Derecha socialdemócrata – La Tercera

La llegada del verano boreal trae noticias desde Europa, no del todo positivas para las ideas de una sociedad libre, pues la ola populista parece no disminuir la fuerza de su impacto en las democracias de Europa Occidental.

Los votos de Podemos en España, personificación ibérica de socialismo del siglo XXI, fueron vitales para aprobar la moción de censura para hacer caer al gobierno español del Partido Popular (PP). Gracias a estos votos y a los de una serie de formaciones menores que no tienen una verdadera agenda en común, en muchos casos ni siquiera verdaderos puntos de encuentro, hoy gobierna el PSOE. Pareciera ser que la única razón capaz de aglutinar a todos estos partidos que votaron por censurar al gobierno de Mariano Rajoy era precisamente sacar del poder al PP. En Italia, la nueva coalición de gobierno tiene como socio principal al Movimiento Cinco Estrellas (M5S), tienda euroescéptica más votada en la última elección y con un programa abiertamente populista.

Más allá de las particularidades de cada nación, la centroderecha política europea, así como también en la mayoría de las democracias latinoamericanas, asumió como propio el relato del Estado de Bienestar (Welfare State) en un proceso que comienza con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial y que se extiende hasta finales de la década de 1990. Este movimiento implicó aceptar el diagnóstico social y político construido en torno al conjunto de ideas que cristalizó en el modelo político-institucional de lo que ha llegado a ser el Estado de Bienestar. Lo anterior significó aceptar una serie de presupuestos y nociones propios de la socialdemocracia, o a lo menos surgidos desde esta visión de sociedad, los que terminaron por incorporarse al sustrato intelectual de la centroderecha. Como si lo anterior no fuera suficiente, la derecha política entró en una suerte de competencia por convertirse, ante la elite intelectual y la luz de los electores, en el mejor administrador del Estado de Bienestar.

Una “derecha socialdemócrata” (o con cualquier otro nombre) es en última instancia una aceptación, sin más, de las ideas socialistas: un Estado grande, más regulación, más gasto, más impuestos; planificación y dirigismo estatal de la sociedad y sus ciudadanos. Es una verdadera renuncia a promover una visión de sociedad libre, que se justifica erróneamente argumentando que se hace por razones de justicia social.

El problema de abrazar el Estado de Bienestar hasta confundirse con él, radica en la incapacidad de hacer frente con una propuesta alternativa a la crisis por la que atraviesa en estos días. Se destina esfuerzo, energía y capital político para salvar un modelo de sociedad que ha llegado a un punto de no retorno: crisis de deuda pública, crisis de empleo, crisis de representación, crisis del sistema de pensiones y podríamos seguir con una larga lista. Esta situación ha demostrado ser una verdadera incubadora para el surgimiento de movimientos populistas, que tienen un discurso incendiario y políticamente incorrecto, capaz de atraer a una población cada vez más molesta con la clase política.

¿Cuál es la razón de esta defensa y obstinación? Cultural y políticamente existe un cierto consenso en cuanto a que el Estado de Bienestar es la máxima expresión de solidaridad y justicia social, de preocupación por algunos derechos sociales. Por esta razón es una suerte de dogma en la derecha política no intervenir para desmantelar todo el aparataje asociado al Estado de Bienestar, y por el contrario, proponer nuevas formas de ampliarlo legislativa o administrativamente, con escasa capacidad de plantear alternativas intelectuales y políticas.  

La promoción de una sociedad verdaderamente libre y justa requiere romper las ataduras de un falso consenso construido en torno al Estado de Bienestar, volviendo a poner en el centro del debate la moralidad y justicia de la libertad, y su capacidad para promover un desarrollo integral de las personas. Desde el mundo de las ideas se están haciendo esfuerzos valiosos hace un tiempo. Arthur Brooks en The Conservative Heart y; John Tomasi en Free Market Fairness, cada uno en su estilo propio, buscan demostrar la justicia y moralidad de las ideas de una sociedad libre, especialmente de la economía libre. Ambos textos son un valioso aporte a la batalla de las ideas, y nos recuerdan la importancia de promover las ideas en todo ámbito de la sociedad.

Ahora el desafío es romper con el dañino y perjudicial consenso imperante, volviendo a impulsar una visión distinta frente a la socialdemocracia y al Estado de Bienestar. Esta es la tarea que tenemos los partidarios de la sociedad libre en el siglo XXI.

 Fuente: La Tercera.