Gratuidad: el transantiago de la educación – Voces La Tercera

Estos últimos años el debate público ha estado marcado por la discusión en torno al financiamiento de la educación superior. Al parecer, ésta habría quedado zanjada por la aprobación de la gratuidad impulsada por el gobierno anterior y apoyada por gran parte del Congreso.

Sin embargo, a raíz de su implementación, diversas voces han denunciado los problemas en su diseño y en su aplicación, además de advertir los peligros futuros. Si bien principalmente han sido los rectores de las instituciones que han adscrito a la gratuidad quienes han presentado sus reclamos, no debe olvidarse que las consecuencias denunciadas afectarían directamente a los estudiantes y a sus familias.

Por ejemplo, el rector de la Universidad Alberto Hurtado, Eduardo Silva, denunciaba hace casi un año en La Tercera que la gratuidad ha contribuido a empobrecer a esa casa de estudios. A su vez, los rectores Ignacio Sánchez de la UC, Ricardo Paredes del Duoc y Carlos Williamson de la Universidad San Sebastián, han señalado en diversos medios que la gratuidad presenta una incertidumbre grave, dificulta en algunos casos el desarrollo futuro y el aporte social y educacional de las respectivas instituciones.

A raíz de esas opiniones y otras por parte de quienes se ven afectados por esta política, es que debiéramos considerar replantear la manera cómo se va a financiar nuestro sistema de educación superior, procurando revertir los aspectos más negativos del modelo chileno de gratuidad.

Debemos partir por reconocer el estado actual del sistema universitario, en el cual Chile lidera los índices de calidad de Latinoamérica y tiene aspiraciones importantes para acercarse a los países desarrollados. Junto a eso, es necesario reconocer el camino que se ha recorrido para llegar a esa posición, por lo que políticas de borrón y cuenta nueva, difícilmente contribuyen a entender el sistema actual y su historia. Mantener y mejorar la calidad debe ser un objetivo intransable, y no es aceptable que una mala política pública haga retroceder los logros obtenidos por las universidades chilenas.

La pregunta entonces cae de cajón. Que se haya aprobado como ley la gratuidad, ¿significa acaso que no lo podemos volver a discutir o replantear, cambiar lo malo y pensar fórmulas mejores? Sin este análisis necesario, podríamos caer en una majadería que hemos visto en otra política pública: el Transantiago.

Más de 10 años después, los chilenos aún siguen pagando –literalmente– las consecuencias. Durante todo ese tiempo, una parte de la clase política rechazó modificarlo a pesar de que se pensó mal, se planificó mal y se implementó peor. Con relación a la gratuidad también podríamos caer en la misma trampa. Quienes creemos que el financiamiento debe ser justo y en la anhelada pretensión de que ningún estudiante se quede sin estudiar por falta de recursos, debemos exigir que ese avance no sea a costa de la calidad de las instituciones a la que acceden los miles de estudiantes del país.

Es necesario iniciar una discusión seria sobre el financiamiento universitario, que privilegie la igualdad de oportunidades para los estudiantes, un financiamiento adecuado de las instituciones y la solidez general del sistema. Una opción por la calidad es urgente y necesaria, el abandono de la frivolidad y evitar un nuevo Transantiago es una obligación clave para nuestras autoridades políticas.

Fuente: Voces La Tercera.