Muerte digna y manejo compasivo: los dilemas éticos tras la pandemia -El Líbero

Desde que se constató el primer fallecimiento por Covid-19 en nuestro país el pasado 21 de marzo, varios han sido los debates que han surgido en torno al desempeño que tanto el gobierno como los especialistas han tenido en la materia. Junto con esto han reflotado algunos temas que parecían olvidados en el debate legislativo: eutanasia y cuidados paliativos. Lo mismo ocurre en el panorama internacional, donde la magnitud de la crisis ha obligado a poner estos tópicos nuevamente sobre la palestra.

Pese a que el escenario es complejo –tanto en términos sanitarios como económicos–, nos encontramos frente a una especial oportunidad de transparentar el debate, de acercar la praxis médica a la ciudadanía, y de pasada, desmitificar cuanto se ha dicho respecto de conceptos como la eutanasia, la adecuación terapéutica o los cuidados paliativos.

Perplejidad y –acto seguido– un gran debate causó la declaración del ministro Jaime Mañalich, en que se afirmaba que la primera persona fallecida recibió –por acuerdo de la familia y el equipo médico– un “manejo compasivo”. El debate en las redes sociales asoció erróneamente este concepto con la eutanasia y el dejar morir. Algunos más radicales incluso aludieron que el Estado habría cometido homicidio. Lo cierto es que estos conceptos no son sinónimos, y el actual escenario resulta propicio para aportar en la aclaración de los términos, pues sabemos que el lenguaje ejerce un importante impacto en las personas, y un buen manejo de la crisis, depende también de este factor.

El manejo compasivo, entonces, va en la línea de aquellas estrategias terapéuticas que buscan otorgar la mayor dignidad posible al final de la vida de una persona; se trata de una adecuación que se estipula previo acuerdo de la familia con el equipo médico, para poner un “techo terapéutico” a quien se encuentra en una desmejorada condición de salud, y que no tiene expectativas reales de mejora. Es una práctica médica frecuente, que no distingue edad ni condiciones socio-económicas, se aplica en centro asistenciales públicos y privados, pues si de dignificar la muerte se trata, no hay condición que justifique discriminar arbitrariamente en este sentido.

Lo que sucedió con el primer fallecido, ocurrió también con varios de los posteriores decesos –y por cierto seguirá sucediendo–, lo que refuerza la idea de que no se trata de una situación extraordinaria. Mucho menos existe una intencionalidad estatal por inducir la muerte de sus ciudadanos. Lo central del manejo compasivo es no prolongar artificialmente una vida mediante medios extraordinarios y desproporcionados, pues lejos de dignificar la muerte, estos ponen a la persona en condiciones inhumanas.

Adecuar los tratamientos a las condiciones del paciente, es reconocer lo más humano que existe en el hombre –su finitud– y al mismo tiempo dejar de lado lo más dañino que hay en las personas –el egoísmo y apego excesivo–.

Esta crisis nos enfrentará no solo a complicaciones de carácter sanitario y económico, que suelen ser las más visibles, sino también a algunos de los mayores dilemas morales que podríamos imaginar: decidir a quién salvar (el famoso “dilema de la última cama”), distribución de recursos, y experimentación biomédica de tratamientos cuya eficacia no está lo suficientemente comprobada. Es por ello que debemos estar preparados no solo para afrontar estos dilemas éticos, sino para poder sacar lo mejor de nuestra naturaleza humana, actuando con responsabilidad y solidaridad.