Chile hace 30 años. El 11 de marzo de 1990 – El Líbero

El 11 de marzo de 1990 Patricio Aylwin asumió como Presidente de Chile, recibiendo el mando de parte del general Augusto Pinochet, en un acto republicano trascendental para el país y que también atrajo la atención internacional. No se trataba simplemente de un cambio de mando, sino de la inauguración de un nuevo ciclo histórico -la democracia post Pinochet-, el momento culminante del proceso de transición a la democracia, después más de dieciséis años de régimen militar.

Situado en el contexto internacional, la transición a la democracia representaba la expresión de la “tercera ola de democratización”, como la llamó Huntington, iniciada en Portugal y España a mediados de la década de 1970 y que continuó en América Latina en la década siguiente. El continente había experimentado después de la Revolución Cubana (1959) una seguidilla de golpes militares, la mayoría de ellos de claro sello anticomunista, con lo que se habían interrumpido los procesos electorales y la alternancia en el poder.

Ese fue precisamente el caso de Chile, cuyas últimas elecciones competitivas habían sido en 1970, cuando Salvador Allende llegó a La Moneda en medio de una campaña polarizada, un país en crisis y una democracia con signos de clara descomposición. En 1990 la situación era muy distinta, en parte por el aprendizaje político y por el deseo de superar los años de marcada división política en Chile: marxismo/antimarxismo; dictadura/democracia, con dificultades para encontrar acuerdos políticos perdurables en el tiempo.

La democracia llegó con tres procesos electorales a cuestas. El primero fue en 1988, convocado por el propio gobierno militar de acuerdo con la Constitución de 1980: fue el plebiscito del 5 de octubre, cuando se consultó al pueblo por la continuidad del general Pinochet como gobernante, que culminó con un triunfo de la opción No, con el 55,9% de los votos, frente al 44% del Sí. Al año siguiente hubo dos procesos más: el primero fue el plebiscito del 30 de julio de 1989, para aprobar una gran cantidad de reformas constitucionales acordadas por el gobierno de Pinochet y la oposición, que tuvo un sólido 90% de respaldo. Finalmente, el 14 de diciembre, en una elección a tres bandas, Patricio Aylwin derrotó a Hernán Büchi (exitoso ex ministro de Hacienda de Pinochet) y al empresario independiente Francisco Javier Errázuriz. El resultado fue un sólido 55% de los votos para Aylwin, con su eslogan “Gana la gente”.

Aylwin representó muy bien el nuevo tiempo histórico que vivía Chile en esos años. Por una parte, era el líder de una coalición de centroizquierda, que incluía a partidos con larga tradición, como la Democracia Cristiana, el Partido Radical y el Partido Socialista, así como a algunas figuras de centroderecha. Por otra parte, Aylwin representaba a aquellos grupos -dentro de la Democracia Cristiana- que se habían opuesto con más fuerza al proyecto socialista de Salvador Allende y que habían apoyado o justificado el golpe militar del 11 de septiembre. Por lo mismo, lograr el apoyo de los socialistas era en sí mismo un acto de reconciliación en el país, con gran potencia política e histórica. El acercamiento y luego la coalición socialista-DC era impensable antes de 1973, pero el exilio, el aprendizaje político, la añoranza por la democracia y la oposición a la dictadura fueron reuniendo a quienes pensaban distinto, habían sido adversarios enconados, pero se planteaban un futuro en común. “Estamos aquí reunidos personas que no pensamos en todo lo mismo”, era una forma tradicional que utilizaba Patricio Aylwin para comenzar sus discursos en la década de 1980, mientras recorría Chile durante la apertura política. El aprendizaje implicó una evolución no solo hacia acuerdos políticos, sino también hacia posiciones propias de la democracia occidental en el ámbito político y una aceptación de la economía de mercado, no sin dificultades.

La transición a la democracia adquiere una dimensión diferente, altamente valorada en su momento, precisamente porque a partir de 1990 Chile podía consolidar una democracia restaurada, con una desarrollo económico que era necesario y difícil.

¿Qué significado histórico tiene el 11 de marzo de 1990? ¿Qué importancia adquiere la transición a la democracia? ¿Cuáles eran los riesgos y las esperanzas que tenían entonces los chilenos, la comunidad internacional y los sectores dirigentes del país? El tema resulta de gran interés y de una actualidad impredecible hace algún tiempo. La crisis que vive Chile desde la revolución de octubre del 2019 ha llevado a pensar a muchos en las fortalezas y debilidades de los procesos vividos en 1990 y a partir de ese año, prevaleciendo un espíritu crítico que explica que muchas protestas son por los treinta años de democracia, enfatizando lo que no se hizo, lo que se hizo mal y la cara más amarga o culposa del proceso.

Como suele ocurrir en los momentos revolucionarios, las miradas históricas se vuelven más críticas, menos comprensivas y los problemas se replantean.

Sin embargo, mirado en perspectiva, la transición a la democracia adquiere una dimensión diferente, altamente valorada en su momento, precisamente porque a partir de 1990 Chile podía consolidar una democracia restaurada, con una desarrollo económico que era necesario y difícil (ahí estaban los casos de Argentina y Perú para demostrar que el fracaso estaba a la vuelta de la esquina). Adicionalmente, era necesario consolidar índices de progreso social, por el bien que representaban para la calidad de vida de la población, pero también por lo nocivo que había sido la miseria y el subdesarrollo social para el régimen democrático anterior a 1973. Chile sufría una pobreza muy amplia, que alcanzaba a una gran mayoría de la población; un porcentaje importante de los niños padecía desnutrición; el acceso a la educación en todos los niveles era insuficiente; había escasez y malas condiciones de vivienda; en fin, numerosos problemas no recibían la atención debida por incapacidad de la economía o por la amplitud de las dificultades.

Los logros del primer gobierno de la Concertación tuvieron como resultado inédito la continuidad de la coalición gobernante por cuatro periodos, un total de veinte años en La Moneda. Primero gobernaron dos democratacristianos, Patricio Aylwin (1990-1994) y Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000) y luego dos socialistas, Ricardo Lagos (2000-2006) y Michelle Bachelet (2006-2010). Todos ellos llegaron al poder con la mayoría de los votos en las respectivas elecciones presidenciales, lo cual también era inédito, por el establecimiento de la segunda vuelta presidencial. Antes de 1973 -de los últimos cinco presidentes de la República-, hubo cuatro que obtuvieron menos de la mitad de los votos: Gabriel González Videla (40%), Carlos Ibáñez del Campo (46%), Jorge Alessandri (32%) y Salvador Allende (36%). Solo Eduardo Frei Montalva obtuvo la mayoría absoluta en 1964, con el 55% de los votos.

Los resultados económicos y sociales también fueron positivos. El crecimiento económico continuó después de 1990, siguiendo la tendencia que había comenzado en 1984; el control de la inflación permitió evitar la pérdida de poder adquisitivo en las familias; la pobreza bajó considerablemente desde el 45% en 1987 al 38% en 1990 y de ahí en adelante continuó la tendencia hasta bajar del 10%. En otros planos los resultados también fueron positivos y Chile se percibía y lo percibían como un país que avanzaba hacia el desarrollo, comparado con su propia historia y con el contexto latinoamericano.

Ciertamente hubo muchos errores y limitaciones, carencias y trabajos que no se hicieron. Y, como suele ocurrir en los momentos revolucionarios, las miradas históricas se vuelven más críticas, menos comprensivas y los problemas se replantean. Por otra parte, las carencias que estaban ocultas o eran pequeños ripios en el camino emergen con fuerza, alterando el curso de las cosas. Por lo mismo, se pierde perspectiva: los treinta años parecen haber sido iguales, planos, sin progreso, se dice al ritmo de la rebeldía y el legítimo derecho a un futuro mejor. En parte es bueno que así sea, pues a cada tiempo corresponden sus desafíos y también sus propias respuestas. Sin embargo, conviene mirar las cosas en perspectiva, no para mantener una visión del pasado sin movimiento o con  una mirada pétrea, sino simplemente para mirar las cosas de acuerdo con su momento histórico y con la complejidad que requiere. Después de todo, hay un elemento que sí puede generar una visión común: el 11 de marzo de 1990 fue un día histórico en Chile y los ojos de la comunidad internacional estuvieron puestos en este país del fin del mundo que comenzaba una nueva etapa de su trayectoria.