La señora Thatcher y el triunfo de las convicciones

Por Alejandro San Francisco, Director de Formación IRP

En 1960, en un mundo marcado por el desarrollo de la Guerra Fría, con su larga secuela de pasiones y temores, irrumpió en la Cámara de los Comunes de Inglaterra una joven y brillante figura. Ese mismo año tuvo su primera entrevista por televisión.

Lo que ocurrió hace exactamente cincuenta años no pasaría de lo anecdótico, si no fuera porque en 1975 esa mujer asumió como líder del Partido Conservador británico, que en ese momento se encontraba en la oposición. Sólo un año después ella pronunció uno de sus discursos más notables, donde afirmó sin vacilaciones que “el primer deber de cualquier gobierno es salvaguardar a su pueblo contra la agresión externa”, además de “garantizar la sobrevivencia de nuestra forma de vivir”. Por eso decía a sus correligionarios que había momentos en la historia donde era preciso realizar una elección fundamental, y el mundo vivía uno de esos instantes, porque “el avance del poder comunista amenaza toda nuestra manera de vivir”. Las palabras tenían más esperanza que miedo, porque “el avance no es irreversible”, si se tomaban las medidas correspondientes. Por el contrario, si no se asumía el desafío con convicción y trabajo, era previsible el agotamiento y derrota de la forma de vida de Inglaterra. Había llegado el momento para determinar la vida o muerte de la sociedad y del futuro de los niños.

Al día siguiente hubo reacciones frente al discurso, en la isla y en el resto del mundo. Muy pronto el periódico Estrella Roja, del Ejército Soviético, bautizó a la oradora como la Dama de Hierro. Era el bautismo a escala mundial de Margaret Thatcher, una mujer llamada a hacer historia.

El poder de las ideas

En 1968, el emblemático año de Mayo francés y de la Primavera de Praga, la señora Thatcher había sostenido en el Centro Político Conservador que “ningún partido grande puede sobrevivir sino sobre la base de creencias firmes sobre lo que quiere hacer. No es suficiente tener un apoyo reticente. Queremos también el entusiasmo de la gente”.

Probablemente una de las mayores diferencias de Margaret Thatcher (nacida el 13 de octubre de 1925) con muchas personas que compartían las ideas de centroderecha, es que ella estaba convencida de lo que pensaba, tenía argumentos para sostener sus posiciones, no tenía el pánico escénico que acompañaba a muchos de sus potenciales aliados y, además, era capaz de encabezar una verdadera cruzada por las libertades en un mundo que, durante décadas, parecía avanzar de manera sostenida y sin vuelta atrás hacia el socialismo.

Por eso estimaba que los gobiernos laboristas ponían a Inglaterra en una posición débil frente al comunismo, se requerían ideas y coraje para enfrentar al adversario del Este. La tarea no era fácil, porque se trataba de Unión Soviética, una gran potencia mundial, y del comunismo, una idea atractiva y con seguidores en todas partes. Pero había muchas razones para estar orgullosos de la historia de Inglaterra y de las ideas occidentales. La líder de los conservadores decidió apostar por el premio mayor: ser Primera Ministra del Reino Unido. En 1979 Margaret Thatcher triunfó en las elecciones y se convirtió así en la primera mujer en dirigir a la gran potencia europea.

El 4 de mayo recordó unas palabras de San Francisco de Asís, el pequeño y notable santo italiano. Era una curiosidad política, pero tenía sentido, y la líder británica lo consideraba “particularmente apto en este momento”. Por eso reclamaba poder poner armonía donde había discordia, llevar verdad donde existía el error, llevar la fe donde existiera la duda y esperanza donde ella se hubiera perdido. Así comenzó su gobierno.

El mensaje cobraba una importancia crucial en los momentos que se vivían a nivel internacional y también en el frente interno. El terrorismo, la oposición a sus medidas liberalizadoras, algunas campañas de destrucción de imagen contra la Primera Ministro, una guerra internacional y otras tantas cosas ponían piedras en el camino, pero nada que pudiera considerarse al margen de la naturaleza de la actividad política. Sin embargo, el coraje y resolución que mostró Thatcher en algunas circunstancias decisivas le fueron creando una aureola especial para sus seguidores, así como también enconados adversarios dentro y fuera de Gran Bretaña.

Uno de esos “momentos estelares”, como denomina Stefan Sweig a algunos instantes decisivos de la historia de la humanidad, se dio con la bomba que el IRA puso en la Conferencia del Partido Conservador celebrada en Brighton en octubre de 1984, donde la señora Thatcher resultó ilesa. Contra las sugerencias de asesores y opinantes, al día siguiente pronunció un discurso orientador, donde dejó claro que la nación enfrentaba la crisis más desafiante de la época: la batalla entre los extremistas y el resto. “Estamos luchando por causas grandes y buenas”, aseguró agregando que el gobierno no sería debilitado, que enfrentarían el desafío. La Primera Ministro culminó con ciertas reminiscencias lincolnianas: “La democracia prevalecerá”.

¿Sería así en todo el mundo?

Ganar la Guerra Fría

Cuesta entender, para quienes carecen de perspectiva histórica, que durante mucho tiempo el resultado de la Guerra Fría permaneció abierto y que incluso en algunos momentos – particularmente en la década de 1960 – el comunismo pareció tener mejores perspectivas de éxito que las democracias capitalistas de Occidente.

La señora Thatcher estaba dispuesta a enfrentar la tarea con sentido de victoria, y para ello encontró un socio trascendental: el presidente norteamericano Ronald Reagan, quien asumió a comienzos de 1981, e invitó a la gobernante británica a ser la primera en visitarlo en la Casa Blanca. En la potencia del norte Margaret Thatcher hizo gala de gran optimismo al referirse a la defensa de la libertad: “Hace tiempo que sabemos que los años ochenta van a ser difíciles y peligrosos. Habrá crisis y penurias. Pero creo que la marea comienza a cambiar en nuestro favor. El mundo en vías de desarrollo empieza a reconocer la realidad de las ambiciones y el estilo de vida soviético. Existe una nueva determinación en la alianza occidental. Hay un nuevo liderazgo en Norteamérica, que despierta confianza y esperanza en todo el mundo libre”.

La misma línea de argumentación desarrolló en un ambiente más hostil, como era la Unión Soviética, donde gobernaba desde 1985 un joven y activo reformador, Michail Gorvachov. El 30 de marzo de 1987 Margaret Thatcher tuvo una de las entrevistas más importantes de su vida: se reunió en Moscú precisamente con el líder soviético, quien reproduce el diálogo en sus Memorias de los años decisivos (1985-1992), referido a sus años en el Kremlin (Madrid, Acento Editorial, 1993). En esa ocasión la inglesa le planteó claramente al ruso que debían mantener “combates ideológicos”, porque el comunismo planteaba la doctrina de la dominación mundial. Thatcher, al respecto, defendió dos grandes ideas: en primer lugar, la vigencia de “una economía basada en la empresa privada”, donde existía “una sociedad abierta, una sociedad libre que desata la iniciativa de los individuos”; en segundo término la democracia, que “permite elegir a los gobernantes y desarrollar una política que limita el poder del gobierno, y en el marco de esos límites las personas tienen libertad para actuar con total independencia”.

Lo que  hoy podría parecer una reproducción de ideas más o menos obvias no se consideraba de la misma manera en los años finales de la Guerra Fría. Si bien la balanza se había inclinado cada vez más hacia Occidente, Gorbachov en esa ocasión discutió y rechazó que se caricaturizara al comunismo. La mitad del mundo y de Europa todavía tenían gobiernos de los socialismos reales y la carrera armamentista no divisiva su final. Una película con resultado abierto podía tener un final feliz o terminar en tragedia. Los actores serían decisivos en provocar el desenlace.

Paul Johnson, en su libro Héroes, describe con emoción la trilogía sagrada que domesticó al oso (soviético): ellos era el Papa Juan Pablo II, el presidente norteamericano Ronald Reagan y la Primera Ministra británica Margaret Thatcher, quien dejó el poder en 1990. Esta última recuerda en sus memorias de gobierno, Los años de Downing Street, los grandes éxitos de la última década: la derrota del comunismo, la libertad para los satélites soviéticos, la primacía de la democracia y los derechos humanos. En resumen, la gran victoria de la democracia y el capitalismo.

A la hora de repartir los méritos, Thatcher generosamente resumía que los “logros históricos deben atribuirse principalmente a los Estados Unidos y al presidente Reagan”. Modestia aparte, es evidente que ella había llegado previamente al gobierno, había difundido sus ideales en la adversidad, había mantenido las banderas izadas cuando otros abdicaron y había vivido lo suficiente para ver el final de la historia y la victoria de la libertad.

No es poca cosa en una vida política.

Para leer

Margaret Thatcher, Los años de Downing Street (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1994).

El libro reproduce, en primera persona, la vida política de Margaret Thatcher en el gobierno de Gran Bretaña (1979-1990). El texto se concentra tanto en los aspectos de política interna como de los grandes problemas internacionales: la lucha contra el comunismo, la Guerra de las Malvinas, la amistad con Ronald Reagan, los problemas en Medio Oriente y otras tantas luchas que marcaron una de las décadas más importantes del siglo XX.

Margaret Thatcher, Statecraft. Strategies for a changing world (Londres, Harpe Collins, 2002).

Libro complementario del anterior, donde la líder británica reflexiona sobre aspectos cruciales que marcaron su vida política: la Guerra Fría, las religiones, el terrorismo, los derechos humanos, la vida y dificultades de algunas zonas del planeta (Asia, Rusia, los Balcanes), la realidad europea y británica, el capitalismo. Obra dedicada a Ronald Reagan.

Paul Johnson, Héroes (Barcelona, Ediciones B, 2009).

El historiador británico desarrolla una visión donde destacan personajes que han marcado el acontecer mundial por su liderazgo, sus acciones y sus logros en grandes momentos. Para el siglo XX destaca especialmente las figuras de Reagan, Juan Pablo II y Margaret Thatcher, por haber precipitado la derrota del comunismo. Para Johnson el coraje representa un valor crucial que sus héroes han vivido ejemplarmente.