La revolución brasileña – El Líbero

El domingo 28 de octubre, Brasil tuvo unas elecciones que hace un año nadie habría predicho. Después de meses de campaña, el país más grande de América Latina llevó a la Presidencia a Jair Bolsonaro, líder del Partido Social Liberal, quien derrotó a Fernando Haddad, abanderado del Partido de los Trabajadores.

 

El resultado aparece como impresionante por los números, pero en realidad en Brasil las cosas siempre son en grande cuando se habla de cantidades: Bolsonaro obtuvo 57.797.847 votos, frente a 47.040.906 de Haddad. Con esto el nuevo gobernante brasileño supera el respaldo obtenido por Dilma Rousseff en sus dos elecciones y el que obtuvo Luis Inácio Lula da Silva en su primera elección de 2002, aunque su votación es inferior a la que obtuvo el propio Lula en su reelección de 2008, cuando superó los 58 millones de votos.

 

El Informe 2017 de Latinobarómetro señala que en Brasil el 31% considera que la corrupción es el problema más importante del país.

 

Las elecciones brasileñas van a ser dignas de análisis de cientistas políticos, sociólogos e historiadores, como ya lo han sido en estos días en los medios de prensa, las redes sociales y los foros académicos, que intentan explicar lo que algunos consideran inexplicable y lo que otros quizá no se animan a comprender. Bolsonaro -con su lenguaje provocador y sus frases hirientes- es representativo de un momento de la democracia brasileña y responde a una expectativa determinada de la población dentro de las alternativas políticas existentes, que se refleja en la aspiración a un cambio radical en la política y en la economía de Brasil.

 

Se ha dicho que la victoria se debería principalmente a la corrupción, asociada principalmente al PT y que tiene a Lula en la cárcel por esa misma razón. El Informe 2017 de Latinobarómetro señala que en Brasil el 31% considera que la corrupción es el problema más importante del país. El país que sigue en la medición es Colombia con un 20% y el resto está más abajo, lo que ilustra muy bien sobre esta preocupación y su eventual incidencia electoral.

 

Pero hay otros dos factores que fueron decisivos. El primero es la inseguridad y la violencia, representado por los más de 60 mil asesinatos que se producen cada año en el gigante sudamericano, con cifras que hablan de 750 mil en los últimos 15 años.Obviamente, ninguna democracia puede resistir estos niveles y el candidato Social Liberal se levantó como una alternativa para combatir ese drama. El segundo aspecto es la situación económica, con más de 12 millones de cesantes, el regreso del fantasma de la pobreza, un país que no crece y que pese a ser una de las 10 principales economías del mundo, vive entre la decadencia y la mediocridad.

 

La campaña del terror es una fórmula que se usa en las elecciones para enfrentar a un adversario al que se asocia con una serie de males, que causaría un daño inmenso en caso de llegar al gobierno, y de esa manera producir temor en la población.

 

Los adversarios de Bolsonaro y parte importante de la prensa internacional se sumaron a lo que se denomina como campaña del terror. Se trata de una fórmula que se usa en las elecciones para enfrentar a un adversario al que se asocia con una serie de males, que causaría un daño inmenso en caso de llegar al gobierno, y de esa manera producir temor en la población. Se usaba habitualmente contra los líderes de izquierda durante la Guerra Fría y en los últimos años han renacido contra nuevos adversarios. En el caso de Bolsonaro, la tendencia central fue asociar su eventual victoria a ser un peligro para la democracia brasileña, mientras era acusado de fascista o ultraderechista. “Pone en entredicho la supervivencia misma de la democracia”, señaló El País un día antes de las elecciones; otros incluso anuncian una restauración de la dictadura en Brasil y se anuncia una fiscalización sobre la eventual violación de derechos humanos que podrían ocurrir en ese país bajo el nuevo gobierno.

 

Los análisis no deben olvidar una realidad social más peligrosa que la amenaza Bolsonaro: en la misma encuesta Latinobarómetro -un instrumento muy valioso en este tema-, ante la pregunta por la satisfacción por el funcionamiento de la democracia en el país, Brasil obtuvo los resultados más bajos.

 

No sabemos cuánto habrá de profecía autocumplida en todo esto, y de hecho han bajado las acusaciones: la democracia brasileña no vive una cuenta regresiva hacia su extinción y sigue siendo necesario avanzar hacia el fortalecimiento institucional, que limite poderes, fiscalice, evite abusos, proteja a los ciudadanos. Es necesario impedir cualquier consolidación de una dictadura -en Brasil o en otro país-, para evitar lo que aconteció en Venezuela bajo Chávez o Maduro, que por la vía electoral llegaron a convertir la democracia venezolana en una dictadura represiva, con un pueblo pobre y una economía destruida. En cualquier caso, la preocupación por la democracia y los derechos humanos parece una buena señal y una nota de alerta que es necesario tener en cuenta, principalmente por algunas relativizaciones peligrosas que ha esbozado Bolsonaro durante su polémica carrera. Sin embargo, los análisis no deben olvidar una realidad social más peligrosa que la amenaza Bolsonaro: en la misma encuesta Latinobarómetro -un instrumento muy valioso en este tema-, ante la pregunta por la satisfacción por el funcionamiento de la democracia en el país, Brasil obtuvo los resultados más bajos. Apenas el 13% se manifiesta satisfecho, sin duda el resultado más bajo de la región, en una consulta muy correlacionada con la aprobación del gobierno o la realidad política del país, que permite explicar muchas cosas de la última elección.

 

Entre las prioridades señaladas por Guede y por el programa destaca el plan de austeridad, cuyo objetivo es terminar con el déficit público que se arrastra por años.

 

En los días posteriores a los comicios, Bolsonaro y su asesor económico Pablo Guede ya han comenzado a esbozar las líneas centrales de un proyecto económico que es de los más revolucionarios que se han presentado en América Latina en los últimos años.En el camino han deslizado frases de admiración hacia el sistema económico chileno y algunas de sus instituciones. Estas ideas aparecían en el programa de gobierno, aunque la falta de discusión de ideas hizo que pasaran a segundo plano, si bien ahora comenzarán a ser parte del debate político y legislativo, que no se ve fácil considerando como quedó la composición de las cámaras tras las elecciones, sin mayoría para el nuevo gobernante. Entre las prioridades señaladas por Guede y por el programa destaca el plan de austeridad, cuyo objetivo es terminar con el déficit público que se arrastra por años; la suscripción de nuevos acuerdos de libre comercio; la renegociación del MERCOSUR, para avanzar hacia el libre comercio; la simplificación y reducción de impuestos, que a su juicio generaría millones de puestos de trabajo; la rebaja a las cotizaciones sociales; una disminución de regulaciones, para facilitar la inversión en ámbitos como la energía y la infraestructura. A todo esto podemos sumar un nuevo sistema de pensiones, de capitalización individual y también uno de los proyectos estrella de la nueva administración: la privatización de empresas estatales. Finalmente, en otro plano, pero indudablemente en la misma dirección, el gobierno electo ya anunció la disminución de ministerios, pues considera que son un exceso de gastos innecesarios, cuyos recursos deben ser reutilizados.

 

Como se puede apreciar, no estamos simplemente frente a un cambio de gobierno, sino que eventualmente ante un nuevo paradigma político. Habrá que estar muy atentos al desarrollo del proceso, que no será fácil, precisamente porque estas transformaciones que el pueblo brasileño ha escogido son polémicas y no tendrán un apoyo parlamentario inmediato. Si el ambiente de crispación y polarización que se vivió en la campaña se perpetúa durante el gobierno de Jair Bolsonaro, la democracia efectivamente estará en problemas, por lo que corresponde al gobierno un esfuerzo especial por lograr acuerdos y a la oposición una capacidad de comprensión del cambio de ciclo político. Cada uno deberá desempeñar el papel para el cual ha sido elegido, no para restauraciones nostálgicas, sino para encarar los cambios dentro de la legalidad y del régimen democrático, espantando los fantasmas que han sido parte reiterada de la discusión política en los últimos meses.

 

Fuente: El Líbero.