Populismos – El Líbero

El populismo, como concepto político, ha reaparecido con fuerza en los últimos años, quizá por la crisis de algunas democracias o por la irrupción de figuras mediáticas y que se presentan como alternativas o críticas del sistema.

 

Sin embargo, sigue siendo un concepto elusivo, ambiguo, difícil de comprender, polisémico. Por lo mismo, su carga negativa muchas veces se utiliza para atacar a los adversarios o bien para definir de manera imprecisa a quienes se levantan con liderazgos poco convencionales. Por lo mismo, se puede aplicar tanto a Donald Trump como a Hugo Chávez, a Jair Bolsonaro y a algunos líderes europeos emergentes. A pesar de ello, la denominación de populista no siempre es precisa y a veces la calificación o descalificación de populista resulta más un problema que una facilidad para comprender un proceso político o una figura relevante.

 

En un comienzo, con el paso de las políticas elitistas a las emergentes democracias de fines del siglo XIX y comienzos del XX, populismo pudo significar simplemente un estilo de apelación al pueblo, de contacto directo con las masas, lo que en la práctica era una ampliación de la participación política. Por ello el estilo mostraba la irrupción de una necesidad ante la transformación del sistema político y pasaría a ser una exigencia ineludible en los regímenes competitivos y con elecciones libres.

 

América Latina tuvo sus propios ejemplos de populismo en el siglo XX, de distintas corrientes políticas y en diversos países: Arturo Alessandri en Chile, Juan Domingo Perón en Argentina o Fidel Castro en Cuba.

 

Con el tiempo, algunos líderes utilizaron el modelo en el sentido contrario, para superar la democracia y bypasear a los partidos políticos, que pasaron a ser organismos casi despreciados, pues estas figuras se relacionaban directamente con miles de personas dispuestas a escuchar discursos, aplaudir a rabiar y seguir a sus caudillos con devoción casi religiosa. Los ejemplos de Benito Mussolini en Italia y Adolf Hitler en Alemania son ilustrativos de esta tendencia que fue tan visible durante la crisis del liberalismo en la Europa de entreguerras.

 

América Latina tuvo sus propios ejemplos, de distintas corrientes políticas y en diversos países. Tal fue el caso del liberal Arturo Alessandri en Chile, Juan Domingo Perón en Argentina o Fidel Castro en Cuba. Este último solía reunir a miles de partidarios en la Plaza de la Revolución, y en medio de sus discursos sostenía incluso diálogos con el pueblo, ya rendido a los encantos del dictador. Esto le permitió decir en ocasiones que no era necesario tener democracia representativa en Cuba, porque ahí el pueblo participaba directamente de las decisiones.

 

Sebastián Edwards y Rudiger Dornbush presentaron un libro hace algún tiempo cuyo título es definitorio: Macroeconomía del populismo en América Latina (edición en español del Fondo de Cultura Económica). A través de diversos casos de estudio -con diferentes autores- muestra el comportamiento económico de gobiernos de distinto signo, pero que tienen en común un manejo de la Hacienda caracterizado por la expansión monetaria y del gasto público -con el correspondiente rédito político- que deriva posteriormente en inflación, escasez y ruina de los recursos, con la consiguiente crisis. Una experiencia muchas veces repetida en la región y cuya lógica implacable parece no haber sido suficiente para que lo comprendieran quienes han recaído en el error económico de esta fórmula.

 

Como suele ocurrir, hay regímenes y liderazgos que han incorporado varias tendencias del populismo. El caso más claro podría ser el de Venezuela, tanto con Hugo Chávez como con Nicolás Maduro. El primero incluso tenía un reconocido programa de televisión, “Aló, Presidente”, donde aparecía contactado directamente con la ciudadanía, resolviendo problemas, denostando adversarios -en la dinámica maniquea de los buenos y los malos- y promoviendo su revolución del Socialismo del siglo XXI. También han utilizado la fórmula de discursos conversados con sus partidarios e incluso han tomado decisiones con ellos, como ocurrió con algún incremento del salario mínimo, que llegaba cifras superiores a las esperadas, recibiendo los aplausos que merece su inmensa generosidad. Sin embargo, la realidad mostraría con el tiempo la cara más odiosa del populismo económico, que suele volverse contra sus promotores: en esos casos, con la lógica del populismo económico, en la práctica ha conducido a Venezuela a una autodestrucción económica y social, con un desgaste económico que es impresionante aunque relativamente previsible a la luz del criterio imperante para la toma de decisiones.

 

Una dimensión positiva del populismo implicaría una participación más permanente, luchar contra los menos y “combatir toda noción mínima de democracia”.

 

Existe una dimensión del populismo que sería distinta, y se presenta de forma positiva, reconociéndose como una radicalización de la democracia, que no se concentraría exclusivamente en el ejercicio del derecho a voto cada cierto tiempo, sino que implicaría una participación más permanente, luchar contra los menos y “combatir toda noción mínima de democracia”, en palabras de Pablo Iglesias, el líder del Podemos español, quien sería uno de los representantes de esta tendencia (en Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis, Madrid, kal, 2014).

 

La irrupción de Jair Bolsonaro en Brasil ha reabierto la discusión sobre su eventual populismo, mientras otras acusaciones de lógica electoral hacen difícil un análisis político más riguroso. Quizá por lo mismo adquiera importancia la reflexión del filósofo Javier Gomá, cuando señala la paradoja de las sociedades actuales: “Sea lo que sea el populismo, canaliza un descontento. Y para una persona como yo, que postula que vivimos en la mejor de las sociedades que el hombre ha conocido, es llamativo que ese éxito colectivo coincida con un descontento sin precedentes”.

 

Quizá eso explique mejor el surgimiento de candidaturas que desafían a las elites y son poco comprensibles para los partidos tradicionales, pero que logran encarnar anhelos populares y consiguen votos en las urnas. Esto nos debe llevar a estudiar mejor las democracias actuales, así como también las categorías que utilizamos para analizar la política contemporánea, procurando no caer en el facilismo descalificador, sino que en una mayor profundidad, que necesariamente requiere matices, segundas explicaciones, visión históricas y contrastes. Adicionalmente, exige precisar qué significado daremos a conceptos como populismo, cuya polisemia exige claridad a la hora de hablar, incluso si se quiere descalificar a un adversario político o un partido que muchas veces nos cuesta comprender.

Fuente: El Líbero.