El nacimiento de Auschwitz – El Líbero

El 14 de junio de 1940 llegaron los primeros prisioneros al campo de concentración de Auschwitz, campo de concentración que se había comenzado a construir el mes anterior. Para entonces el régimen nazi tenía una alianza con la comunista Unión Soviética, obtenía triunfos importantes en Occidente –como mostraba la batalla de Francia– y todavía no existía una definición global sobre qué hacer respecto de los judíos, enemigo declarado y omnipresente del nazismo, y sobre quienes se había desatado una campaña sistemática de persecución y ataques, que incluían desde la prensa del odio hasta la Noche de los Cristales Rotos, pasando por las Leyes de Núremberg.

A fines de 1939, Joseph Goebbels, amigo y propagandista principal de Adolf Hitler, reflexionaba en su Diario sobre su propia repulsión contra los judíos: “Ya no son hombres, son animales. Por eso no se trata de una tarea humanitaria, sino quirúrgica. Debemos practicar aquí una incisión, y una absolutamente radical. Si no, Europa morirá por la enfermedad judía”. Posteriormente Himmler habló de aplicar una “disciplina de hierro” contra esos enemigos que “empuercan la moralidad”, e incluso se discutía si enviarlos a África para que construyeran su propio Estado en Magadascar, bajo control alemán. Las cosas comenzaron a cambiar en 1940.

La construcción del nuevo campo de concentración se realizó bajo el liderazgo de Rudolf Höss. Este narró su experiencia en Yo, comandante de Auschhwitz (Barcelona, Ediciones B, 2009), donde confesaría haber recibido la orden de “destruir las bases biológicas de la judería” de parte de Heinrich Himmler, por lo que era necesario que “mientras dure la guerra, todos los judíos a los que podamos echar mano deben ser aniquilados”. Era 1941, y con ello quedaba desatado el carácter genocida del régimen nacionalsocialista.

Höss había adquirido experiencia en el campo de Dachau, desde donde importó la frase que sería amargamente célebre en Auschwitz: “El trabajo os hará libres”, otra cruel ironía que quedaría grabada para la historia. Durante el juicio de Núremberg, en abril de 1946, Höss fue interrogado sobre su dirección en el campo de concentración, ocasión en que mantuvo un espeluznante diálogo con el doctor Kauffmann. Tras confirmar que había dirigido Auschwitz entre 1940 y 1943, el interrogatorio prosiguió casi burocráticamente: “Y durante ese tiempo, cientos de miles de seres humanos fueron enviados a morir ahí. ¿Es cierto? -Sí, fue la escueta respuesta. ¿Es cierto que ni siquiera usted mismo tomó notas sobre el número de víctimas porque se lo habían prohibido? -Sí, es cierto. ¿Es cierto, asimismo, que solamente un hombre, Eichman, tenía notas sobre esa cuestión, y que él era el encargado de organizar y reunir aquellas personas? -Sí. ¿Es cierto, además, que Eichman le dijo que, en Auschwitz, habían destruido a un total de más de dos millones de judíos? -Sí. ¿Hombres, mujeres y niños? -Sí…” (en James Owen, Numemberg. El mayor juicio de la historia, Barcelona, Crítica, 2007). Y así el juicio seguía y el acusado repetía sus respuestas de manera mecánica, transparente e insensible, como lo haría en sus memorias sobre la jefatura del campo de concentración más emblemático del régimen nacionalsocialista.

Aunque han pasado ya ochenta años, el significado histórico y el legado de Auschwitz continúan vivos en la cultura europea y mundial. Habitualmente hay un recuerdo especial por el genocidio mismo y por la etapa de la liberación, a comienzos de 1945, mientras queda más oscurecida u olvidada la elaboración del proyecto de solución final y la construcción de los campos de concentración y de exterminio, que comenzaron la tragedia que pocos imaginaron en un comienzo. Los nombres son muchos: Dachau y Treblinka, Sobibor y Belzec, Chelmno y ciertamente Auschwitz, entre otros. Este último estaba conformado por Auschwitz I y II (Birkenau), y contaba con otra serie de campos laterales.

El libro reciente de Florent Brayard resume adecuadamente el significado histórico y simbólico del campo de concentración: “Auschwitz se ha erigido en símbolo de esa política genocida en la conciencia colectiva. Y con razón, porque Auschwitz fue efectivamente el lugar en el que se concretó el carácter sistemático del asesinato. Desde sus inicios, la vocación del campo era plenamente europea. Los convoyes tenían que llegar de todo el continente para ‘tratar’ a un número tan enorme de víctimas que se planificaron y construyeron instalaciones de gasificación y de cremación de dimensiones industriales. Auschwitz era la herramienta de la ‘solución final’” (Auschwitz: Investigación sobre un complot nazi, Barcelona, Arpa, 2019).

Como suele ocurrir en la historia, del mal de Auschwitz surgió una gran riqueza humana y un legado cultural, espiritual, literario e histórico de un valor perenne. Es decir, emergieron algunos bienes impensados y quizá impensables en medio del sufrimiento, el abuso y el exterminio. El siquiatra Viktor Frankl, quien antes también había estado en Theresienstadt, sobrevivió y expresó su experiencia en su notable libro El hombre en busca de sentido (varias ediciones). Primo Levi, que en su origen había estudiado Química, se convirtió en un destacado escritor tras su tiempo en el campo de concentración, que inspiró su conocida Trilogía de Auschwitz, que incluye Si esto es un hombreLa tregua y Los hundidos y los salvados (Ediciones Península, 2015). En la misma línea se inscribe algunos de los libros de Imre Kertész, nacidos del drama de los campos de concentración, varios de ellos publicados por Acantilado. A todos ellos podemos agregar los casos emblemáticos de Edith Stein, posteriormente declarada santa, y de Maximiliano María Kolbe, quien ofreció su vida en lugar de otro prisionero.

Este 14 de junio pocos recordarán este nuevo aniversario de la llegada de prisioneros polacos a Auschwitz. En la lógica de la Segunda Guerra Mundial los ojos estaban puestos en Francia, a punto de capitular, o en Inglaterra, decidida a combatir hasta el final, aunque fuera sola, frente a la amenaza de la tiranía nacionalsocialista, que en ese momento podía ufanarse de estar avanzando hacia una victoria que nada ni nadie podrían detener. Sin embargo, la historia es veleidosa y, si por un lado logró avanzar el proceso de campos de concentración y el exterminio de los judíos, por otro lado el mismo Hitler comenzaría a provocar su propia derrota al mantener la guerra en dos frentes. Eran las contradicciones de una guerra terrible y novedosa en muchos sentidos, sobre la que vale la pena volver.