Europa sin alma – El Líbero

Este domingo 26 de mayo los ciudadanos de Europa concurrirán nuevamente a las urnas, como tantas veces en el último cuarto de siglo, para participar de las Elecciones al Parlamento Europeo. Por primera vez en su historia, la democracia ha sido en este tiempo la regla general tanto en los distintos países del Viejo Continente como en la Unión Europea en general. Sin embargo, lo que podría constituir una causa de celebración, se ha ido convirtiendo en una creciente preocupación, que una vez más pone en entredicho el pacto de unidad de los europeos y prende las alarmas en Bruselas y en los distintos países.

¿Cuáles son las perspectivas y preocupaciones de Europa en la actualidad? Sin perjuicio de los resultados específicos que obtengan los partidos en esta elección, hay ciertos problemas que se arrastran desde hace algún tiempo y que no solo ponen en entredicho algunas de las bases constitutivas de la unidad europea, sino que polarizan las posiciones y hacen crecer las críticas contra «Bruselas» o contra algunas políticas o realidades actuales de Europa. Esos riesgos presentes en la actualidad son mirados con temor por algunos sectores dirigentes e intelectuales, pero también han trascendido a la población.

Uno de ellos se refiere a la inmigración, cuando aparece descontrolada y sirve de pasto fértil para el populismo y la xenofobia. La migración, ciertamente, es un hecho histórico, y ha generado un gran bien a la humanidad en las distintas etapas de su trayectoria. La cuestión no es esa, sino ciertas derivadas que no han podido administrarse adecuadamente, ni han tenido el soporte cultural que requieren. Entre ellas se puede mencionar el descontrol que existe en algunas sagas de inmigrantes, la falta de integración social y cultural de algunos grupos en las sociedades donde llegan, el racismo o la xenofobia presente en grupos más o menos influyentes.

Un segundo aspecto es el surgimiento, desde hace años, de grupos euroescépticos, que miran con desdén o distancia la forma cómo se ha construido Europa después de la caída del Muro de Berlín. Existen expresiones partidistas en diversos países, desde un euroescepticismo moderado a otros más duros, como el Partido de la Independencia del Reino Unido, liderado por Nigel Farage, quien a su vez es el portavoz del grupo parlamentario llamado Europa de la Libertad y la Democracia. En esto hay mezcla de nacionalismos, grupos nuevos en busca de identidad y otros que reniegan de las fórmulas tradicionales por las más diversas razones. Lo interesante es que si antes eran ridiculizados y mirados como grupos marginales, ahora aparecen como amenazas reales, crecientes electoralmente y a cara descubierta, con vocación ganadora y convencidos de tener la razón y la historia de su parte

En estos días hemos visto surgir un tercer peligro, como son las luchas sociales, pero no en la forma de lucha de clases del marxismo o en las guerras nacionales de los siglos XIX y XX, sino en una expresión propia del siglo XXI. De esta manera, en el principal aeropuerto de París, el famoso Charles de Gaulle, aparecieron centenares de inmigrantes con chalecos negros y gritos como «Francia no es de los franceses». Esto muestra un antagonismo que no será fácil de controlar y que ciertamente despertará, como un efecto dialéctico, la resistencia de quienes piensan que «Francia es de los franceses» y que denuncian que en esas protestas hay grupos que atentan contra la historia y el futuro de la nación. 

Sin embargo, existe también otro peligro menos evidente y por lo mismo menos visible: que en la práctica Europa, como concepto y como proyecto, termine convirtiéndose en una máquina burocrática, espesa y poco comprensible para los europeos, cara y llena de funcionarios, fría y portadora de malas noticias. Mientras los políticos y demagogos de los distintos países pueden pasar la vida prometiendo y gastando, a Europa le corresponde la tarea «sucia» de poner orden y límites, fijar formas razonables de administración de recursos, decirle que no a los gobiernos cuando exceden los gastos o actúan sin la responsabilidad que deberían tener  por el solo hecho de gobernar. 

Con esto, podríamos estar frente a un agotamiento o envejecimiento prematuro del modelo europeo. Curiosamente esto se da cuando en los últimos años hemos tenido la posibilidad de conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Bolchevique, que tiñeron de sangre los campos y ciudades del continente; este 2019 también se cumplen cien años de la irrupción, primero muy precaria y con el tiempo influyente y terrible, del fascismo y el nacionalsocialismo. Por lo mismo, la actual normalidad de Europa representa una gran victoria, ganada después de un siglo de enemistades, guerras, trincheras, muertes y generaciones amputadas. Sin embargo, parece claro que el proyecto de la Europa actual carece de épica, esa que tuvo en su etapa fundacional y que hoy más bien parece administrar la rutina. Es una Europa sin alma.

Por otra parte, los peligros que vive el continente no se enfrentan con la lucidez y la valentía que requiere la convicción efectiva del daño que podría provocar la xenofobia o la destrucción del proyecto europeo. No basta con conformarse con que los euroescépticos obtengan el 20 o 25% de los votos, cuando es evidente que han ido creciendo en las últimas décadas y marchan al ritmo de unas ideas que a muchos podrían parecer anquilosadas e incluso graves, pero que indudablemente han logrado capturar el entusiasmo y los votos de millones de europeos. 

Adicionalmente, parece claro que en adelante el continente no será una taza de leche, un mar de calma, una zona de confort donde conviven realidades disímiles pero dispuestas a entregar lo mejor de sí en aras de la unidad. Eso es bueno comprenderlo desde ya. Lo ha resumido muy bien Daniel Innerarity, uno de los pensadores europeos más lúcidos y valiosos en la actualidad: “La agenda de Europa debería despedirse completamente de la semántica de la armonización y la unidad para transitar hacia la gestión equilibrada de constelaciones complejas” (en “Ideas para una Europa compleja”, Revista Idees, 8 de mayo de 2019).

Y, desde luego, debemos hacer un esfuerzo intelectual mayor -histórico, filosófico, sociológico y político- para explicar las virtudes de la Europa de la democracia y de la paz, de la cultura y la libertad. Pero también corresponde un esfuerzo doble a los gobernantes y partidos que se han comprometido con el proyecto europeo, porque es hora de elevar la calidad, sacudir la modorra, reducir los gastos inútiles y volver a dotar de vida a lo que hoy tiene mucho de burocracia, pero carece de poesía.

Fuente: El Líbero