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OPINIÓN

Lecturas transformadoras

Ha pasado un año más, y este 23 de abril hemos celebrado el Día del Libro y la Lectura en circunstancias extraordinarias, como suele ser todo lo que hacemos en este curioso tiempo que nos ha correspondido vivir. Confinados o con movilidad más limitada, ya no existen los grandes eventos culturales y con asistencia masiva que dominaban parte de la vida cultural en las últimas décadas. Por lo mismo, esta vez hemos estado más lejos de las visitas a las librerías o las ferias del libro, sin esos ejemplares de regalo o las conferencias presenciales; hemos debido conformarnos con expresiones a la distancia, compras electrónicas, descuentos por internet, charlas por zoom, recuerdos de libros leídos y sugerencias de lecturas futuras.

Para quienes circulan en torno a este mundo del libro y la lectura –para otros quizá sea más difícil comprenderlo– se trata de una fiesta: para escritores, lectores y libreros, para editores y críticos literarios, para todos los que saben que en un libro pueden vivir otras vidas, conocer otros mundos y tiempos, descubrir historias y ampliar el camino de nuestra propia existencia.

Durante mis estudios universitarios tuve la posibilidad impagable de leer a San Agustín, específicamente dos de sus grandes obras: las Confesiones y la Ciudad de Dios, en esas excelentes ediciones de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC). Se trata, sin duda, de dos libros centrales para un canon occidental de clásicos. En el primero de ellos el obispo de Hipona registró una lectura que para él había resultado decisiva: el Hortensio, de Cicerón, que era una exhortación a la filosofía. Así resumía el impacto de esa obra: “Semejante libro cambió mis afectos y mudó hacia ti, Señor, mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros. Entonces deseé poseer la sabiduría total”. El político precristiano había sido para el inquieto y brillante joven un camino de conversión. Sin duda, una lectura transformadora.

La misma experiencia vivió C. S. Lewis en el siglo XX, ciertamente con distintas circunstancias. Ateo y lector empedernido, comenzó a encontrarse con algunos autores –entre ellos G. K. Chesterton– que combinaban algo que para él resultaba incompatible: eran inteligentes y creyentes. “Un joven que quiere seguir siendo un perfecto ateo no puede ser demasiado exigente con su lectura”, reflexionaría posteriormente en Cautivado por la alegría (Madrid, Ediciones Encuentro). Poco después sería “el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra”, según expresaría en las memorias de su conversión.

El impacto de un libro o de las lecturas puede ser muy diverso y transformador. Mario Vargas Llosa cuenta que después de su trayectoria de joven revolucionario y admirador de la Revolución Cubana, en la década de 1970 experimentó un giro radical en su pensamiento político, hasta convertirse en un liberal. La lectura de pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper contribuyeron a su “revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas”, y los consideraba ejemplos de “lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china” (Discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, 2010). Parte de esto lo llevaría a escribir años después su libro La llamada de la tribu (Santiago, Alfaguara, 2018), especie de ensayo intelectual autobiográfico. En otro plano, el escritor peruano reconocía que haber leído cuando joven Los Miserables – el maravilloso libro de Víctor Hugo– había permitido que su vida fuera “menos miserable”.

Ciertamente las lecturas pueden ir en cualquier dirección. Eric Hobsbawn explica en su Introducción al Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels (Barcelona, Crítica, 1998), que esa pequeña obra escrita rápidamente por las circunstancias europeas, en 1848, se convirtió con el paso de los años en un verdadero clásico, publicado y leído en las más diversas lenguas y con un enorme impacto práctico. No es casualidad que hacia 1917 ya existieran 70 ediciones en ruso y otras 35 en diversas lenguas del imperio de los zares, precisamente donde se produjo la primera revolución comunista en el mundo.

Es verdad, como explicaba Daniel Innerarity en un notable ensayo hace algunas décadas, que “hoy cabe leer a Nietzsche sin sentir la emoción del escándalo, a Marx sin verse empujado a hacer una revolución, [y] a Tomás de Aquino sin sentirse inclinado a rezar”. En esto influyen los ambientes culturales y los cambios de época, la planicie intelectual o la llamada posmodernidad. Esto puede relativizar el impacto de los libros y las lecturas –como la influencia de las ideas y las ideologías–, pues ciertamente el mundo no es el mismo que en otros tiempos más revolucionarios o más místicos o más contestatarios.

Sin perjuicio de esto, lo que vale para una sociedad no necesariamente ocurre en el corazón o en la cabeza de cada persona. Pasarán los tiempos y cada uno de nosotros podrá seguir siendo impactado por un autor, un texto determinado, una historia de ficción o basada en hechos reales. Después de todo, cuando nos aproximamos a una obra, lo hacemos con la pasión del enamorado, de quien desea encontrarse con un mundo que desconoce, recibir la tradición de las letras y volverlas parte de su propia vida. Escribir, leer, disfrutar una lectura, sugerir un libro, recibirlo de regalo o conocer un nuevo autor forma parte del mismo circuito y la misma pasión que celebramos cada 23 de abril, pero que felizmente podemos vivir durante todo el año y por toda la vida.