Churchill y Reagan como lecciones ante la crisis de la democracia – El Dínamo

En octubre de 1938, el entonces primer ministro británico Neville Chamberlain descendía de un avión para anunciar, tras la firma de los acuerdos de Munich, la “paz para nuestros tiempos”, puesto que esperaba haber evitado, definitivamente, un conflicto armado con la Alemania Nazi.

Los acuerdos consistieron, entre otros, en que las potencias europeas occidentales pactaron la anexión alemana del territorio Checoslovaco de Los Sudetes, esto, sin la participación del gobierno de dicho país. Este episodio es parte del clímax de una estrategia política llamada el “Apaciguamiento” con la que el gobierno de Chamberlain buscaba evitar, a toda costa, el enfrentarse al creciente poderío militar alemán.

El Apaciguamiento fue criticado porque significaba un alto grado de tolerancia e inacción, que a muchos irritaba, hacia las agresiones constantes que el gobierno germano de la época realizaba a otros Estados mientras, en paralelo, suscribía acuerdos y tratados internacionales para avanzar en su agenda.

Finalmente el apaciguamiento no funcionó. El régimen alemán siguió empujando los límites hasta que eventualmente, tras invadir Polonia en septiembre de 1939, Francia e Inglaterra le declararon la guerra. Las concesiones hechas al momento por las democracias occidentales al gobierno alemán, dejaron de ser el precio a pagar por la paz para transformarse en el capital de trabajo, la materia prima y el impulso que necesitó el Tercer Reich para alzarse como una superpotencia de la época.

Tras este giro y serias derrotas militares, Chamberlain dimitió y dio paso al período de Winston Churchill quien, valiéndose de todos sus medios, declaró una guerra total al Eje, que ya no era solo física y política, sino que moral. Así, con una férrea convicción y un gran desplante comunicacional, se recuerdan de sus discursos frases como “victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo terror, victoria por larga y dura que sea la ruta; porque sin victoria no hay supervivencia”.

Churchill no desperdició nunca, incluso antes de asumir como primer ministro, la oportunidad de increpar, criticar y denunciar la inmoralidad del fascismo. Asimismo, aprovechó cada ocasión que tuvo en la Cámara de los Comunes para advertir el riesgo que implicaba para la subsistencia del Reino Unido y su forma de vida, el ceder constantemente ante las presiones del fascismo con la esperanza fútil de evitar un enfrentamiento armado.

Casi cinco décadas después, y en medio del conflicto de la Guerra Fría, en el otro lado del Atlántico Ronald Reagan asumía un liderazgo similar al de Churchill en su época. Reagan revolucionó al electorado norteamericano con excelentes resultados económicos, una claridad comunicacional envidiable y con un cambio en la política exterior en cuanto a la manera de enfrentar al poderío de la URSS, quien a la fecha se proyectaba como la ganadora de la Guerra Fría.

Reagan, evitando una confrontación militar directa con las fuerzas soviéticas, tomó medidas que buscaban derrotar a la URSS en lugar de congraciarse con ella, como se criticaba hasta la fecha. Así, entre otros, se dedicó a la disminución del gasto fiscal y reducción de la deuda, a la vez que aumentó el gasto en defensa, lo que en la práctica les exigía a los soviéticos hacer lo mismo para no quedarse atrás. Mientras tomaba acción, Reagan tampoco perdía la oportunidad de denunciar tanto los hechos atroces como la inmoralidad ideológica de regímenes socialistas y comunistas de Europa del Este, por considerarlos contrarios a la naturaleza humana. Su convicción incluso lo llevó a interpelar al socialismo directamente en 1987, en un Berlín dividido, a tan solo metros de la frontera con el famoso “Secretario General Gorbachov, si usted busca paz, si usted busca la prosperidad de la Unión Soviética y Europa oriental, si usted busca la liberalización, venga aquí a esta puerta. Sr. Gorbachov, abra esta puerta. Sr. Gorbachov, derribe este muro.”

Al igual que Churchill, Reagan tomó acciones concretas para combatir, cada uno en su contexto, a quienes se esmeraban en borrar del mapa a la libertad y los sistemas democráticos. Lo anterior, a la vez que los enfrentó y denunció en la dimensión moral a través de sus herramientas comunicacionales.

Guardando todas las proporciones del caso, estas dos vías son fundamentales para sobrellevar la crisis política y democrática que se vive en nuestro país. Se hace necesaria una denuncia transversal, en especial desde los liderazgos políticos, y comunicacionalmente cercana sobre la inmoralidad de la violencia, así como del camino sin salida, sin frutos y sin futuro que ofrece, a la vez que se toman acciones concretas y efectivas

En la dimensión de las acciones concretas, es fundamental trabajar en las policías y los organismos que aseguran el orden público, pero también el intervenir con acciones políticas e institucionales de mayor envergadura. Así como Reagan redujo el gasto para concentrar recursos en defensa y dejar de hipotecar a las futuras generaciones, se hace necesario en nuestro país el reducir el gasto y aumentar la eficiencia para financiar una agenda social más robusta y completa. Fusionar ministerios y regiones, reducir la nómina de empleados públicos y modernizar al Estado son cosas que pondrían más recursos a disposición de los más necesitados a la vez que sería recibido por la ciudadanía como un esfuerzo real y una transformación radical del Estado.

En cuanto a la dimensión moral, se necesitan buenos comunicadores que denuncien, con genuina convicción y con vocación democrática, cada uno de los elementos que hacen inválida a la violencia, mientras se rebaten cada uno de los argumentos de quienes buscan justificar o matizar su ejercicio en una sociedad que respeta las libertades individuales de sus ciudadanos. Aquí, siguiendo los ejemplos de Churchill y Reagan, es importante dejar de lado las concesiones que en lugar de mantener la paz, son fuente de inspiración o constituyen una victoria en cuanto a tiempo, para la institucionalización o permanencia de la violencia en democracia.

Para volver a llevar al país a un camino de entendimiento, progreso y honestidad política, se deben dejar de lado las concesiones sin resultados, denunciar las inmoralidades y tomar acciones eficaces e innovadoras para transformar la realidad de los chilenos.