El trabajo, prioridad frente a la crisis y la recuperación – El Líbero

El 1° de mayo se conmemora en todo el mundo el Día Internacional del Trabajo. Como muchas cosas en este 2020, la fiesta tendrá un tono muy distinto, propio de la época del coronavirus: millones de personas estarán en sus casas, confinados por la enfermedad; otros tantos estarán despidiendo a sus familiares y amigos muertos, quizá a la distancia; también son numerosos los que enfrentarán sus primeras semanas sin trabajo. Son los dramas de estos tiempos.

Efectivamente, uno de los efectos más dolorosos de la crisis provocada por el coronavirus es que trajo aparejada una crisis económica y social de enormes proporciones, como muestran las proyecciones de la caída del PIB para el 2020. Entre las consecuencias más graves se encuentra el aumento dramático del desempleo en Europa, Estados Unidos y América Latina, con efectos sociales que se han comenzado a ver con crudeza, a pesar del esfuerzo de los gobiernos y las redes de solidaridad social. Los muertos por el COVID-19 ya superan las 200 mil personas en todo el mundo, y en Estados Unidos –por lejos el país más afectado– se acercan a las 60 mil.

En materia de pérdida de empleos, las cifras son impresionantes, con tasas que bordean el 20% de cesantía en algunos países. En España solo en marzo hubo 900 mil afiliados menos a la Seguridad Social, produciéndose un desplome en el empleo, con cifras que subirán desde el 13,7% de desempleo el 2019 a casi el 22% en el presente año. En Estados Unidos la crisis ha dejado a 26 millones de personas sin trabajo, record que estará acompañado de una caída del producto que empieza a alejar los escenarios más optimistas de recuperación. En América Latina se calcula la pérdida de unos 195 millones de empleos, lo que llevará (o devolverá) a la pobreza a unas 30 millones de personas. En el caso específico de Chile, ya han perdido su trabajo más de 300 mil personas en el último mes y medio, y el presidente Sebastián Piñera sostuvo en una entrevista reciente que pronto el país llegará a tener más de un millón de desempleados.

Desde el punto de vista histórico, probablemente la comparación que ha estado en la palestra en los últimos días con mayor claridad es la crisis de 1929, cuyos efectos políticos, económicos y sociales fueron devastadores. También podemos mirar un poco más cerca, a comienzos de la década de 1980, que muchos recordarán que significó una crisis de gran magnitud, de la que muchos países tardaron tiempo en recuperarse. Sin embargo, todo indica que la situación actual es diferente, más grave y difícil de enfrentar, mucho más compleja en sus características y universal en su extensión.

La mayor complejidad es doble. Por una parte, porque está directamente en juego la vida humana; no se trata simplemente de una crisis financiera, o de deuda externa o de algún problema estrictamente económico. Por lo mismo, la irresponsabilidad de los estados o la frivolidad de los gobernantes podrían llevar a la muerte a decenas de miles de personas. Por otra parte, tomar decisiones que protejan la vida –como mantener el distanciamiento social y otras– provoca necesariamente la disminución o paralización de actividades productivas, del comercio y el turismo, de la construcción o algunos servicios, lo que rápidamente se traduce en la detención de las actividades normales de las empresas y en la pérdida de los empleos.

Como resulta casi obvio, optar por la vida y por una concepción humanista en materia social ha sido una decisión acertada. Los gobiernos que llegaron tarde o actuaron con incompetencia tuvieron como resultados más muertes en sus países; los que apostaron con simpleza o materialismo por “cuidar la economía” a la larga tuvieron que paralizar de igual manera muchas actividades sin lograr detener la expansión del coronavirus, precisamente por su intento de no afectar la producción. Lamentablemente, como en otras oportunidades en la historia, estamos frente a uno de esos problemas en los cuales van a existir siempre resultados negativos. Con tristeza pero con transparencia debemos reconocer que van a haber muchos enfermos, muertos y sistemas de salud colapsados (en diversos países, con modelos también distintos); también existirá una bancarrota de empresas y pérdida de empleos; con pena comprobaremos que seremos más pobres que antes. No podemos descartar, por otro lado, el resurgimiento de crisis sociales o políticas, que podrían agravar aún más la situación en diversas naciones.

Necesitamos volver a poner el trabajo en el centro de los problemas sociales actuales, para enfrentar la crisis y luego para salir de ella fortalecidos.

Sergio Bitar y Daniel Zovatto señalaron hace poco que “momentos excepcionales exigen respuestas excepcionales”, en su completo análisis “El impacto del coronavirus en el futuro de América Latina” (IDEA, 2 de abril de 2020). Reafirman una tesis que se ha ido imponiendo: es necesario reducir al máximo el número de muertes y evitar “al mismo tiempo y hasta donde se pueda, una crisis económica, financiera y social devastadora”. A su vez destacan la importancia de la aplicación de políticas contra cíclicas por parte de los gobiernos, lo que implica una importante inyección de recursos para impedir la extensión de la cadena de paralización, quiebras y despidos.

Hace algunas semanas The Economist afirmaba que algún desempleo y quiebras eran un precio digno de pagar, para luego preguntarse, ¿pero cuánto? No cabe duda que los organismos internacionales, los gobiernos, las universidades y el sector productivo deben estar pensando en estos momentos cómo dar esta batalla contra el coronavirus, con el menor costo humano posible. Y esto significa dos cosas: en primer lugar, un tratamiento de salud adecuado, que limite los contagios y las muertes; en segundo lugar, la puesta en práctica de políticas públicas bien pensadas, que permitan enfrentar la crisis en materia económica y social, recuperar la vida normal en cuanto ello sea posible y, con prioridad, recuperar los empleos y permitir que la gente viva mejor.

Hoy son muchas las mujeres y hombres del mundo que no tienen trabajo, que lo han perdido recientemente y que ven el futuro negro, paralizado. Y las cifras seguirán aumentando al menos por algún tiempo. Es necesario que los gobiernos ofrezcan reales posibilidades de recuperación de la actividad económica y social, que facilite una rápida reinserción laboral, de manera de que las personas no sigan viviendo de los recursos estatales, que son escasos y cuyos aportes están en general muy por debajo de los salarios. El trabajo debe ser la prioridad de los gobiernos, de las empresas, de la sociedad en su conjunto. Y esto exigirá creatividad y decisiones, quizá bajar trabas impositivas o reorganizar los estados sobredimensionados en sus actividades y tamaño; fomentar el emprendimiento, que permita dinamizar la economía; generar una cultura de colaboración (y no de lucha de clases), que permita a las empresas, a los inversionistas, emprendedores y trabajadores salir adelante en esta nueva etapa, pues todos fueron perjudicados durante la crisis.

Necesitamos que ningún talento se pierda, que todos contribuyan con sus capacidades a formar una sociedad mejor, que cada uno pueda llevar un legítimo sustento a sus hogares. Juan Pablo II, en su notable encíclica Laborem Exercens(1981), recordaba que el trabajo es el centro de la cuestión social, que a través de él las personas deben procurarse su pan cotidiano, “contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos”. Cuando estuvo en Chile, dedicó una reflexión especial a este tema en su discurso en la CEPAL (3 de abril de 1987), refiriéndose al círculo virtuoso que genera la creación de empleo y el desarrollo económico. En la ocasión agregó: “Permitidme, sin embargo, que insista en la razón profundamente moral de esta prioridad del máximo empleo. Los subsidios de vivienda, nutrición, salud, etc., otorgados al más indigente, le son del todo indispensables, pero él, podríamos decir, no es el actor, en esta acción de asistencia, ciertamente loable. Ofrecerle trabajo, en cambio, es mover el resorte esencial de su actividad humana, en virtud de la cual el trabajador se adueña de su destino, se integra en la sociedad entera, e incluso recibe aquellas otras ayudas no como limosna sino, en cierta manera, como el fruto vivo y personal de su propio esfuerzo”. El mensaje terminaba recordando el valor de “las causas morales de la prosperidad”, que bien valdría la pena tener en cuenta desde ahora en adelante.

Necesitamos volver a poner el trabajo en el centro de los problemas sociales actuales, para enfrentar la crisis y luego para salir de ella fortalecidos. Este 1° de mayo será distinto, pero nos debería servir para pensar seriamente en el futuro próximo, y para que los gobiernos y la sociedad civil se comprometan en el camino que nos sacará de la crisis.