América Latina, en crisis – El Imparcial

¿Hacia dónde va América Latina? Esta pregunta no admite una respuesta unívoca, aunque ciertamente es necesario formularla en momentos en que la región vive contradicciones que han provocado problemas políticos, económicos y sociales muy profundos. A todo esto debemos sumar los líos judiciales que afectan a Brasil y Argentina, donde están afectadas las figuras de Lula y de Cristina Fernández respectivamente: las connotaciones políticas de ambos casos son evidentes y forman parte de los comentarios cotidianos en la prensa de ambos países y en los análisis internacionales.

Estos casos político-judiciales merecen una reflexión especial. El líder brasileño del Partido de los Trabajadores está en la cárcel acusado de corrupción, tiene todavía algunos juicios pendientes y, paralelamente, está inscrito como candidato presidencial. Si llegará finalmente a estar en la papeleta no lo sabemos, porque depende de los recursos de los abogados de Lula y de las decisiones de los tribunales, aunque todo indica que es una candidatura destinada a no llegar a puerto. Si finalmente no se concreta la candidatura de Lula, es casi seguro que no logrará traspasar su respaldo –que las encuestas cifran en más de un 35%- a Fernando Haddad, el eventual candidato del PT. Por otro lado, el segundo candidato con más apoyo es Jair Bolsonaro, el polémico líder populista y militarista. Aún es muy pronto para saber cómo terminará esta historia, pero es evidente que la situación actual causa más preocupación que esperanzas. Lula ha recibido apoyos importantes a nivel internacional para poder postular, incluso desde organismos de la ONU, como si esto representara una apertura democrática en una sociedad tiranizada y no una consecuencia judicial en un estado de Derecho.

La situación de Cristina Fernández es una manifestación tardía de una crisis muchas veces denunciada durante el kirchnerismo: una corrupción asociada a los grupos de poder, que partía desde la misma familia de Néstor Kirchner y de Cristina. Durante años se fue profundizando la personalización del poder y la formación de un clientelismo político; adicionalmente, como ha mostrado la trama de “los cuadernos de las coimas”, circulaban millones de dólares hacia la familia presidencial. Los reclamos de Cristina, de que estaríamos frente a una operación política, chocan contra los registros documentados de los cuadernos y la sensación de que existía una fórmula de uso del poder económico y político para obtener favores recíprocos.

Por otra parte, en América Latina es necesario considerar la realidad de dos sociedades que están sufriendo situaciones humanas dramáticas, con costos económicos y sociales que se repiten con similitudes ideológicas y prácticas. El Socialismo del siglo XXI, representado por Nicolás Maduro en Venezuela, y el antiguo sandinismo que lidera Daniel Ortega en Nicaragua, son representaciones actualizadas de las revoluciones que en el pasado se dieron en Cuba con Fidel Castro y el Che Guevara, o la que intentó llevar a cabo el propio Ortega en 1979. En la práctica, los resultados son lamentables en ambos casos: el 2017 la represión a las protestas en Venezuela significó más de 200 muertos, mientras en los últimos meses el régimen nicaragüense ha llevado a la muerte a más de 300 personas. Adicionalmente, ambos países se encuentran sumidos en una miseria que afecta transversalmente a sus respectivas poblaciones. Los anuncios de rectificación y las promesas de una prosperidad ilusoria no logran anular una realidad visible y dramática, manifestada en el continuo crecimiento de la emigración, cuyas consecuencias estamos lejos de imaginar.

Si bien la comunidad internacional ha tenido algunos gestos de solidaridad, con denuncias hacia dichos regímenes -que han recibido el respaldo sostenido de Cuba-, en los hechos no se ha producido un cambio relevante que permita advertir un cambio relevante en el corto plazo. Es probable que se requiera una mayor creatividad que permita, por una parte, avanzar hacia una pronta democracia, en un régimen de libertades y que permita efectivamente que dichos pueblos puedan salir adelante, y por otra parte, que esta transición se haga de una forma pacífica y sin los costos humanos que han significado estos regímenes despóticos.

Cada cierto tiempo América Latina presenta novedades políticas. Una de ellas es el surgimiento de regímenes originalmente nacidos en procesos electorales que, con el paso del tiempo, se han perpetuado en el poder y se muestran incapaces de respetar la voluntad de los ciudadanos. Con ello, inauguran una nueva forma de dictadura, que Venezuela y Nicaragua representan de manera clara y triste. Por otra parte, en una época donde las oportunidades de progreso social y económico tienen escala mundial y las comunicaciones también permiten una rápida información desde distintos lugares del mundo, resulta especialmente dramático ver la situación de crisis humanitaria que viven las poblaciones de esos países en una región que tiene la experiencia histórica y la riqueza suficiente como para aspirar a mejores condiciones de vida para sus habitantes.

Estas crisis, como otras en las últimas décadas, pasarán. Es de esperar que ese camino no sea ni tan largo ni tan costoso como el que han debido sufrir los venezolanos y, en el último tiempo, los nicaragüenses.

Fuente: El Imparcial.