Alan García y Perú. Una historia por escribir – El Líbero

El pasado martes 16 de abril Perú fue sacudido por la noticia del suicidio del ex Presidente Alan García. Se trata, no cabe duda, de un hecho dramático, que involucra a una de las principales figuras de Perú y de América Latina del último medio siglo. Su decisión se enmarca en el proceso judicial del caso Odebrecht, trama de corrupción que afecta a numerosos ex gobernantes del país sudamericano –Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski– además de la ex candidata Keiko Fujimori.

Alan García gobernó Perú en dos ocasiones: entre 1985 y 1990, y luego entre 2006 y 2011. Como sabemos, en otras ocasiones fue candidato presidencial, incluyendo la última contienda del 2016, cuando obtuvo apenas un 5,8% de los votos. Siempre rondaba sobre él el fantasma de la corrupción, las persecuciones judiciales y los ataques propios de las luchas políticas. Sin embargo, no parecía cansado, se pensaba que era incombustible, convencido y convincente cada vez que hablaba, con una amplia cultura y una oratoria política como se han visto pocas en el mundo de habla hispana. “No era rencoroso”, ha recordado Mario Vargas Llosa en estos días (El País, 21 de abril de 2019).

Ciertamente, era un político de doctrina, pero también de contradicciones. Su amistad con Chile manifiesta momentos de acercamiento y de distanciamiento, que son parte de las relaciones internacionales entre ambos países. Alguna vez jugó al político demagogo y chauvinista, acusando que Chile actuaba como una “republiqueta” y no como un país democrático. Sin embargo, en el largo plazo Alan García mostró una gran admiración hacia Chile por su estabilidad política y su desarrollo económico, actitud que me parece ya debe haber observado desde su primer gobierno, cuando Perú se desbordaba en la hiperinflación mientras su vecino acumulaba años de crecimiento sostenido, en un proceso de transición a la democracia. La firma de la Alianza del Pacífico, al terminar su segundo gobierno, fue la manifestación del liderazgo del “nuevo” Alan García, quien confiaba en las posibilidades de la economía libre y estaba distante de su socialismo ideológico original. Esta evolución ciertamente tuvo costos personales y políticos para él, pero también fue parte de la causa de los éxitos de su segundo mandato.

Evitó la prisión y el dramatismo de su partida permitió que haya sido recordado con emoción y solidaridad, privilegiándose los aspectos positivos de su tarea pública por sobre los temas judiciales y otros aspectos polémicos de su personalidad.

En otro plano, su carta final –breve y determinada– es una especie de testamento político y también de altanería y desprecio hacia sus adversarios. Se jactaba de haber cumplido la misión histórica “de conducir al aprismo al poder en dos ocasiones”. Efectivamente, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fundada por Víctor Raúl Haya de la Torre en 1924, fue la pasión de su vida y la causa de sus desvelos. Luego agregaba con simpleza y claridad: “Por eso, le dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse”.

El tema de la muerte circulaba dentro de sus preocupaciones y era parte de su discurso político. En la última entrevista que dio el día anterior a su suicidio se refirió a que había dejado su nombre en la historia de Perú y que no se llevaría un ataúd cargado de dólares. Sin embargo, resulta más notable un discurso que pronunció el 27 de enero de 2001, ya de regreso en su patria, donde incluso se dio tiempo para recitar: “Yo me acuerdo de ese hermoso verso de Calderón de la Barca que todos aprendimos y repetimos, porque caminando las calles, y muchas veces solo, yo decía ‘¿cuándo pasará esto, cuándo volveré a ver el Perú?’. Y me comprometí a estar después de muerto junto a ustedes, en espíritu, a tener la fuerza de traer mi espíritu hasta aquí para acompañarlos. Y yo repetía ese hermoso verso de Calderón de la Barca que dice ‘yo sueño que estoy aquí de estas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y que el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son’”. Y luego agregaba el orador, con pasión y emoción: “Y a mí me parece súbitamente un sueño estar frente a ustedes. Y a mí me parece súbitamente una añoranza cumplida estar frente a ustedes. Y a mí me parece súbitamente que quizás estoy muerto y frente a ustedes”. Hoy la “súbita” muerte de Alan García permite comenzar a escribir una nueva página en la historia de Perú.

Sus gobiernos tienen diferencias y complejidades que requieren sus propios análisis, al igual que la evolución ideológica y práctica del ex Presidente, desde su talante revolucionario y socialista de la década de 1980 a su carácter más pragmático y liberal a comienzos del siglo XXI.

¿Por qué se suicidó? El suicidio, con todo su dramatismo, le permitió al ex líder del APRA definir la forma y el momento de su muerte, de la que se ha hablado con insistencia en estos días. Evitó la prisión y el dramatismo de su partida permitió que haya sido recordado con emoción y solidaridad, privilegiándose los aspectos positivos de su tarea pública –su contribución a la democracia o los resultados positivos de su segunda administración– por sobre los temas judiciales y otros aspectos polémicos de su personalidad. El duelo nacional y el funeral público y masivo le dieron una dimensión aún más favorable a la despedida de ex gobernante.

Con esto Alan García –quien podría estar pasando actualmente unos días en la cárcel– ha ganado la primera batalla por la memoria. Lo que en un momento era una repetición de malas noticias, como el juicio, el intento fallido de asilo en la Embajada de Uruguay, la posibilidad de cárcel, que se sumaba a sus últimas derrotas políticas y la decadencia e incluso división de su Partido Aprista de Perú (PAP), hoy experimenta un giro dramático debido precisamente a la muerte de García y a la forma como ocurrió.

Todavía es muy temprano para saber cómo pasará Alan García a la historia. Sus gobiernos tienen diferencias y complejidades que requieren sus propios análisis, al igual que la evolución ideológica y práctica del ex Presidente, desde su talante revolucionario y socialista de la década de 1980 a su carácter más pragmático y liberal a comienzos del siglo XXI. Las conclusiones, en parte, dependerán de cómo evolucione en los próximos años la convulsionada política peruana.