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OPINIÓN

Ronald Reagan, Presidente 40º de los Estados Unidos (1981-1989)

Hace exactamente 40 años, el 20 de enero de 1981, asumió Ronald Reagan como Presidente de Estados Unidos, después de un periodo de gobierno demócrata liderado por Jimmy Carter. A la larga, Reagan conduciría a la superpotencia durante dos periodos decisivos en la historia de su país y del mundo, en los años finales de la Guerra Fría y en un contexto en el cual las ideas conservadoras que él representaba estaban logrando éxitos decisivos en Europa, bajo el liderazgo de Margaret Thatcher, elegida Primera Ministra de Gran Bretaña en 1979.

Reagan había sido actor y era un gran comunicador; muchos lo minusvaloraron y pensaban que no era una amenaza política real; su ascenso en las filas del Partido Republicano no fue lineal, sino que tuvo que sortear escollos y demostrar en los hechos que, efectivamente, podía liderar una nueva etapa en los Estados Unidos, tal como había encabezado un cambio en California durante el gobierno de este estado.

El 20 de enero de 1981 se acabaron las campañas y los debates, cesaron las predicciones y los análisis electorales interesados: había comenzado la era Reagan.

El nacimiento de un líder político

Reagan nació el 6 de febrero de 1911 en Tampico, Illinois. Sus padres fueron John Reagan, cuyo origen era de familia irlandesa católica, y Nelle Wilson, de la Iglesia Cristiana.

Tuvo aprecio por la lectura desde niño, si bien no era ni de lejos un intelectual ni un gran estudiante, sino que era más bien un hombre de acción. De hecho, desde los 15 años trabajó como salvavidas, llegando a salvar a 77 personas. En esos años también fue Presidente de los estudiantes de su Escuela Secundaria, lo que mostraba su incipiente liderazgo. Finalmente, ingresó a estudiar a Eureka College, de Illinois.

En los años 30 –difíciles para Estados Unidos después de la crisis económica de 1929– decidió ingresar al Partido Demócrata, influenciado por la admiración que tenía hacia Franklin D. Roosevelt. En el plano profesional, desarrolló una carrera cinematográfica bastante intensa, y llegó a filmar más de 400 películas, sin ser una figura principal en el mundo del cine. Además fue dirigente del Sindicato de Actores y mostró una de las características que lo definirían de por vida: su anticomunismo. Reagan rechazaba la influencia de los comunistas en los paros y en los sindicatos.

Por esos años hizo una lectura decisiva para su vida: el libro Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek. Es una obra que el intelectual austriaco dedica “a los socialistas de todos los partidos”, en la convicción de que en todas partes hay personas dedicadas a hacer crecer el Estado y a dificultar la expansión de la capacidad emprendedora y la creación de riqueza. La influencia de esta obra tendría largo alcance en el futuro líder norteamericano.

A mediados de siglo ya se puede notar un cambio en sus percepciones políticas y un anticipo de sus futuras decisiones: en 1952 formó parte de Demócratas por Eisenhower, en tanto en 1960 participó de los Demócratas por Nixon. Finalmente, decidió sumarse al Partido Republicano, que representaba entonces mejor sus ideas, en un momento en que los demócratas parecían representar el futuro, bajo el liderazgo de John F. Kennedy.

En 1964 Reagan apoyó la campaña de Barry Goldwater a la Presidencia de los Estados Unidos, cuyas consecuencias serían decisivas para el naciente movimiento conservador norteamericano. Goldwater había escrito el libro The Conscience of a Conservative (1960), que vendió más de tres millones de copias entre su publicación y la elección presidencial, permitiendo que se convirtiera en una figura política nacional y, ciertamente, facilitando su candidatura. Como dice Lee Edwards, “es un moderno clásico norteamericano”, y se convirtió en “el primer candidato presidencial ideológico” (en “Tres figuras claves del movimiento conservador norteamericano”, Estudios Públicos, N° 23, 1986).

Por su parte, Reagan estimaba que existía un centralismo y excesivo cobro de impuestos, si bien Estados Unidos no había caído en las expropiaciones de otros países, lo cual permitió resumir el sentido de los comicios de 1964 de la siguiente manera: “Ese es el asunto de estas elecciones: si creemos en nuestra capacidad para el autogobierno o si abandonamos la Revolución Americana y confesamos que una pequeña élite intelectual en una capital distante puede planear nuestras vidas por nosotros mejor de lo que nosotros mismos podemos hacerlo”. Finalmente, Goldwater fue derrotado, iniciándose una segunda administración demócrata, bajo Lyndon Johnson.

Desde entonces, Reagan se dedicó a la vida política activa, y en 1967 fue elegido como Gobernador de California. Esto, en alguna medida, resultaba contraintuitivo: desde las universidades del extremo oeste habían irrumpido numerosas protestas contra el establishment, por los derechos civiles de la población negra, contra la guerra de Vietnam y otras manifestaciones contestatarias. En cualquier caso, Reagan logró el 56% contra el gobernador en ejercicio, luego bajó rápidamente los costos de la administración, lo que a su vez le permitió reducir los impuestos, llegando a la inédita fórmula de devolver dinero a los contribuyentes: además logró instalar la idea de que para reducir el gasto fiscal también era necesario limitar los impuestos. Eso le permitió no solo ser reelegido, sino transformarse en una figura nacional. Como resume Álvaro Iriarte en su valiosa biografía Ronald Reagan. Ideas y acción política (Santiago, Instituto Res Publica, 2019), “sus credenciales como líder republicano era sólida, y tenía la convicción que se podía cambiar el rumbo de los Estados Unidos, para volver a disfrutar de una posición de respeto en el concierto internacional y de progreso en materia nacional”.

De esta manera se inició el camino de Reagan hacia el gobierno de los Estados Unidos.

En la Casa Blanca

En 1976 Ronald Reagan intentó su primera candidatura hacia la Casa Blanca por el Partido Republicano, pero finalmente resultó elegido Gerald Ford, si bien por una diferencia estrecha.

Ford fue derrotado en la elección por Jimmy Carter, lo que permitió a Reagan convertirse en el líder del movimiento conservador norteamericano, y previsible candidato presidencial para las elecciones de 1980. A esto se sumaba que no solo era un líder relevante, sino que las ideas que habían comenzado a crecer desde 1964 habían ido permeando al electorado republicano. Reagan triunfó en las primarias sobre George H. W. Bush, a quien decidió nominarlo como su candidato a vicepresidente, instalando conceptos como familia, trabajo, comunidad, paz, libertad, propiedad, trato justo y otros que serían recurrentes en los años siguientes.

Carter, quien postulaba a la reelección, debió enfrentar las críticas de Reagan sobre “el malestar”, y apelaba con entusiasmo a restablecer el “Sueño Americano”, frente a una economía deprimida, un excesivo gasto estatal y –en materia internacional– el pesimismo que siguió a la guerra de Vietnam y el mal manejo de la crisis de los rehenes en Irán. Iriarte recuerda algunas frases de Reagan que, de una u otra manera, reaparecían en los debates y en la campaña en general, como cuando se refería irónicamente a ciertas relaciones del Estado con la economía: “Si se mueve, grávala con impuestos. Si continúa moviéndose, regúlala. Y si deja de moverse, subsídiala”. También repetía –medio en broma, medio en serio– que las palabras más peligrosas eran: “Hola, soy el gobierno y estoy aquí para ayudar”.

Finalmente, Ronald Reagan triunfó en la elección del 4 de noviembre de 1980, cuando logró casi 44 millones de votos (51%), frente a los 35 millones de Carter (41%). Hubo otros dos candidatos: Ed Clark, libertario que casi llegó al millón de votos, y el independiente John Anderson, que se acercó a los 6 millones. En cuanto a los electores, Reagan triunfó en 44 estados, y Carter solo en 6 (489 votos del colegio electoral contra 49). Era el comienzo de la era Reagan, que tendría su primer día de gobierno el 20 de enero de 1981.

En su Discurso Inaugural el nuevo Presidente de los Estados Unidos precisó el sentido de su administración: “El objetivo de este gobierno es una economía sana, vigorosa y creciente que ofrezca igualdad de oportunidades a todos los estadounidenses, sin barreras surgidas de la intolerancia y la discriminación. Que Estados Unidos vuelva a trabajar significa que todos los estadounidenses vuelvan a trabajar. Acabar con la inflación significa liberar a todos los estadunidenses del terror de un costo de la vida descontrolado. Todos debemos ser parte del trabajo productivo de este ‘nuevo comienzo’ y todos debemos compartir la recompensa de una economía recuperada. Con el idealismo y juego limpio que son el núcleo de nuestro sistema y nuestra fortaleza, podemos hacer de Estados Unidos una nación fuerte y próspera, en paz consigo misma y con el mundo”.

En sus palabras y en su imagen, el nuevo gobernante mostraba optimismo, esperanza, sentido de futuro, confianza en el pueblo norteamericano y en su programa de gobierno. Estaba convencido de que las soluciones a los problemas no vendrían del Estado, aunque este debía ofrecer oportunidades y fomentar la productividad. En una curiosa contradicción, en medio de la efervescencia inicial y en un clima cultural que comenzaba a ser favorable a nivel internacional, el 30 de marzo Reagan recibió un balazo a la salida del Hotel Hilton, en Washington DC, y fue conducido al Hospital de la Universidad George Washington, hacia donde ingresó caminando, e incluso le dijo a la enfermera que tenía problemas para respirar, tras lo cual se desmayó y fue ingresado a urgencia. Entonces tenía 70 años recién cumplidos, pero finalmente superó la prueba y siguió gobernando por dos periodos.

En el plano interno, Reagan adoptó algunos conceptos de la economía de la oferta, como el control del gasto público y desregulación de los mercados, coincidente con el pensamiento del movimiento conservador. De hecho, desde el primer año hubo una gran reducción de impuestos; con el tiempo disminuyó la inflación y se inició un crecimiento histórico destacado. En otro plano, hubo un aumento del gasto en defensa. Por otra parte, también se inició lo que se ha llamado la “revolución conservadora”, que tenía como uno de sus ejes la defensa de la Constitución. En esta línea, en 1981 nombró a la primera mujer, Sandra Day O’Connor, como magistrado de la Corte Suprema: el objetivo era detener el activismo de los jueces liberales y hacer respetar la carta fundamental. En otro tema cultural relevante, como era el aborto, Reagan estimaba que estaban en riesgo millones de vidas humanas, y se comprometió en la causa provida, restringió los fondos para la práctica abortiva e incluso publicó el libro Aborto y la conciencia de la nación.

Paralelamente, como veremos, Estados Unidos enfrentaba un escenario internacional incierto, en el contexto de una duradera Guerra Fría, que había marcado al mundo por décadas. Asimismo el Presidente debía enfrentar el desafío de su reelección, en 1984, cuando enfrentó al demócrata Walter Mondale: la victoria republicana fue impresionante, pues Reagan no solo obtuvo 49 de los 50 estados, sino que también logró 54 millones de votos –diez millones más que en su primera elección– frente a los 37 millones de su contendor (lo que significaba el 58,7% contra el 40,5%).

Con ello debía comenzar su segundo periodo, y concluir también otras tareas, como los que se presentaban en el ámbito internacional, que eran particularmente desafiantes.

A ganar la Guerra Fría

La Unión Soviética había comenzado la década de 1980 con variados problemas, representados por un régimen gastado, gobernados por una gerontocracia poco creativa y que se enfrentaba a un Occidente renovado por los liderazgos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a quienes se sumaba el Papa Juan Pablo II, elegido en 1978. En 1985 asumió Mijail Gorbachov, lo que representó una verdadera revolución en el Kremlin, al iniciar la Perestroika y la Glasnost, procesos que conducirían a una apertura y a cambios que dejarían atrás los años del socialismo real y abrirían paso a la democracia (si bien de muy difícil aplicación).

Nada de eso ocurrió de manera natural, sino que estuvo determinado en buena medida por el deterioro de los regímenes comunistas, por la correlación de fuerzas y también por la actividad decidida de Reagan y Thatcher, tanto en el plano de las ideas como en la acción política. En el caso del líder norteamericano, desde un comienzo dejó muy claro que para él el comunismo no era simplemente un problema de organización política o de modelo económico, sino que encarnaba un aspecto moral fundamental: Estados Unidos no solo enfrentaba a una gran potencia, sino a “un imperio del mal”, como expresó en su discurso del 8 de marzo de 1983 a la Convención Anual de la Asociación Nacional de Evangélicos (reproducido por Álvaro Iriarte en Ronald Reagan. Ideas y acción política). En esa misma ocasión afirmó que el mundo vivía una “crisis espiritual”, y predijo sobre el momento que vivía la Humanidad: “Creo que el comunismo es otro triste y extraño capítulo en la historia de la humanidad cuyas páginas finales ya se están escribiendo.  Creo esto porque la fuente de nuestra fuerza en la búsqueda de la libertad humana no es material sino espiritual”.

Así resume John Lewis Gaddis el sentido de esa intervención, ilustrativo del cambio que representó Reagan en Estados Unidos: “El discurso sobre ‘el imperio del mal’ completó una retórica agresiva diseñada para exponer lo que en opinión del presidente era el error central de la distención: la idea de que la Unión Soviética había cosechado legitimidad geopolítica, económica y moral hasta equipararse con Estados Unidos y el resto de las democracias occidentales en el sistema internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial” (en La Guerra Fría, Barcelona, RBA, 2008).

Pese a ello, Reagan sostuvo tres cumbres con Gorbachov, encuentros que captaban la atención mundial, al reunir a dos figuras decisivas del siglo XX, quienes procuraban poner fin a la Guerra Fría defendiendo sus respectivas convicciones y procurando solucionar por vías pacíficas el grave conflicto que había enfrentado a ambas potencias desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial. Con toda transparencia, durante su visita a la Unión Soviética el Presidente de los Estados Unidos expuso en la Universidad de Moscú sobre las virtudes de la democracia norteamericana, y “recibió una ovación de pie cuando terminó” (citado en William Taubman, Gorbachov. Vida y época, Barcelona, Debate, 2018).

En 12 de junio de 1987 Reagan tuvo otro momento estelar en su desafío al mundo comunista, cuando visitó Berlín. En esa oportunidad, en un discurso ante la Puerta de Brandenburgo, el Presidente norteamericano afirmó: “En la década de los 50, Kruschev predijo: ‘os enterraremos’. Pero en Occidente hoy vemos un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en toda la historia humana. En el mundo comunista vemos fracaso, retraso tecnológico, niveles sanitarios en declive, incluso necesidad del tipo más básico: demasiada poca comida. Incluso hoy, la Unión Soviética no puede alimentarse a sí misma… Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, derribe este muro!” Apenas un par de años después, cuando Reagan ya había dejado la Casa Blanca, el Muro de Berlín fue derribado, anunciando el fin de los regímenes comunistas. El propio Gaddis resume en otra obra que “a principios de 1989 nadie comprendía que la Unión Soviética, su imperio y su ideología –y por tanto la propia Guerra Fría– era un montón de arena a punto de desmoronarse” (en John Lewis Gaddis, La Guerra Fría).

Precisamente el 20 de enero de ese año, Ronald Reagan había dejado el mando, que asumió su vicepresidente George H.  W. Bush. Con sencillez, Reagan escribió en su diario de vida: “George es ahora Presidente y yo soy ex”, agregando que partió en helicóptero hacia una nueva etapa: “el comienzo de nuestra nueva vida” (en The Reagan Diaries, New York, Harper Collins, 2007, editado por Douglas Brinkley).

Retirado a la vida privada, Reagan falleció el 5 de junio de 2004, en un nuevo siglo y con nuevos problemas para su país y el mundo. En cualquier caso, diversos estudios de opinión lo sitúan entre los gobernantes más admirados de los Estados Unidos en toda su historia, después de haber trasformado su vida en su mejor película.