Nicaragua en una hora decisiva – El Líbero

América Latina siempre es una caja de sorpresas y hay quien dijo que en este continente la realidad supera a la ficción. Si en algún minuto reciente la era de las dictaduras y las revoluciones parecía ser cosa del pasado, que abría un ancho campo al desarrollo de la democracia y las libertades, en el último tiempo la situación se ha revertido parcialmente en algunos países, mientras otros pugnan por no dar un salto al pasado, regresando a la miseria, las dictaduras y divisiones que hace décadas sumieron a algunas naciones en olas incontenibles de violencia y destrucción.

Julio de 2018 marca una hora oscura para Nicaragua, el sufrido país centroamericano. Hace décadas era el lugar que manejaba con mano férrea Anastasio Somoza, dictador dinástico de larga duración que terminó sus días asesinado en el exilio. A su salida del poder fue reemplazado en 1979 por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, dirigido por Daniel Ortega, líder revolucionario que procuraba seguir las enseñanzas de Fidel Castro, asegurando la construcción de un segundo modelo de socialismo real en el continente. Las divisiones internas llevaron a una guerra civil tremenda por los costos económicos, sociales y humanos que significó, y que durante años llenaba tristemente las noticias internacionales. Los miles de muertos que enlutaron a la sociedad y a tantas familias podrían haber servido como aprendizaje político para que la democracia restaurada en 1990 bajo el gobierno de Violeta Chamorrohubiera tenido continuidad sobre la base de la libertad política y la paz social.

En los últimos meses, el gobierno de Daniel Ortega ha enfrentado una serie de protestas que comenzaron con la reforma en el sistema de pensiones propuesta por el Ejecutivo.

Este 19 de julio se cumplió un nuevo aniversario de la entrada victoriosa de los sandinistas a Managua en 1979: la historia regresa y no trae celebraciones ni nostalgia, sino muerte y nuevos lutos. En los últimos meses, el gobierno de Daniel Ortega, de regreso en el poder desde el 2006 por la vía electoral, ha enfrentado una serie de protestas que comenzaron con la reforma en el sistema de pensiones propuesta por el Ejecutivo; ellas generaron movilizaciones opositoras y represión gobiernista, con resultado de muertes que provocaron rápidamente la preocupación y protesta internacional. Posteriormente los reclamos se han ampliado y una creciente y valerosa juventud y otros grupos sociales se levantan contra el despotismo y la arbitrariedad.

Un informe reciente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha sido muy claro en denunciar la situación que afecta al pueblo nicaragüense, al señalar en una de sus conclusiones principales: “La respuesta de represión a las protestas ejercida por el Gobierno de Nicaragua ha tenido como consecuencia una grave crisis de derechos humanos. En particular, la CIDH constata un uso excesivo de la fuerza por parte de la policía, grupos parapoliciales y grupos de terceros armados”. En otro punto, el mismo informe precisó: “La Comisión concluye que el Estado de Nicaragua violó los derechos a la vida, integridad personal, salud, libertad personal, reunión, libertad de expresión y acceso a la justicia. Es de especial preocupación para la Comisión los asesinatos, ejecuciones extrajudiciales, malos tratos, posibles actos de tortura y detenciones arbitrarias cometidos en contra de la población mayoritariamente joven del país”.

La OEA pide apoyar “un calendario electoral acordado conjuntamente en el contexto del proceso de Diálogo Nacional”, lo que implicaría adelantar las elecciones presidenciales desde el 2021 al 2019.

Esa ha sido precisamente la situación de Nicaragua en los últimos meses, que ya ha costado la vida a cientos de personas. El gobierno podría haber producido acercamientos ante las protestas, negociación política en algunos temas relevantes o sencillamente buscar una política de paz en vez de una de enfrentamiento. Sin embargo, gobiernos despóticos como el de Ortega en Nicaragua comparten históricamente tres características fundamentales. La primera es una voluntad desmedida de perpetuarse en el poder, para lo cual recurren a los más diversos mecanismos jurídicos y extra legales, según sea la necesidad: reelecciones, fraudes electorales, control de otros organismos del Estado, persecución de las disidencias externas o internas. La segunda es su carácter represivo, la incapacidad de aceptar la existencia de una oposición democrática como es habitual en tantos países: para ello se sirven del asesinato de opositores, la prohibición práctica del derecho de asociación, la vulneración de la libertad de prensa y, en general, una amplia represión. La tercera es su carácter nepotista, que favorece abiertamente -con cargos, bienes y favores- a los parientes del gobernante. En todo esto la Nicaragua de Ortega avanza a paso decidido y firme, sin ánimo de retroceder ni de transar, mientras se pierdan muchas vidas y el prestigio institucional en el camino.

Esto ha llevado a la Organización de Estados Americanos (OEA) a denunciar la situación política y de derechos humanos en el país centroamericano. Por 21 votos contra 3, y 7 abstenciones, el organismo pide apoyar “un calendario electoral acordado conjuntamente en el contexto del proceso de Diálogo Nacional”, lo que implicaría adelantar las elecciones presidenciales desde el 2021 al 2019.

En La Habana, los representantes de la izquierda latinoamericana rechazaron la política intervencionista de los Estados Unidos en los asuntos internos de la Nicaragua sandinista.

El gobierno de Managua, sin embargo, ha encontrado un respaldo en la reciente reunión del Foro de São Paulo, realizada simbólicamente en La Habana, donde está entronizada la dictadura de mayor duración en el continente. En la declaración final del encuentro, los representantes de la izquierda latinoamericana señalaron, recurriendo a la vieja retórica antiimperialista: “Rechazamos de forma enérgica la política intervencionista de los Estados Unidos en los asuntos internos de la Nicaragua sandinista, país en el que se está implementando la fórmula que viene siendo aplicada por el imperialismo norteamericano a los países que no responden a sus intereses hegemónicos, causando violencia, destrucción y muerte mediante la manipulación y la acción desestabilizadora de los grupos terroristas de la derecha golpista, que boicotean la búsqueda del diálogo, el cual constituye el mejor camino para superar la actual crisis y alcanzar la paz”. Es la fórmula utilizada para justificar el gobierno despótico de Nicaragua, la represión y la dolorosa estela de muertes.

Como se aprecia, el problema se ve de larga duración y es probable que estemos frente a una segunda Venezuela, con todo el drama y dolor que eso significa.