Revolución: sentido y perspectivas – El Imparcial

Este 1 de octubre se cumplieron 70 años del triunfo de la Revolución China de Mao, con todo lo que eso significó desde el punto de vista histórico y simbólico: el país más populoso del mundo se sumaba a al triunfo bolchevique de 1917 en Rusia y a las naciones que al Este del Telón de Acero edificaron sus respectivos regímenes comunistas. La Revolución Cubana de 1959 no solo significó el triunfo de Fidel Castro y el Che Guevara, sino que parecía iniciar la expansión del comunismo por el continente latinoamericano. Parecía que el mundo avanzaba en esa dirección y que el futuro sería rojo y socialista, revolucionario y proletario, que dejaría a las democracias burguesas en la historia para iniciar el camino hacia una nueva sociedad.

En Rusia, China y Cuba hubo ciertos elementos comunes que permitieron el éxito de la revolución. En primer lugar, los rebeldes de 1917, 1949 y 1959 representaban ideologías alternativas al poder existente en cada una de esas sociedades. En segundo lugar, Lenin, Mao y Fidel Castro encabezaron una lucha decidida por el poder político y económico en sus respectivas naciones. En tercer lugar, todos ellos -de alguna manera- motivaron la participación popular a favor de sus partidos o movimientos, convencidos de la necesidad de sumar para triunfar. Con todo eso, más los errores y vacilaciones de sus adversarios, junto a una compleja gama de circunstancias, las revoluciones triunfaron y provocaron el cambio radical del orden político y socioeconómico vigente.

Si tuviéramos que agregar un elemento adicional, en los tres casos había sido necesario el uso de la violencia y la lucha armada como medio para conquistar el poder, actuando como “partera de la historia”, de acuerdo con la fórmula de Marx, y siendo la vía canónica para la realización de las revoluciones comunistas, según habían establecido el propio Marx y Engels en el Manifiesto Comunista (1848), y Lenin en El Estado y la Revolución (1917/1918).

La celebración del aniversario de la Revolución China fue apoteósica, digna de una potencia mundial que mantiene una fe ambigua en el comunismo que levantó a partir de 1949, que sufrió la dictadura y la muerte durante décadas, abrió su economía y hoy es un gigante económico en el mundo. Una celebración que, además, ocurrió en un momento muy lejano al espíritu revolucionario que en otros momentos guio la acción política de tantos líderes y movimientos.

Entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la década de 1980 la revolución era la aspiración común de la izquierda internacional, aunque tuviera elementos de discusión interna: si debía ser pacífica o violenta, local o continental, si había que esperar que estuvieran dadas las “condiciones objetivas” o era necesario acelerar la historia. En todos los casos existía un cierto determinismo histórico, un final previsible y exitoso: la victoria ineluctable del socialismo. Para esto ayudaban los postulados supuestamente científicos de Marx y la convicción absoluta de sus líderes. Los resumió muy bien Fidel Castro en su famoso discurso en la Segunda Declaración de La Habana (1962), cuando afirmó que “el deber del revolucionario es hacer la revolución”. En la ocasión proclamó, ufano y “proféticamente”: “Se sabe que la revolución triunfará en América Latina. Pero no es de revolucionarios sentarse en la puerta de la casa a ver pasar el cadáver del imperialismo.

La historia, como sabemos, marchó por un camino muy diferente. El resultado, sin duda imprevisible un tiempo antes, fue el surgimiento de nuevas revoluciones en 1989 -hace exactamente 30 años- pero no para construir el socialismo, sino para derribar las dictaduras comunistas que se habían levantado en su nombre en Europa. El problema no era la esperanza del futuro prometido, sino el drama vivido en las décadas va de régimen totalitario. Era necesario cambiar, abrir el camino, romper el presente, hacer la revolución: eso fue Rumania y Polonia, Checoslovaquia y Alemania Oriental -Europa del Este en general- en 1989. Era una revolución contra quienes parecían haber tenido el monopolio del concepto de revolución: los que habían anunciado “el fin de la opresión” al son de La Internacional fueron capaces de perfeccionar las formas de represión sobre los pueblos. Por eso, en la década de 1980 el ambiente revolucionario de los 60 aparecía decaído, venido a menos, anquilosado, reiterativo, sin fe verdadera, subsistente en base a la fuerza y a la rutina, pero incapaz de representar la esperanza en el futuro que alguna vez llegó a significar en 1917 o 1959. En 1989, por el contrario, la rebelión era contra quienes tras la revolución habían levantado dictaduras, estados policíacos y habían suprimido las libertades reprimiendo a los disidentes.

¿Tiene sentido celebrar los 70 años de la Revolución China o los 60 de la Revolución Cubana? ¿Qué hacer con los caídos, muertos y perseguidos en el camino de la construcción de “un mundo mejor”? ¿Cómo proyectar el futuro?

El tema es de interés cultural, pero también político. Es una pregunta abierta el sentido y la definición que deben tener las izquierdas en el siglo XXI: una izquierda con raíces, pero con visión de futuro, sin duda menos atractiva emocionalmente que aquella que hizo las revoluciones y anunció el futuro de la humanidad, pero también más incorporada a la democracia y comprometida con resultados reales y no con promesas de manual, que nunca llegan a las vidas de las personas.

Este fue, al menos en parte, el tema que abordaron un grupo de intelectuales y políticos de izquierda en San Petersburgo esta primera semana de octubre de 2019, en el marco del Foro Rusia e Iberoamérica. En la mesa estuvieron los chilenos Beatriz Sánchez, ex candidata presidencial, y Daniel Jadue, alcalde de Recoleta; el periodista Ignacio Ramonet.

La ex candidata habló desde el feminismo y contra las desigualdades; el alcalde Jadue se refirió a la importancia de los gobiernos locales y a la necesidad de hacerlo bien. Otro participante destacó al gobierno de Lula como el mejor de la historia de Brasil, a pesar de la situación judicial que afecta al líder del Partido de los Trabajadores. Ramonet fue quizá el más ideológico en su análisis, recordando que cerca del salón de actos donde se desarrollaba la conferencia estaba el edificio Smolny, mítico lugar desde donde Lenin dirigió muchas operaciones revolucionarias: ahí mismo había una inscripción no desaparecida a pesar de tantas cosas que decía “Viva la dictadura del proletariado”. También se refirió al abandono que muchas izquierdas hicieron de sus ideales de transformación social que los habían animado en el pasado.

Sin embargo, el concepto revolución quedó más bien reservado a las mesas académicas, que estudiaban el impacto de octubre de 1917 en América Latina o que analizaban los siempre apasionantes años 60. Terminando la segunda década del siglo parece no ser tiempo de revoluciones, más todavía después del fracaso de la Revolución Bolivariana, que ha sumido a Venezuela en un desastre económico y social y en una dictadura política, que avergüenza a muchos antiguos partidarios y ve salir a millones de compatriotas que buscan un futuro mejor.

El desafío presente es grande para izquierdas y derechas, para los gobiernos que lideran en distintos lugares del mundo, pero también para las democracias de las que forman parte. Probablemente no sea tiempo de revoluciones, pero sería un error conservar las democracias tal cual funcionan hoy, al riesgo de sufrir una descomposición no deseada, un desprestigio que ya muestra signos visibles y la irrupción de líderes populistas y creativos, pero escasamente comprometidos con la pervivencia y perfeccionamiento del sistema.