparcial de España.