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OPINIÓN

Alejandro San Francisco: Recuerdos de Jorge Edwards († 17 de marzo de 2023)


En las repetidas conversaciones de sobremesa le preguntábamos cosas que ya le habíamos leído o escuchado. Por ejemplo, unas fascinantes anécdotas sobre aquellos días de restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba al comenzar el gobierno de Allende.



Este viernes 17 de marzo nos ha llegado la noticia de la muerte de Jorge Edwards, acaecida en España, donde vivía desde hace algunos años.

Es verdad que ya superaba los 90 años –había nacido el 29 de junio de 1931– pero no por ello deja de ser triste saber que ha partido uno de los grandes escritores chilenos del último siglo y, en mi caso personal, de una persona que conocí y pude apreciar sinceramente por su simpatía, cultura y su vocación por compartir anécdotas y conocimientos sobre tantas cosas que le tocó vivir. Hace algunos meses, en realidad quizá poco más de un año, lo visité en su departamento en Madrid, donde tuvimos una larga, entretenida y última conversación con él y su hija Ximena. Como solía ocurrir, hablamos principalmente sobre literatura, también acerca de su obra reciente y sus últimas actividades en España.

Conocí a Jorge Edwards en 2004, con ocasión de su visita a la Universidad de Oxford, donde yo estudiaba. Asistió primero a dar una charla al Latin American Centre, con esa mezcla de temas literarios, políticos e históricos que solía utilizar en algunas ocasiones (algo de eso registró posteriormente en una de esas columnas que escribía cada viernes en La Segunda, y que leía habitualmente). En realidad se encontraba allá para participar en un seminario organizado con ocasión del Centenario de Pablo Neruda –me parece que el profesor Clive Griffin fue el gran promotor del evento–, y que resultó muy emotivo y valioso, en el que ambos expusimos. Luego cenamos y pudimos compartir más largamente, ocasión en la cual también estuvo presente Robert Pring-Mill, el gran amigo británico del poeta chileno.

Como era evidente, la conversación giró en torno a Neruda: Edwards lo había acompañado cuando fue embajador del Presidente Allende en Francia, en 1971 y 1972; Pring-Mill había sido valioso para el conocimiento del poeta chileno en el mundo de habla inglesa y contribuyó al Doctorado Honoris Causa que obtuvo en la histórica casa de estudios. En mi caso –el único que no había tratado personalmente al autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada– estaba pronto a presentar el libro Neruda. El Premio Nobel chileno en tiempos de la Unidad Popular, que apareció precisamente ese 2004. Fue, sin duda, una velada memorable.

Nos reencontramos entre 2012 y 2014, principalmente en Madrid, en varias actividades organizadas por la Embajada de Chile y la Fundación Chile-España, en las cuales Edwards solía ser el alma de la fiesta. Recuerdo un coloquio con Giles Lipovetsky y otra conferencia en la Fundación Juan March. También estuvimos en Santander, donde participamos con un grupo en largas e interesantes jornadas académicas, marcadas de recuerdos y de conversaciones literarias, llenas de anécdotas nocturnas que, aunque a veces repetidas, siempre nos hacían reír y querer saber más. Los temas eran diversos, pero el boom latinoamericano tenía un lugar privilegiado, como también sus días en la Cuba dictatorial de Fidel Castro y su vida en París con Pablo Neruda.

En las repetidas conversaciones de sobremesa le preguntábamos cosas que ya le habíamos leído o escuchado. Por ejemplo, unas fascinantes anécdotas sobre aquellos días de restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba al comenzar el gobierno de Allende. Las conversaciones y alegatos del poeta Heberto Padilla –que sería clave en el quiebre de los escritores del boom– eran a la vez dramáticas y divertidas, pues incluían imitación de voz. Esta etapa ha quedado registrada en ese excelente libro que es Persona non grata, que le hizo pasar muchos malos ratos al autor.

Como solía ocurrir con Edwards, muchas veces las anécdotas que contaba parecía que las hubiéramos escuchado en otra parte, o quizá las leímos en alguno de sus libros, ya que escribía “autoficción” y llevaba a la novela muchas de sus vivencias personales. Sin perjuicio de eso, también tenía otras obras literarias de naturaleza histórica, sobre algún personaje, suceso o tema de interés. Adicionalmente, en los últimos años había comenzado a publicar sus Memorias, publicados por Lumen, de las cuales apareció el tomo I, Los círculos morados (2013) y Esclavos de la consigna (2018), y se encontraba escribiendo el tomo III cuando lo sorprendió la muerte. Son libros entretenidos y que logran situar al personaje en su contexto histórico, no solo chileno, sino internacional. Sin perjuicio de ello, en lo personal me habría gustado que hubieran sido libros más largos, precisamente porque abren muchas puertas que van alimentando el gusto por la lectura.

Hace algunos años nos recibió en su departamento en Santiago, donde fuimos a visitarlo junto con Myriam Duchens, historiadora con quien participamos en el proyecto Historia de Chile 1960-2010, de la Universidad San Sebastián. El objetivo era entrevistarlo sobre temas de la cultura chilena de fines de la década de 1960 y comienzos de la siguiente. Como siempre, fue una conversación animada, donde los temas serios –políticos y culturales– eran sazonados por anécdotas y recuerdos de una mente prodigiosa. Conocía el trabajo que estábamos realizando y que él valoraba; además, nos animó a seguir adelante. La conversación fue valiosa también porque todavía no aparecía el tomo II de sus Memorias, que trataría precisamente el tema sobre el cual conversamos.

A propósito de sus recuerdos, es interesante revisar las largas columnas que publicaba en el vespertino La Segunda, que hemos mencionado. En nuestra última conversación en Madrid le mencioné la posibilidad de reunir muchas de ellas en forma de libro; en principio le interesó la idea, aunque sigue pendiente. Espero que algún día se concrete, porque creo que tiene gran valor, pues de los muchos temas que trataba en aquellos artículos estaban aquellos que incorporaban recuerdos desde su niñez y comienzos en la vida de escritor, sus amistades literarias en Chile y América Latina, sus problemas con Fidel Castro, su oposición a Pinochet y otros temas políticos, en una especie de avance de sus Memorias. También hacía reflexiones de actualidad, sobre la revolución y la democracia, así como de la situación internacional a fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI.

Jorge Edwards ha partido. Cuando cumplió 90 años le hice un homenaje sencillo pero sincero a través de la prensa. Hoy lo recordamos nuevamente, como persona y por su aporte cultural a Chile y a la literatura de habla castellana.