Tiempo para leer literatura – El Imparcial

Hace algunos años -me parece que fue el 2001-, tuve el privilegio y la alegría de asistir a un debate en la Universidad de Oxford, organizado por la Tolkien Society. Había un ambiente muy especial, bastante habitual en la tradición británica: un grupo de jóvenes tolkenianos apasionados por El Señor de los Anillos y por el tema del debate; una sala en Christ Church College, en una oscura noche de invierno; dos equipos que defendían sus respectivas posiciones con inteligencia y convicción, aunque sólo se trataba de un ejercicio académico. El tema que se discutía era el siguiente: leer la obra de Tolkien -o cuentos de hadas en general- ¿nos ayuda a ser mejores personas?

No recuerdo cuál equipo ganó, pero es un tema recurrente cuando se discute la “utilidad” de la literatura o el bien específico que nos puede significar una determinada obra literaria. Es evidente que entre los presentes existía un cierto prejuicio favorable hacia la posición afirmativa, considerando que muchos piensan que leer a Tolkien no solo es una posibilidad de acercarse a la gran literatura británica del siglo XX, sino también a un conjunto de ideales que aparece presente a lo largo del Hobbit y El Señor de los Anillos, pero también en El Silmarillion y en las abundantes cartas del escritor. Desde esas obras emergen valores como el compañerismo, la entrega, la sencillez, la alegría, la lucha por las causas nobles y el combate al mal.

En lo personal me fascina la literatura y leer novelas, aunque no busco en ellas una utilidad inmediata ni creo que se justifique la lectura, pedagógicamente, por sus posibilidades moralizadoras o por su eventual impacto en la vida virtuosa de los lectores. No creo que el asunto vaya por ese camino, sino que la literatura tiene un valor intrínseco, que muchas veces conlleva vidas admirables, situaciones que nos pueden mostrar caminos a seguir en nuestras propias vidas, ejemplos que vale la pena considerar. Sin embargo, cualquiera que haya leído grandes obras de la literatura podrá haber visto en ellas el egoísmo y el materialismo, la traición y el abuso, la victoria de los poderosos sobre los que tenían la razón, la multiplicación del dolor hasta límites inverosímiles. Y es buena literatura que vale la pena leer, no para seguir modelos, sino para ingresar a la riqueza y diversidad de la vida humana.

Comienza abril y entre los múltiples significados que tiene esta época del año, destaca por ser el mes de la literatura y de los libros, que recuerda a William Shakespeare y a Miguel de Cervantes, dos de los escritores más extraordinarios de todos los tiempos. Por lo mismo, es una excelente oportunidad para volver a hablar sobre libros y lecturas, autores preferidos y obras que nos han marcado, también sobre clubes de lectura y recomendaciones, sobre clásicos y obras recientes. Pienso, además, que es una buena oportunidad para reencantarnos con la literatura o bien para animar a quienes no lo han hecho a que se acerquen a leer, en la certeza que si descubren el placer de la lectura habrán ganado un gran mundo hacia el resto de sus días.

Es curioso lo que ocurre con la literatura, especialmente en la enseñanza formal: deambula entre la rutina de los programas de estudio, la falta de pasión de muchos profesores y el desinterés visible de los estudiantes. Existe una especie de incapacidad de superar los marcos rígidos de los programas escolares, es probable que algunos docentes hayan dejado de leer por gusto hace tiempo y no estén atentos a las nuevas obras, las reediciones o ni siquiera vuelvan a los clásicos que leyeron en su juventud en sus estudios universitarios. De esta manera, es comprensible que los jóvenes se alejen de los libros, carezcan del gusto necesario para formar a un buen lector y egresen de la enseñanza secundaria sin el gozo de la lectura.

La transmisión de la pasión literaria tiene muchas fuentes: un profesor que transmite sus conocimientos, y sobre todos sus gustos, con pasión y vitalidad; un amigo que regala un libro escogido no por rutina sino por sincero cariño y con una dedicación especial; un padre que es capaz de animar a sus hijos sin forzarlos por el camino de un autor o una obra. La lectura de grandes escritores, de aspectos de sus vidas o sus autobiografías es una gran fuente de pasión literaria. Transmiten fe, convicción y momentos estelares: cuando aprendieron a leer, una obra que les cambió la vida, cuando conocieron a un determinado escritor. En esta línea, vale la pena especialmente leer los discursos de muchos de quiene han obtenido el Premio Nobel de Literatura, cuando reconocen a un profesor de primaria o recuerdan cómo aprendieron a leer o bien los autores que transformaron su juventud.

Cada uno de nosotros tiene sus momentos y sus libros, que se identifican con nuestras vidas y recuerdos. Terminar de leer Los Miserables, de Victor Hugo, fue una de las aventuras más hermosas que tuve hace algunos años, sufriendo y gozando con los personajes. Recuerdo haber leído con fruición hace algunos años Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, de Javier Cercas, así como La sombra del viento, de Carlos Ruiz
Zafón: luego tuve el gusto de conocerlos y conversar con ellos, así como asistir a sus conferencias en Madrid, otras de las alegrías que puede tener un lector. Y podría recordar específicamente muchos libros recomendados por mis amigos, mis padres, algún profesor, un librero, una reseña en la prensa, que rápidamente animó a volcarnos a una obra que estaba esperando ser leída, pero que antes requería ser recomendada.

En el mes del libro y la lectura no basta con celebraciones oficiales ni frases para la galería. Es necesario aprovechar la oportunidad de volver a leer y seguir leyendo, por el placer mismo de la lectura, por las historias que viviremos al adentrarnos a los libros, por la magia de la novela, los “puntos ciegos”, los lugares ignotos, los caracteres indescifrables, las historias tan humanas y por lo mismo tan apasionantes y, que al ser tan diversas, a todos nos pueden abrir una puerta para adentrarnos.

 

Fuente: El Imparcial