A un año del cambio – El Líbero

Esta semana se conmemoró un año desde que Sebastián Piñera comenzara a ejercer un nuevo mandato como Presidente de la República. Es un momento cabalístico que resulta interesante para hacer un análisis un poco más distante del fervor de la contingencia.

Hace poco más de un año, nuestro país discutía sobre la crisis de Carabineros a propósito de la denominada Operación Huracán; la designación del ex fiscal Luis Toledo como notario; el aumento explosivo de la inmigración, así como la vergonzosa situación que vivían miles de niños internados en centros del SENAME y las lamentables e inexplicables muertes de varios de ellos. También se daba a conocer que Chile acababa de tener los cuatro años más bajos de crecimiento en su historia democrática reciente, acompañada de las peores cifras de inversión en décadas. Esto último, sin duda gatillado en buena parte por las reformas Tributaria y Laboral de la ex Presidenta Michelle Bachelet.

Es verdad que, a un año de iniciada la segunda administración Piñera, se registran varios errores no forzados, frases desafortunadas y hechos de connotación pública que han afectado la imagen del gobierno, sus ministros, además de la propia. No obstante, es justo con la realidad de los hechos asegurar que, al menos, los problemas que largamente habían sido postergados se han enfrentado con firmeza y se encuentran en vías de solución. De alguna manera, ese ha sido el relato de “SP2”, poner las prioridades de la gente en el corazón de las prioridades del Gobierno, aunque a muchos opinólogos les encante repetir el manoseado concepto contrario. Para algunos puede parecer poco “sexy” enfrentar los problemas que más preocupan a las personas de a pie. Quizás preferirían seguir embriagados en la discusión eterna de procesos constituyentes que, luego de sendos ejercicios intelectuales, irremediablemente no son traducidos en cambios concretos en pos de mejorar la vida de los ciudadanos.

No deja de ser sensata la premisa de avanzar un poco más lento con la seguridad de tener una buena ley, que hacerlo muy rápido con una que quede mal hecha y luego haya que corregirla.

Lo cierto es que, desde un año hasta ahora, el país ha reorganizado sus preocupaciones: nadie cuestiona poner a los niños primeros en la fila, es imperativo ordenar la casa para recibir en buenas condiciones a quienes migran hacia Chile buscando nuevas oportunidades, se puso de una vez por todas a la calidad como centro del debate educacional -fomentando que los niños lean en primero básico, asegurando aulas seguras y promoviendo una admisión justa en los liceos de excelencia académica-, se corrigió el modelo de transporte capitalino para hacerlo más digno y eficiente, se levantó la voz con fuerza para exigir democracia en Venezuela y se está recuperando el crecimiento por sobre el promedio del mundo.

Hay que reconocer que todos hubiésemos querido mayor celeridad en las reformas estructurales que presentó el Presidente en su programa de Gobierno, pero no debemos olvidar que se tiene minoría en ambas cámaras. Tampoco deja de ser sensata la premisa de avanzar un poco más lento con la seguridad de tener una buena ley, que hacerlo muy rápido con una que quede mal hecha y luego haya que corregirla (se han visto varios ejemplos recientes de aquello).

Cuando ha estado mejor evaluado el Gobierno es cuando ha logrado conectarse con la ciudadanía en sus preferencias, emanadas desde la sensatez del sentido común.

No obstante lo anterior, la sensación ambiente no es de euforia. Existe más bien una moderada sensación de estar mejor, pero que no es suficiente. Quizás por la certeza de muchos, que luego de observar el estado caquéctico de la oposición, se mantendrán seguros de que un mandato de alguno de los otros candidatos que no ganaron la presidencial de 2017 hubiera sido desastroso. Aunque es más probable que dicha percepción tibia del avance del Gobierno esté más relacionada con que las personas comparan al Presidente con él mismo y las expectativas que tienen de lo que puede lograr.

Por esto último, resulta fundamental proyectar este mismo análisis a un año más, cuando ya se encuentre en medio del mandato. Será en ese momento cuando comience a quedar sellado el futuro político y el legado de esta administración. La respuesta de cómo conseguirlo no es fácil, pero se puede intentar obtenerla de la experiencia vivida. Cuando ha estado mejor evaluado el Gobierno es cuando ha logrado conectarse con la ciudadanía en sus preferencias, emanadas desde la sensatez del sentido común. Y muchas veces incluso con gran parte de la oposición atrincherada en sus ideologías, sésil, refractaria a la realidad.

Habrá que seguir buscando con habilidad política esos espacios, para no sólo desarrollar una gran gestión administrativa, sino que también ser reconocido como un gran Gobierno, que merece continuidad. Si se consigue o no esa percepción, lo sabremos en unos 365 días más.