Sudamérica, epicentro del coronavirus – El Líbero

La Organización Mundial de la Salud ha dado un grito de alerta doloroso pero real: “En cierto sentido, Sudamérica se ha convertido en un nuevo epicentro de la enfermedad”. El director del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, Michael Ryan, agregó al respecto: “Hay mucha preocupación en torno a Sudamérica, pero claramente el más afectado es Brasil”. El problema del coronavirus, en un principio mirado con distancia, se ha instalado en la región, que hoy presenta elevados números de contagios y cifras crecientes de muertes.

Actualmente –con datos al 23 de mayo– los contagiados ya se acercan a los 700 mil, mientras los fallecidos superan las 30 mil personas en la región. Sin duda el caso más dramático es el de Brasil, que tiene más de 300 mil contagiados y con sobre los 20 mil muertos. También se han visto escenas lamentables en Ecuador, donde los cadáveres se encontraban en las casas o en las calles sin que fueran recogidos oportunamente, mientras otros países han actuado en una mezcla de pavor, falta de conocimientos y dificultades objetivas para enfrentar el problema.

Como suele ocurrir en este tipo de circunstancias, el coronavirus no es simplemente un asunto sanitario, aunque tenga en graves dificultades a los sistemas de salud, incapacitados para responder  a una pandemia de características imprevisibles. El tema en América Latina en general es la inmensa proyección social que tiene una crisis de esta naturaleza, que necesariamente se extiende hacia otras dimensiones que contribuyen a agravar la situación, provocando consecuencias que generan un verdadero círculo vicioso cuyos resultados ya hemos comenzado a ver, y cuyas lamentables consecuencias continuarán empeorando con el paso de las semanas.

Como se ha presentado de manera cada vez más clara, el mayor conflicto se produce en torno a la necesidad de cuidar la vida y la salud de las personas, que sin duda debe ser la prioridad de los gobiernos y las sociedad, que contrasta con la detención radical del aparato productivo, que ha afectado a las diferentes naciones, generando problemas sociales también dramáticos. Chile vive una cuarentena casi total en la Región Metropolitana, el presidente Martín Vizcarra extendió el confinamiento hasta el 30 de junio en Perú, en tanto Argentina podría llegar a tener la cuarentena más larga del mundo dentro de poco, superando incluso la de Wuhan, que llegó a 76 días. Solamente Uruguay parece al margen del drama que viven los distintos países sudamericanos. El caso más complicado, sin lugar a dudas, es el de Brasil.

Es posible que dentro de todo el 2020 tengamos, finalmente, una verdadera crisis múltiple.

Desde el primer minuto el presidente Jair Bolsonaro despreció el peligro de la enfermedad, e incluso se burló de su posible gravedad –señaló que era una simple “gripezinha”–, irresponsabilidad en la que solo es comparable al mexicano Andrés Manuel López Obrador, entre los gobiernos latinoamericanos. Adicionalmente participó en actos públicos, saludó a sus partidarios, minimizando los riesgos y dando señales equívocas a la población. Brasil se transformó en una sociedad sin aislamiento social, con división entre sus autoridades, e incluso marcada por la renuncia de dos ministros de Salud en este periodo. El resultado está a la vista y la proyección de contagiados y muertos (más de mil al día) es lamentable.

A los problemas propiamente gubernativos se suman otros de carácter social o cultural. En muchos países el cumplimiento de las medidas de confinamiento no ha sido el previsto por las autoridades, lo que ha significado alzas de contagios a pesar de las cuarentenas decretadas. Además, con la expansión de la enfermedad ha quedado expuesto otro factor: la precariedad de los sistemas de salud en la mayoría de los países sudamericanos. Esta situación podría agravarse durante las semanas en que el continente continúe siendo el epicentro de la pandemia.

Por otro lado, además del grave tema sanitario, existen otros tres problemas que tarde o temprano van terminar por generar distintos tipos de conflictos en la región: la crisis económica y la crisis social, a las que se va a sumar necesariamente una proyección de dificultades políticas, cuyas expresiones más peligrosas están por verse todavía. De esta manera, es posible que dentro de todo el 2020 tengamos, finalmente, una verdadera crisis múltiple, y sin contar con una institucionalidad como la de Europa, que permita coordinar esfuerzos y amortiguar las consecuencias más negativas de los periodos de mayores riesgos.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) sostiene que América Latina tendrá una caída del PIB sobre el 5% este 2020, análisis compartido por el Banco Mundial, que se ubica en la línea más pesimista. La CEPAL estima una contracción del 5,3%, de una magnitud comparable a la crisis de 1929: “Los efectos del COVID-19 generarán la recesión más grande que ha sufrido la región desde 1914 y 1930. Se prevé un fuerte aumento del desempleo con efectos negativos en pobreza y desigualdad”, en palabras de Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva del organismo. En otras palabras, al mediocre crecimiento de los últimos años se sumará ahora una situación más grave aún, que ya se ha manifestado en la paralización de la actividad productiva, en la pérdida de unos 14 millones de empleos en América Latina y el Caribe, de acuerdo a las proyecciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Economistas de Goldman Sachs, han afirmado recientemente que Chile será la única economía de AL –cuya proyección de contracción han rebajado al 7,6%– que se recuperará por completo antes del 2022 (Diario Financiero, 20 de mayo de 2020).

Enfrentar adecuadamente la crisis del coronavirus es una gran oportunidad para los regímenes democráticos de la región, que son mayoría.

Como consecuencia emerge la segunda crisis, de carácter social, que ya ha comenzado a divisarse en distintos lugares del continente y que todavía no entra en su fase más grave. La situación la resumió de manera dramática Julio Berdegué, representante regional de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO): “Vamos a tener un retroceso histórico en la lucha contra el hambre… Lo que quiero decir es que en nuestra opinión en este momento es que en América Latina el hambre está a la vuelta de la esquina” (El Mercurio, 23 de mayo de 2020). Una lucha en la que el continente había avanzando mucho en las últimas décadas, hoy presenta su mayor regresión, que debe ser enfrentada con decisión y genuino sentido de urgencia.

Todo esto nos lleva al tercer aspecto, que es de carácter político. La institucionalidad en América Latina todavía no es suficientemente sólida y las democracias han vivido años de retroceso en la aprobación ciudadana, con síntomas de desconfianza y signos de descomposición. Enfrentar adecuadamente la crisis del coronavirus es una gran oportunidad para los regímenes democráticos de la región, que son mayoría. Sin embargo, también hay un riesgo evidente de fracaso en la administración del conflicto, de llegar tarde o hacerlo mal, de irrupción de crisis sociales abiertamente sediciosas o mal manejadas, de incapacidad o inefectividad para resolver progresivamente la crisis sanitaria, encabezar la recuperación económica y atacar de raíz la crisis social. Adicionalmente, tomar malas medidas hoy tendrán consecuencias funestas en los meses siguientes, porque todo está entrelazado tanto en sus buenas acciones como en sus malas resoluciones.

América Latina vive un momento especial, como otros en su historia. Los países pueden marchar en las próximas semanas o meses en las más diversas direcciones y seguramente no todos tendrán los mismos resultados. En esta hora se requieren gobiernos efectivos y capaces de comunicar adecuadamente los desafíos que enfrentan los países; a su vez será necesario contar con sociedades conscientes y solidarias, que comprendan los problemas y logren superar la situación con espíritu de colaboración y no de división. Finalmente, se necesita una particular intuición para comprender los problemas múltiples que hay en el camino, ser capaces de jerarquizarlos adecuadamente y obrar en consecuencia, con rapidez, inteligencia y buenos resultados. Chile no está ajeno a estos desafíos, a los que suma los temas pendientes de la revolución de octubre de 2019, del proceso constituyente interrumpido y de los procesos electorales que se vendrán en cascada en el próximo año y medio.