¿Hacia dónde va Brasil? – El Líbero

Las elecciones en Brasil del pasado domingo 7 de octubre han provocado toda suerte de análisis, algunos profundos, otros meramente reactivos y poco útiles, pero que reflejan una forma de percibir un fenómeno político novedoso y que para algunos entraña peligros hacia el futuro. La clave de este momento, para los interesados en la historia y actualidad de América Latina, es intentar comprender el proceso que vive el gigante sudamericano, ya que solo a partir de ahí será posible hacer un análisis serio de una elección histórica y de un resultado que para muchos era impredecible.Hoy el escenario parece estar más claro, aunque la elección no está corrida y cualquier error grave o un acierto decisivo pueden modificar la tendencia electoral.

 

Hay varios aspectos que corresponde destacar de esta elección, que fue para elegir Presidente de la República, la totalidad de la Cámara de Diputados y una parte del Senado. El primer tema se refiere al resultado de la primera vuelta presidencial, en la cual Jair Bolsonaro obtuvo un triunfo contundente, con el 46% de los votos, superando con distancia a Fernando Haddad, su más cercano competidor, que se empinó en el 29%. Los demás candidatos estuvieron muy lejos de obtener votaciones sólidas: la mayoría bordeó el 1%; Geraldo Alckmin logró el 4,7% y sólo Ciro Gomes superó el 10% de los votos. Aunque eran más de diez candidatos, en la práctica los comicios desde muy temprano se fueron definiendo entre las pocas candidaturas principales.

 

En otro plano, los partidos políticos han experimentado cambios cruciales en los últimos años, reflejados en la actual elección, en un doble sentido. Por una parte, se ha producido una proliferación de agrupaciones, que prácticamente se han duplicado en las últimas dos décadas. En el cambio de siglo se daba la siguiente situación: bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y el primer gobierno de Lula existían unos 10 partidos con representación parlamentaria. La situación en la última elección elevó el número a 21 partidos, una cifra que parece a todas luces excesiva y que torna más difícil la gobernabilidad del país. En segundo lugar, llama la atención la decadencia de algunas fuerzas políticas que en el pasado tuvieron gran respaldo y fueron determinantes en Brasil, como era la Social Democracia, que ha perdido millones de votos en las últimas tres décadas y se encuentra hoy reducida a la precariedad e irrelevancia, fenómeno que se ha ido repitiendo en distintos lugares del mundo y que ha complicado a la izquierda como alternativa de poder.

 

La multiplicación de partidos y la dispersión de votos ha replicado una situación compleja y eventualmente peligrosa: el próximo presidente encabezará un gobierno de minoría, lo que requerirá inteligencia y persuasión para acercar posiciones, generar alianzas y construir mayorías eventuales o de mayor estabilidad. Las reacciones de los vencidos no auguran una voluntad de formar esos proyectos más amplios.

 

De los 32 candidatos que aspiraban a la reelección en el Senado, apenas 8 lograron su objetivo, en un claro reflejo del hastío y voluntad de cambio del electorado brasileño.

 

En otro ámbito, la elección marcó una renovación generacional y de liderazgos, así como la jubilación práctica de muchos dirigentes. El caso más notorio es el de la ex presidenta Dilma Rouseff, derrotada en su elección senatorial, aunque algunas encuestas la daban por ganadora. Sin embargo, no fue la única: de los 32 candidatos que aspiraban a la reelección en el Senado, apenas 8 lograron su objetivo, en un claro reflejo del hastío y voluntad de cambio del electorado brasileño. Un dato curioso, o peligroso, es la personalización del Partido Social Liberal de Bolsonaro, reflejado en los triunfos de sus hijos Eduardo en la Cámara de Diputados y Flavio en el Senado.

 

Mirando hacia adelante, hoy todos los ojos están puestos precisamente en Jair Bolsonaro, quien seguramente se impondrá en la segunda vuelta del 28 de octubre. Las primeras encuestas de esta semana le entregan una diferencia holgada frente a su rival: Datafolha le da el 58% a Bolsonaro y el 42% a Haddad (con un margen de error de 2%), mientras revista Veja les asigna 54% y 46% respectivamente (con un margen de error de 2,67%). Sin embargo, todavía permanece una cuota importante de indecisos, lo que podría alterar el resultado, al igual que otros factores como los debates o el despliegue de los candidatos y sus adherentes.

 

Cabe preguntarse: ¿Por qué podría estar tan cerca de la victoria un candidato con mala prensa, que resulta tan extremo y con un estilo poco diplomático, incluso grosero, de credenciales democráticas discutibles, aunque de respaldo popular y democrático indiscutible? Contra el ganador de la primera vuelta ha existido una gran contracampaña, incluso una campaña del terror, que anuncia los supuestos males que sobrevendrán en caso de llegar a la Presidencia: estaría en riesgo, nada menos, que la democracia brasileña. ¿Por qué entonces casi 50 millones de ciudadanos votaron por Bolsonaro en la primera vuelta?

 

Lo primero que debemos descartar es que gane por esas razones meramente negativas. Muchos han advertido que la razón de fondo estaría en un país cansado de la corrupción, de la cual el PT sería el portaestandarte. Me parece que la situación es más compleja y debe comprenderse en esa dimensión más plural. Bolsonaro se impone más bien por una trilogía de problemas donde él se presenta como eventual solución: la corrupción que cruza la vida política brasileña, la situación económica que afecta al país desde hace años y la violencia e inseguridad que erosionan la sociedad, representadas en más de 60 mil asesinatos al año. Frente a esos y otros problemas Bolsonaro ha emergido como alternativa atractiva y popular, aunque no exenta de riesgos.

 

La derrota de Haddad no sólo implica a los líderes del PT y al otrora poderoso partido, sino que también afecta a la izquierda bolivariana y al Foro de Sao Paulo, nacido con fuerza y esperanzas en 1990, hoy venido a menos, pero siempre leal a las dictadura de Cuba y a las violentas represiones en Nicaragua y Venezuela.

 

Fernando Haddad fue la segunda opción del Partido de los Trabajadores, que estiró la cuerda para mantener a Luis Inácio Lula da Silva en carrera, quien está en la cárcel condenado por corrupción. Cuando la candidatura de Lula se confirmó inviable se abrió paso a Haddad, quien ha recurrido al viejo patriarca como a su fuente de inspiración y de votos en la actual campaña. No es casualidad que el programa de gobierno de Haddad comience con una fotografía del candidato y de Lula (vea el programa de gobierno de Haddad aquí). Tampoco que luego de saberse los resultados de la primera vuelta, Haddad haya visitado a Lula en la cárcel, para conversar sobre lo que viene. El proyecto “petista” está centrado en la promoción de derechos sociales, con fuerte presencia del Estado, y cuenta todavía con gran apoyo, aunque lejano a los mejores días del propio Lula o incluso de Dilma. Su derrota no sólo implica a los líderes del PT y al otrora poderoso partido, sino que también afecta a la izquierda bolivariana y al Foro de Sao Paulo, nacido con fuerza y esperanzas en 1990, hoy venido a menos, pero siempre leal a las dictadura de Cuba y a las violentas represiones en Nicaragua y Venezuela.

 

¿Y qué propone Bolsonaro? Es importante conocer su programa, no solo porque ha sido un gran ausente de los análisis, sino también porque es muy posible que sea el próximo Presidente de Brasil. La propuesta económica es novedosa y autodenominada liberal, que ve las privatizacionesno como prejuicio ideológico sino como necesidad de orden práctico, al igual que promueve una disminución de los ministerios y del exceso de peso estatal; exige la reducción del déficit fiscal y anima a recuperar el crecimiento económicoEl lenguaje es novedoso en la política brasileña y es probable que haya logrado permear en la ciudadanía como ya lo ha hecho en los mercados.

 

El mayor problema, y temor, es de carácter político. ¿Qué sucederá en el eventual y casi seguro conflicto de poderes en el próximo período, cuando el presidente -seguramente Bolsonaro- se enfrente a una mayoría parlamentaria que no lo respalda? La realidad no sería nueva, y en el pasado ha terminado incluso con acusaciones a los gobernantes, que han sido destituidos. Un conflicto equivalente tendrá un final difícil de prever.

 

En cualquier caso Brasil, sus dirigentes políticos y ciudadanos deben aprender de la situación presente y evitar nuevas crisis. Si ha llegado hasta esta situación es por los errores cometidos y las fallas estructurales en el régimen institucional, tanto a nivel político como económico-social. Por lo mismo, una solución más profunda requiere realizar las reformas estructurales que parecen impostergables. De lo contrario, no estaríamos viendo el final de una crisis, sino el comienzo de una nueva fase de la misma, que podría ser incluso peor, y al respecto América Latina ya ha dado suficientes sorpresas en el último tiempo.

 

Fuente: El Líbero.