La hora 25. Un libro estremecedor – El Imparcial

Hay libros para todos los gustos, e incluso hay personas que mantienen una distancia permanente con los libros.

Con ocasión de la celebración del día del Libro este 23 de abril, muchas personas ocuparon las redes sociales para expresar sus preferencias y para discrepar de otros, recordando lecturas infantiles o recientes. Creo que debemos ser respetuosos de los gustos y pasiones literarias, ya que cada uno de nosotros podría hacer una buena lista de libros con los más diversos calificativos: aburridos, clásicos, imprescindibles, favoritos, no terminados, emocionantes, livianos, desilusionantes, excelentes, malos. Y podríamos dar las razones correspondientes.

Hace algunos años leí un libro estremecedor, que se convirtió de inmediato en una de mis obras preferidas: La hora 25, de VirgilGheorghiu (Madrid, El Buey Mudo, 2010). El escritor rumano, más bien desconocido, nació en 1916, en medio de la Primera Guerra Mundial, y falleció en 1992, cuando el mundo conocido durante el siglo XX ya había experimentado un extraño e imprevisible final.

El libro está ambientado en los tiempos terribles de la Segunda Guerra Mundial, con el comunismo y el nazismo como telón de fondo. Fue publicado en 1949, cuando todavía estaban frescos los recuerdos, y en momentos en que el dominio de Hitler sobre gran parte de los países de Europa Central y Oriental se había desplazado hacia el imperio de Stalin y la instauración de regímenes comunistas en la región. Los pueblos involucrados, que habían celebrado la llegada de “la liberación”, comprendieron muy pronto que el poder apenas había cambiado de manos, como expresó CzeslawMilosz en un valioso libro ambientado en la transición de Polonia después de aquella guerra.

En el caso de La hora 25, la novela transcurre en territorios progresivamente ocupados por los nazis en su expansión hacia el Este, lo que transforma rápidamente la vida cotidiana de sus habitantes. Entre ellos, de personas comunes y corrientes como Ion Moritz, acusado de ser judío por un vecino que en realidad deseaba a su mujer, Suzanna. Con esto comenzaba una travesía de dolor, persecuciones e injusticias, que se repetían por millones en un mundo en que la opresión parecía ser la regla y la libertad apenas un recuerdo o una esperanza cada vez más lejana.

Otros personajes emergen como figuras clave en el relato: IorguIordan, hombre violento, incluso brutal, que llegaría a ser servidor del nazismo; el padre Koruga, un ser humano notable, sabio y generoso; su hijo Traian, casado con una judía, y que sufrió persecuciones durante y después de la guerra. Y, entre ellos, ciertamente Moritz, quien abre y cierra la narración.

Eran tiempos oscuros donde todo parecía tener la posibilidad de empeorar y las personas era sumergidas en la revolución, la guerra, la técnica o el Estado. “[Al hombre] pueden detenerle y enviarle a hacer trabajos forzados, exterminarle, obligarle a efectuar quién sabe qué trabajos para un plano quinquenal, para la mejora de la raza u otros fines necesarios a la sociedad técnica, sin ningún miramiento para su persona”, reflexionaba Traian, resumiendo que el único objetivo era “la producción”.

Otra de las manifestaciones de deshumanización era la esclavitud, presente en los totalitarismos: “Un hombre al que no se le respeta el honor y la dignidad es un esclavo”, reflexionaba el jefe de la prensa húngara, negándose a entregar a 50 mil compatriotas reclamados por los alemanes. La solución fue recoger extranjeros en las cárceles y campos de concentración, salvando la sangre húngara. La alternativa del momento histórico era equivalente: “Los rusos reemplazarían a los alemanes, y los rusos son los mayores traficantes de esclavos de todo el mundo. En la Rusia soviética, cada hombre es propiedad del Estado…”

La cultura respetuosa de la belleza, del derecho y del hombre había desaparecido. Europa vivía “la hora veinticinco”. ¿Cuál era la razón del título de la novela? Aparece dentro del relato mismo de la obra: La hora 25 es “el momento en que toda tentativa de salvación se hace inútil. Ni siquiera la venida de un mesías resolvería nada. No es la última hora, sino una hora después. El tiempo preciso de la sociedad occidental. Es la hora actual. La hora exacta”.

Se manifestaba, por entonces, en las balas y tanques, en las muertes y mutilaciones, en los esclavos y sometidos, la proliferación de los campos de concentración y cárceles. Una vida que se repetía triste, monótona, dolorosa y cuesta arriba, día a día, año tras año. El propio Moritz estuvo trece años detenido: logró salir y ver a su mujer y a sus hijos, el menor de ellos tenía cuatro años, obviamente no era suyo. “No volveremos a separarnos”.

Fuera del campo “le ordenaron sonreír”, ya había pasado lo peor. Entonces “Moritz contempló las gafas de Traian. Tuvo la impresión de que volvía a verle caer junto a las alambradas. Pensó en los kilómetros y kilómetros de alambre que rodeaban los campos. Recordó las piernas amputadas del padre Koruga y todo lo ocurrido en aquellos trece años. Luego miró a Suzanna y al pequeño. Su frente se ensombreció y los ojos se le llenaron de lágrimas. Le ordenaba sonreír, pero no podía. Se daba cuenta de que iba a estallar en sollozos… No podía resistir más. Ningún hombre hubiera podido resistir más”.

Un libro de 1949, de un tiempo que se fue y de una literatura que nos parece lejana y poco conocida. Un libro que se puede leer todavía con provecho, que tiene visos de genialidad, características de un clásico y que es estremecedor como la historia que narra con pasión y dolor. Un libro para leer y volver a leer.

 

Fuente: El Imparcial de España.