Neruda, el poeta y la revolución – El Imparcial

El 12 de julio de 1973 Pablo Neruda celebró su último cumpleaños, hace exactamente 45 años. Según cuenta Luis Alberto Mansilla, el presidente Salvador Allende llegó junto a dos destacados dirigentes comunistas, correligionarios de Neruda: Volodia Teitelboim y Luis Corvalán (Los rostros de Neruda, Planeta, 1998). Nerio Tello añade el poeta “estaba en cama. Todos añoraban los ruidosos festejos de otrora” (Neruda. Entre la paz y la sombra, Errepar, 2000). En aquella ocasión Matilde Urrutia, la mujer del poeta, aprovechó de entregar varios manuscritos a Gonzalo Losada, hijo de su editor, quien preguntó si eran para publicación inmediata, a lo que el Neruda respondió que eran regalos propios para “celebrar mi setenta cumpleaños”, como narraría Volodia (Neruda, Sudamericana, 2000). Entre esas obras estaban El mar y las campanas y el Libro de las preguntas.

Neruda había llegado al mundo en 1904 en Parral, donde “nació en invierno”, según recordó en el Memorial de Isla Negra. Para él y sus amigos resultaba habitual celebrar cada aniversario, incluso cuando vivía en la clandestinidad bajo la persecución a los comunistas durante el gobierno de Gabriel González Videla. Por otro lado, algunas fechas “redondas” eran ocasión de grandes homenajes, como ocurrió cuando cumplió medio siglo, o diez años después cuando escribió su autobiografía poética. A comienzos de 1973, el gobierno de Allende comunicó al poeta que “el 12 de julio de 1974, cuando cumpliera 70 años, se haría una celebración nacional con escritores de todo el mundo y, por supuesto, con la participación del todo el pueblo”, en palabras de Matilde Urrutia en Mi vida junto a Pablo Neruda (Barcelona, Seix Barral, 1987). La fiesta en grande no tendría lugar, por cuanto el poeta murió pocos meses después de su último cumpleaños.

En 1973 Neruda y Chile vivían algunas circunstancias especiales, en medio de la Unidad Popular, en un proceso político de profunda polarización, que habían provocado el Tanquetazo del 29 de junio y en medio de amenazas de golpe de Estado o de guerra civil ,que al poeta le recordaban sus días en España en la década de 1930. Por aquellos años, Neruda no sólo era una figura chilena, sino que ya gozaba de reconocimiento universal, más aún después de haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1971, que engalanó por segunda vez a Chile después del galardón de Gabriela Mistral en 1945.

Al menos desde los años de la Guerra Civil Española, el poeta chileno había cambiado su poesía romántica y autorreferente por una de contenido más político y revolucionario, concretamente vinculado al Partido Comunista, en el que comenzó a militar en 1945, ya de regreso a Chile. Sin abandonar la poesía de amor a una mujer, expresados con pasión en los Cien sonetos de amor o en Los versos del capitán, combinó su creación con poemas comprometidos, para defender una causa, explicar “algunas cosas”, atacar enemigos, defender revoluciones. Así lo hizo con la Revolución Cubana de 1959, y también sucedería con el proceso político de la Unidad Popular y el gobierno del presidente Salvador Allende, que comenzó en 1970 y culminó el 11 de septiembre de 1973.

Fueron años intensos para Chile y también para Neruda, quien incluso fue precandidato presidencial por el Partido Comunista a fines de 1969. Después, Allende lo nombró embajador en Francia, etapa narrada por Jorge Edwards en Adiós Poeta… (Tusquets, 1990). Estando en París recibió una noticia largamente esperada: la obtención del Premio Nobel de Literatura, pronunciando en Estocolmo su famoso discurso “La poesía no habrá cantado en vano”.

En esa ocasión se preguntó retóricamente “¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país?”. Ya de regreso en Chile ayudó a la Unidad Popular en la campaña parlamentaria de 1973, e incluso en enero de ese año publicó la edición masiva de un libro de poesía, bastante odioso y menor dentro de su obra global, con un título ilustrativo: Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (Santiago, Quimantú, 1973). Para entonces el clima social y político del país estaba polarizado y el propio poeta, en las últimas páginas de su Confieso que he vivido. Memorias (edición reciente y completa en Seix Barral, 2017), realiza una serie de comentarios también marcados por el resentimiento o la admiración, en una visión maniquea que se repetía en muchos sectores de la sociedad chilena.

En esa obra culpaba al líder demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva de la situación que vivía el país y de un eventual golpe de Estado: “La figura de Frei se hará cada año más sombría. Y su memoria tendrá que encarar algún día la responsabilidad del crimen”. Por otro lado hacía una autocrítica lapidaria sobre la historia de Chile: “Muchos presidentes chicos, y solo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende”. En general, así era Neruda: lapidario contra sus enemigos de todos los países, enviaba a Franco a “los infiernos” y condenaba a Nixon; era generoso en alabanzas con sus camaradas, a veces hasta la exageración inverosímil, como probaban sus generosas al camarada Stalin o la dedicación de la Canción de Gesta a Fidel Castro. En una época de definiciones, Neruda recelaba de las indefiniciones y prefería estar, como señaló en su “Carta en el camino”, “junto al amigo, frente al enemigo”.

Quizá por eso en el último tiempo la aproximación a un poeta de la categoría de Neruda tenga siempre esa ambivalencia en muchos que destacan su genio literario pero recelan de sus convicciones políticas o incluso de sus actitudes vitales o comportamientos personales. Otros, en la línea nerudiana total, leen al poeta y caminan junto al político. En ambos casos estamos frente a una historia del siglo XX que, en su riqueza y complejidad, hay que volver a mirar, con la ventaja de la perspectiva del tiempo y una calmada lejanía de las guerras europeas y las revoluciones latinoamericanas.

 

Fuente: El Imparcial.