Perpetuando la injusticia – El Líbero

Desde el comienzo de la “revolución de octubre” se han liderado una serie de iniciativas encaminadas a superar la crisis de desigualdad e injusticia que azota nuestro país. A estas subyace la idea de que mediante la presión ejercida por la violencia, se generan cambios reales y con efectos visualizables en el corto plazo.

Llama la atención que las acciones que se han legitimado amparadas en esta visión generen el efecto exactamente contrario: perpetuar la injusticia y en algunos casos, la desigualdad. Es paradójico que, reconociendo las dificultades de algunos grupos para optar a una verdadera igualdad de oportunidades, estos tengan que enfrentar obstáculos y dificultades adicionales a las que –natural o socialmente– ya poseen.

Uno de los ejemplos más ilustrativos de esta problemática, y consecuencia silenciosa de la “revolución”, es la dificultad que tendrán las personas en situación de discapacidad para desplazarse por las zonas afectadas. Basta un breve recorrido por las calles aledañas a la plaza Baquedano –centro neurálgico de las manifestaciones– para dar cuenta de las verdaderas “canteras” en que se han transformado las veredas del sector. A una persona con dificultades en su desplazamiento le resultará imposible movilizarse por dicho lugar. Este es solo uno de los efectos silenciosos de esta autoproclamada lucha por la igualdad y justicia, que paradójicamente avanza en el sentido contrario.

El boicot a la PSU, la pérdida de bancos, farmacias y supermercados en sectores vulnerables son más ejemplos que van en la misma línea de profundización de la injusticia. Un año adicional de preuniversitario no presupuestado para una familia con bajos recursos, mayor tiempo de transporte o traslados más largos para comprar víveres o servicios básicos son algunas de las consecuencias que terminan por transformarse en un obstáculo adicional a los que estos grupos sociales ya deben enfrentarse al momento de querer mejorar sus condiciones de vida.

Resulta comprensible que toda coyuntura histórico-social pueda inevitablemente tener consecuencias indeseadas para la población. Se trata de los efectos propios de cualquier operación costo-beneficio, pues sería utópico pensar que en la política o en las acciones lideradas por los nuevos actores sociales podrían conseguirse resultados de suma cero, pues las relaciones humanas no operan bajo esta lógica.

Ahora bien, si en las actuales manifestaciones sigue predominando la violencia como herramienta de cambio, solo terminarán por profundizarse y perpetuarse aquellas injusticias que tanto se dicen combatir, y que han sido el estandarte de la lucha social que hoy se apodera de la palestra nacional.