El Muro de Berlín, 30 años después – El Líbero

El Muro de Berlín fue una manifestación visible de la Guerra Fría, y quizá fue el símbolo más elocuente de la división del mundo entre las promesas de los regímenes comunistas y la realidad que se vivía en el Occidente democrático. Por otra parte, parecía graficar de modo comprensible aquella advertencia de Winston Churchill en 1946: «Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente una cortina de hierro. Tras él se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa Central y Oriental. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía, todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú, muy fuertes, y en algunos casos, cada vez más estrictas». El Muro fue la expresión práctica de esa división y de esa influencia.

Analizado desde una perspectiva histórica, hay dos momentos cruciales en la vida del Muro de Berlín, y ambos tienen el mismo significado, a pesar de marcar dos puntos extremos de su historia. El primero se dio en 1961, cuando las autoridades de Alemania Oriental decidieron construir la mole de cemento para evitar la fuga de jóvenes en busca de mejores oportunidades hacia la República Federal Alemana. Lo resume de manera muy clara Tony Judt en su libro Postguerra. Una historia de Europa desde 1945: «A este ritmo, la República Democrática Alemana pronto se quedaría vacía» (Madrid, Taurus, 2012, Séptima Edición). Entonces Berlín se convirtió en un lugar peligroso y dramático, contradictorio y lúgubre, que vio cómo ladrillo a ladrillo se iban esfumando las posibilidades de aspirar a una vida mejor, perspectivas de libertad y la posibilidad de terminar con un drama que se arrastraba por casi treinta años, primero bajo una dictadura nacionalsocialista y luego bajo una dictadura comunista. La construcción del Muro comenzó el 13 de agosto, en el verano europeo, y con los ladrillos vendrían las alambradas y metrallas para evitar las fugas, en una historia que se encuentra bien narrada por Frederick Kempe en su libro Berlín 1961. El lugar más peligroso del mundo (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012).

Rápidamente comenzaron las explicaciones y justificaciones. Las autoridades de Alemania Oriental, y sus partidarios en el resto del mundo, denominaron a su construcción Muralla de Protección Antifascista, término de uso repetido por los comunistas desde la lucha contra Hitler, que se extendió después a las democracias occidentales. En Occidente muchos lo denominaron Muro de la Vergüenza, por la incapacidad del sistema represivo de lograr que la población de sus territorios se quedara viviendo en ellos por convicción y no por las amenazas de muerte o las dificultades extremas para trasladarse a otro país. Lo planteó con emoción John Kennedy en Berlín, en junio de 1963: «Si hay en el mundo hoy día personas que no entienden o que dicen no entender qué se debate en el conflicto entre el mundo libre y el comunismo, basta con que les digamos que vengan a Berlín. Hay gentes que dicen que el futuro pertenece al comunismo. Que vengan a Berlín» (reproducido por Dionisio Garzón, El Muro de Berlín. Final de una época histórica, Santiago, Instituto Res Publica, 2019, segunda edición).

El asunto es que, en la década de 1960, el mundo efectivamente parecía avanzar hacia el socialismo, y el triunfo de la Revolución Cubana y otros acontecimientos anunciaban un porvenir rojo vencedor, que dejaría atrás los siglos de dominación imperialista. Sin embargo, como suele ocurrir con las veleidades de la historia, el curso de los acontecimientos tomó la dirección contraria, especialmente en la década de 1980. China comenzó a vivir su primera etapa de relativa apertura económica; Mijail Gorbachov inició un proceso de renovación al interior de la Unión Soviética, que bajo el anuncio de «volver a Lenin» en la práctica comenzaba a despedir al régimen comunista. En el marco occidental, Margaret Thatcher y Ronald Reagan lideraron no solo dos potencias, sino también un discurso, que pensaba en la superioridad de la democracia política y la economía libre sobre el socialismo, a la vez de calificar al comunismo como un mal moral. Esa fue la convicción que le permitió al presidente de los Estados Unidos pedirle al propio Gorbachov «derribe este Muro», en su histórico discurso del 12 de junio de 1987, frente a la Puerta de Brandenburgo.

No sería el soviético, tampoco el norteamericano, quien llevaría adelante la tarea, que a muchos parecía una petición desproporcionada e imposible de cumplir. En 1989 los acontecimientos tomaron su propio curso y el anuncio -entre improvisado y quizá bajo los efectos del alcohol- de Günter Schabowski, secretario de medios de información en la RDA, de que los alemanes orientales podrían viajar libremente y desde ese mismo momento a Berlín Occidental anticipó el movimiento de cientos y luego miles de personas hacia el otrora fatídico Muro, ahora destinado a desaparecer. Los hombres y mujeres que se acercaron a la edificación, que golpearon las paredes para abrir el espacio hacia una nueva etapa de sus vidas y de la historia, fueron quienes derribaron el Muro, mientras otros esperaban con los brazos abiertos y música de fondo. Una historia como pocas, que completaba lo iniciado en 1961: la derrota moral de construir un Muro para que la gente no pueda escapar a buscar mejores oportunidades para vivir culminaba derribando ese monumento moderno, precisamente para permitir una nueva época para Alemania y Europa. La historia había durado casi tres décadas.

Además, en la práctica, precipitó «la súbita, y también inesperada, disolución de los regímenes comunistas satélites europeos», como señala Eric Hobsbawn en su Historia del siglo XX (Barcelona, Crítica, 2012). Fue hace solo 30 años, tres décadas muy diferentes a aquellas en las que el Muro de Berlín estuvo levantado, dividiendo a familias, a Alemania y al mundo.