España sin gobierno – El Imparcial

La investidura de Pedro Sánchez como Presidente del gobierno español ha terminado de una manera esperable y sin muchas lágrimas: no logró la mayoría en el Congreso de los Diputados. Este jueves 25 de julio obtuvo 124 votos, contra 155 que rechazaron su postulación y 67 abstenciones. Por lo mismo, se abre un escenario político que podría terminar el próximo 10 de noviembre con nuevas elecciones generales. Pero todavía queda camino por recorrer en este largo proceso.

La derrota del líder socialista era esperable, en buena medida porque no triunfó en las elecciones del pasado 28 de abril, pese a lo engañoso del proceso posterior, de su actitud triunfalista y de las repetidas noticias que anunciaron de inmediato la victoria socialista. El problema puede estar en el sistema político o electoral: en ambos casos, y más con una realidad pluripartidista, se vuelve necesario entender que no todos los comicios tendrán un ganador claro y muchas veces los gobiernos serán fruto de negociaciones que requieren otros tiempos y talentos. En abril hubo perdedores, pero no existió un ganador, como ha quedado demostrado. “¿De qué sirve una izquierda que pierde incluso cuando gana?”, se preguntaba Pedro Sánchez desde la tribuna parlamentaria, mostrando el clima espiritual que animaba a los socialistas, e incluso a Podemos, que tras los comicios comenzó a promover un gobierno de coalición de izquierdas. Más allá de la retórica, es interesante abrir el debate a una pregunta con más sentido: “¿Cuándo, efectivamente, un partido gana las elecciones en España?” Eso hay que resolverlo de manera clara y en el caso de los comicios generales, gana quien logra formar gobierno, lo demás es parte de la dinámica postelectoral, como ha quedado claro en estos días.

Durante la investidura existió la posibilidad de formar un primer gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos. Esta última agrupación nació hace pocos años con un discurso contestatario, críticas lapidarias a “la casta”, una autoimagen de superioridad moral y de renovación política. Sin embargo, en esta ocasión estuvo dispuesta a compartir responsabilidades con los socialistas bajo dos condiciones: que ello significara posiciones de poder y que dichos cargos sirvieran efectivamente para mejorar los derechos sociales de los españoles. Para ello estuvieron incluso dispuestos a sacrificar la presencia del propio Pablo Iglesias en el Ejecutivo. Los socialistas no aceptaron la fórmula, en parte por tener diferencias de fondo con el programa de los populistas -como queda de manifiesto en el tema catalán- y también por estimar que la agrupación de Iglesias quería prácticamente todo el poder. El resultado es que las negociaciones, tardías y basadas en la desconfianza, fracasaron.

No sabemos si la falla para formar gobierno estuvo en el Partido Socialista Obrero Español o en Podemos, si Pedro Sánchez actuó con escasa generosidad o Pablo Iglesias fue traicionado por la soberbia y el exceso de expectativas. Las acusaciones recíprocas han abundado en las últimas semanas y la unión de las izquierdas no parece tan fácil como supondría el deseo de tener el poder. Sin embargo, en tiempos de democracia y demandas por transparencia, es probable que hacia el futuro los candidatos y los partidos deban explicitar durante las campañas cuál será su actuación en los diversos casos: si obtiene una primera mayoría, pero resulta insuficiente; si un partido relativamente cercano lograra más votos y pidiera apoyo para formar gobierno; cuáles son los pactos posibles y cuáles los inaceptables. Debe existir claridad con los demás partidos y con los electores, transparencia previa y las condiciones exigidas o esperadas: todo ello, sin duda, facilitará cualquier tipo de negociación posterior. Ahora bien, eso requiere un cambio cultural y una modificación en la forma de enfrentar estas coyunturas por parte de los partidos. Así se ha visto, sin ir más lejos, en algunas comunidades autónomas, lo que perjudica indistintamente a derechas e izquierdas.

La España pentapartidista no solo tiene nuevos partidos y líderes que han renovado el panorama electoral, sino que también requerirá prácticas políticas originales y capacidad de articular acuerdos que antes no se necesitaban. A realidades distintas, soluciones también diferentes. La política práctica es un “arte”, no resulta de fórmulas rígidas o estrechas. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han mostrado capacidades y limitaciones. Veremos si en los próximos dos meses las primeras les permiten llegar a algún tipo de acuerdo o bien España tendrá nuevas elecciones en noviembre. En este caso, ojalá todos los partidos y candidatos expliciten a priori sus posturas, asegurando una mayor transparencia del proceso y facilitando la formación posterior del gobierno.

Este aprendizaje político no solo es válido para el PSOE y Unidas Podemos, sino que deberá formar parte de las prioridades del Partido Popular, de Ciudadanos y de VOX. Estas tres agrupaciones han mostrado con bastante claridad sus diferencias y vetos a la hora de formar gobiernos locales o autonómicos, lo cual hace pensar en las múltiples dificultades que tendrían para dar un gobierno estable a España en caso de sumar la mayoría de los diputados en unas próximas elecciones. Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal tienen una tarea tanto o más importante que ganar votos para los comicios: ante la certeza de que ninguno obtendrá la mayoría por sí mismo, deben pensar seriamente en llegar La Moncloa en coalición. De lo contrario, en circunstancias similares, darán el mismo espectáculo que hemos visto en estos días entre Sánchez e Iglesias, y probablemente obtendrían el mismo desastroso resultado.

 

Fuente: El Imparcial.