Derechización en América Latina – El Imparcial

La predecible victoria de Iván Duque en las elecciones en Colombia ha instalado la pregunta sobre una eventual derechización política en América Latina. El resultado fue contundente: el candidato del Centro Democrático, uribista, derrotó con un 54% de los votos a Gustavo Petro, alternativa izquierdista de Colombia Humana, quien logró un 41,8% de los sufragios. Mirado desde el punto de vista interno, no cabe duda que es un gran respaldo para el propio Duque, pero también para el ex presidente Alvaro Uribe: como resumió el saliente gobernante Manuel Santos, “el uribismo sin duda alguna es una fuerza política que respaldó a Iván Duque, que lo puso donde está y es un hecho político que no se puede desconocer”.

 
Sin embargo, los comicios también requieren una mirada regional, y se suman a las victorias obtenidas por Mauricio Macri (2015), Pedro Pablo Kuczynski (2016) y Sebastián Piñera (2017), que permitían conformar un eje regional de centroderecha, más favorable al libre mercado y a economías de progreso, lejanos ideológica y políticamente a los experimentos del Socialismo del siglo XXI. Como sabemos, la salida de PPK de la Presidencia en Perú ha alterado parcialmente este escenario, así como hay otras elecciones pendientes que podrían modificar nuevamente el mapa político regional. El próximo 1° de julio, según anuncian las encuestas y el clima de opinión dominante, Andrés Manuel López Obrador sería elegido Presidente de México, con lo cual un país de más de cien millones de habitantes pasaría a ser gobernado por la izquierda. Otro tanto podría ocurrir con Brasil, que se empina hacia los doscientos millones, cuyo proceso político está enredado por la situación judicial de Lula, pero que no parece dirigir su futuro hacia una administración liberal o conservadora, como suele denominarse a la derecha en la región.

 
Suponer que un triunfo, o una seguidilla de victorias, podría significar una especie de hegemonía de la derecha en América Latina, requiere un análisis más fino y un conocimiento histórico más acabado. En los años 90 se vivió un proceso similar, que tenía a figuras como Fernando Collor de Mello en Brasil y Carlos Menem en Argentina, a los que se sumarían en los años siguientes otras figuras como Vicente Fox en México y otras figuras en diferentes países. Rápidamente, como quedó demostrado al comenzar el siglo XXI, se produjo un viraje, que para muchos pudo parecer impredecible, no sólo hacia la izquierda, sino que hacia una de sus expresiones más extremas: el mencionado Socialismo del siglo XXI, liderado por Hugo Chávez en Venezuela, pero con indudables expresiones en la Argentina de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, en Bolivia con Evo Morales, en Ecuador con Rafael Correa, el Brasil de Lula y Dilma o Uruguay con Pepe Mujica, a quienes se podía añadir el sandinista Daniel Ortega en Nicaragua, en una especie de resurrección de las luchas del siglo XX. La posibilidad de perpetuar el legado de cada uno de ellos está en permanente discusión.

Como se puede apreciar, los resultados siempre son expresión de un momento histórico determinado y no de tendencias de largo plazo. Si la centroderecha hoy goza del respaldo ciudadano en algunos países, ello en modo alguno constituye un mandato permanente, y requiere una capacidad de articular un discurso político de futuro, sumado a una capacidad de gestión que se espera de ella, junto a la renovación de liderazgos políticos que le permitan seguir ganando elecciones y proyectando sus ideas desde los palacios de gobierno hacia la ciudadanía y con la ciudadanía.

Quizá el elemento más opaco de los análisis, y de indudable importancia histórica y política, es la eventual desaparición de las alternativas socialdemócratas o de Tercera Vía, como la que representaron en su minuto Ricardo Lagos en Chile o Fernando Henrique Cardoso en Brasil. La incapacidad de la izquierda democrática para competirle y derrotar al eje chavista es un problema que merece un estudio más detenido y que sin duda constituye un problema que parecía solucionado en la época de las restauraciones democráticas. Hoy las propuestas socialdemócratas -que siempre han tenido un camino difícil en América Latina- destacan por su silencio y falta de liderazgos más que por sus propuestas de futuro y capacidad de ganar elecciones. Por lo mismo, las democracias de la región carecen de esta alternativa que ha sido en momentos decisivos de la historia reciente un contrapeso importante y una opción atractiva para muchos países.

La victoria de Iván Duque, sin duda, permitió que Colombia inicie una nueva era con perspectivas razonables de éxito para los próximos años. Paralelamente, evitó que una alternativa cercana a Maduro liderara un país que ha recibido a numerosos emigrados que han huido de Venezuela buscando libertad y oportunidades en la vecina Colombia. El impacto en la región está por verse, y se espera con ansiedad un auténtico progreso económico y social, más todavía cuando hemos conocido que los pobres han aumentado en América Latina en los últimos años, una mala noticia que parecía olvidada.

 

Fuente: El Imparcial.