Europa, nacionalismos y migración – El Imparcial

La Copa Mundial de Fútbol que se disputa en Rusia este 2018 nos permite reencontrarnos con algunas características históricas del mundo, y también con algunas novedades que tienen pocas décadas. Entre aquellas cosas que llevan más tiempo, y que todavía concitan adhesiones e identificación, están las naciones: cada selección representa a un país, paraliza a sus ciudadanos cuando juega algún partido decisivo, alegra con las victorias y deprime con las derrotas. El fútbol permite apreciar las expresiones de pertenencia nacional de manera muy clara y evidente, hasta el punto de ser hoy en día una de las manifestaciones de nacionalismo más visibles. Paralelamente, se puede observar que muchas de las naciones europeas cuentan con selecciones con diversidad racial, cuando a mediados del siglo XX eran representadas por jugadores de una clara homogeneidad.

Esta transformación no se solo deportiva, sino que responde a cambios importantes que se han dado en la estructura de la población de los distintos países en las últimas décadas, así como a la llegada a Europa de habitantes de las antiguas colonias de las potencias del Viejo Continente. El resultado son sociedades más multiformes, en una tendencia que casi con seguridad se mantendrá hacia adelante. Casi con seguridad.

Paralelamente a la cita deportiva, se ha realizado una cumbre informal de la Unión Europea en Bruselas, con el tema de la migración. Como se ha informado, existieron progresos hacia un acuerdo, aunque los jefes de gobierno no han sido particularmente efusivos: fue “un buen paso adelante”, a juicio del español Pedro Sánchez; Angela Merkel enfatizó que “no se puede dejar solos a los países de entrada porque eso significaría que tienen que resolver todos los problemas por su cuenta”; el belga Charles Michel precisó que seguirán trabajando para tener “medidas realmente operacionales” en los próximos días.

Paralelamente a este ambiente de apertura y satisfacción relativa, es necesario considerar dos aspectos menos felices. El primero, como informan las noticias cada cierto tiempo, es que sigue habiendo una peligrosa inmigración desde África, a través de botes que cruzan el Mediterráneo en condiciones de seguridad lamentables y con escasa humanidad. Las imágenes son terribles, y muchas veces terminan con gente en el mar, con puertas cerradas en los países hacia dónde se dirigían, comenzando un periplo que continúa con la incertidumbre, la miseria y el dolor.

El segundo tema tiene que ver con la cumbre de Bruselas, en la que se negaron a participar cuatro países: Hungría, República Checa, Eslovaquia y Polonia, que alegan que la Unión Europea no puede imponer criterios de migración a los estados miembros. Incluso el primer ministro húngaro Viktor Orbán afirmó que “hay pánico” en el tema migratorio, en el cual él mismo representa una de las posturas más adversas a la inmigración. De hecho, en abril de este año fue reelegido para un tercer mando con un claro discurso anti inmigración, logrando un sólido respaldo de casi el 50% de los votos: consideró que era una “gran victoria para Hungría, que ahora podrá seguir en su camino iniciado, para poder defender al país”.

Es evidente que en este tema, como en otros muy relevantes de la política contemporánea, Europa se juega cuestiones que van desde su identidad y el respeto de los derechos humanos hasta la forma de entender la democracia y la integración cultural. Como se ha visto desde hace tiempo, se trata de temas que generan controversias y reviven fantasmas del pasado y llevan a temer la resurrección del racismo, la xenofobia y la intolerancia. Paralelamente, en materia política permite la articulación de discursos que mezclan un nacionalismo que tiene mucho de visceral con problemas que efectivamente afectan a las sociedades que han recibido contingentes amplios de inmigrantes.

Por lo mismo, el tema no puede enfrentarse solamente con frases para la galería o sensaciones de avance que no siempre coexisten con la realidad. Tener una inmigración creciente e integrar a esos grupos de población que se han trasladado en busca de mejores condiciones de vida no es algo que se pueda dar de un día para otro, por lo cual requiere una adecuada formación cultural de los pueblos, una pedagogía cívica muy clara, que permita facilitar el camino de vida de los inmigrantes, pero también el desarrollo democrático de las propias sociedades europeas.

No es casualidad que Angela Merkel, una de las principales líderes políticas del mundo, haya enfatizado con tanta claridad el momento crucial por el que atraviesa del Viejo Continente: “La migración podría decidir el destino de la Unión Europea”. Adicionalmente, agregó sobre las tensiones entre el nacionalismo de algunos y la apertura de otros: “O lo sabemos resolver de manera que en África y en otros lugares, la gente vea que nos guiamos por nuestros valores y creemos en el multilateralismo frente al unilateralismo, o nadie va a creer en el sistema de valores que nos ha hecho fuertes”. El tema genera incluso desacuerdos y dificultades en el seno de la coalición de gobierno de Alemania.

Es que para esta tarea no basta con declaraciones inteligentes o acuerdos políticos restringidos: es necesario triunfar culturalmente. Y es precisamente en este ámbito donde Europa parece haber dejado el terreno abandonado, privilegiando la burocracia y las declaraciones, en medio de una política que cambia demasiado rápido, permitiendo el resurgimiento de populismos que parecían olvidados por la historia, pero que tienen líderes y votos.

 

Fuente: El Imparcial.